¿Es tiempo de una coalición de partidos?

Ahora que los políticos de España están disfrutando de sus vacaciones, parece el momento perfecto para plantearles un pensamiento que rara vez entraría en sus mentes en tiempos normales. En épocas de crisis, la gente está dispuesta a supeditar sus propios intereses a los de los demás, con el fin de ayudar a otros. ¿No es el momento ahora, pensarían algunos, de que los políticos se olviden de sus propios intereses? En Gran Bretaña, durante la Segunda Guerra Mundial todos los partidos acordaron entrar en una coalición con el fin de servir a los intereses del pueblo contra la agresión de la Alemania nazi. Eso supuso poner los intereses del pueblo por encima de los del partido. ¿No es posible, ante la crisis, repetir ahora el mismo ejemplo en otros países? ¿No puede repetirse el ejemplo en España?

De vez en cuando han aparecido artículos en la prensa española a favor de la idea, pero no ha habido ninguna reacción pública por parte de los políticos. Después del desastroso historial del último gobierno socialista, el público votó unánimemente por un partido que se comportase con más responsabilidad. Eso, lamentablemente llevó a una completa victoria del Partido Popular, así que cualquier movimiento de la minoría socialista hacia la cooperación parecería ahora una completa rendición. Como resultado, los socialistas se han negado a aceptar la posibilidad de un acuerdo entre los partidos para superar la crisis. Al hacerlo, obviamente han puesto sus propios intereses por encima de los del país. España, como de costumbre, parece condenada a sufrir del propio interés de la clase política. ¿Por qué no pueden los partidos ponerse de acuerdo para trabajar juntos? Dado que los socialistas no han puesto objeción alguna a las condiciones bajo las cuales la Comunidad Europea se propone ayudar a la economía española, tiene sentido insistir en que todos los partidos políticos, incluido el PSE y el PP, se junten para acordar una política de implementación que será útil para el público. Pero la oposición se ha negado resueltamente a hacer propuestas alternativas, y como consecuencia el Gobierno ha permitido introducir medidas que son ciertamente desagradables pero que podían haber sido diferentes si hubiera habido un mayor consenso político.

Los argumentos a favor de la coalición son fáciles de resumir. En primer lugar, la cooperación entre los partidos demostraría que están realmente interesados en lograr un objetivo común, en lugar de sólo promover sus propios intereses. En segundo lugar, el importante objetivo de reducir el gasto público, en un Estado donde la Administración está en manos de muchos grupos políticos, puede lograrse mejor mediante un acuerdo desde arriba. Esto haría esencial, por lo tanto, que los partidos regionales como los del País Vasco y Cataluña, también formen parte de una posible coalición nacional. En tercer lugar, una amplia base de acuerdo entre los partidos podría generar mayor confianza entre quienes controlan las finanzas internacionales y lograr más fácilmente una solución.

Y, por supuesto, no puede haber ninguna objeción teórica seria a una coalición de los principales partidos nacionales. Todos ellos creyendo en la misma ideología política y principios (aparte, por supuesto, del principio de nacionalismo), todos creyendo en la necesidad del capitalismo y de la justicia social, todos compartiendo el mismo enfoque hacia la política internacional, especialmente con respecto a la Comunidad Europea, la ONU y los Estados Unidos. Fuera de las demandas por más regionalismo, no habría ni un solo principio político en el que no estuvieran de acuerdo. Y todos ellos estarían constituidos exactamente por la misma clase social. Es una situación que existe en cualquier otro país democrático, incluido los Estados Unidos, donde todo el mundo sabe que casi no hay diferencia entre los principales partidos políticos.

¿Por qué, entonces, los partidos suelen negarse a crear alianzas? La razón más común -que ellos nunca admiten- es que esperan aprovechar la crisis para obtener ventaja política. También esperan no perder los votos de sus seguidores tradicionales. Cuando el PSOE se niega a apoyar medidas de emergencia, a pesar de que estén de acuerdo con todas ellas, y en su lugar declara que no será un «cómplice», sencillamente hace alarde en beneficio de algunos de sus votantes. Su esperanza es que el PP se hará tan impopular que el público lo rechazará en las próximas elecciones, permitiendo así que el PSOE vuelva al poder y lleve a cabo exactamente las mismas políticas.

Uno tiene que admitir, sin embargo, que el argumento de la coalición no es siempre convincente. En Grecia finalmente ha habido una coalición de partidos debido a la crisis económica, y los líderes de Europa la han aplaudido. Aplauden demasiado pronto. No hay ninguna coalición seria en Grecia, ni ningún gobierno de interés nacional. Los motivos de quienes ahora forman el Gobierno son dudosos, y los motivos de quienes se niegan a entrar en la coalición son aún más cuestionables. En cada punto, al parecer, los partidos políticos de Grecia continúan interesados sólo en su propia supervivencia y no tienen ningún interés real en el bienestar del país. Este es un ejemplo de lo que podríamos llamar, para los fines del presente artículo, una coalición mala. También hay otra consideración que deberíamos tener en cuenta. Una coalición de todos los partidos da a la clase política un monopolio de las decisiones políticas y hace imposible encontrar soluciones alternativas. En esas circunstancias, una coalición podría ser la más indeseable de las alternativas.

¿Entonces, qué es una coalición buena? Una coalición buena es aquella en la que todas los partidos o al menos la mayoría, se juntan y acuerdan que la supervivencia del país es más importante que la supervivencia de cada partido. En una crisis, están de acuerdo en que la prioridad es luchar contra la crisis y no dedicarse a sus propios intereses. Ésa fue el tipo de coalición buena que los partidos británicos crearon cuando tuvieron que luchar contra Hitler, y también es el tipo de coalición buena que los partidos políticos de Irlanda del Norte han acordado recientemente. Frente a un enemigo común, una crisis común, los partidos subordinan sus intereses a los de la nación. Es el tipo de coalición buena que los partidos democráticos han convenido en el País Vasco, donde han arriesgado su propia supervivencia al aceptar trabajar juntos contra el enemigo común que amenaza con destruir la paz, la libertad y la democracia.

Lamentablemente, en muchos países los partidos políticos no sólo prefieren anteponer sus propios intereses, sino que utilizan la idea de la coalición en una forma que a veces puede actuar en contra de los intereses del pueblo y de la democracia. El más claro ejemplo de esto en la historia reciente ha sido la coalición de partidos, el tripartito, que gobernó Cataluña recientemente. Las partes en cuestión hicieron una coalición no para promover el interés del pueblo, sino simplemente para frustrar la democracia, combinándose con el fin de mantener fuera del poder a un partido que tuvo el mayor número de votos y el mayor número de escaños. Con el pretexto de que representaban el verdadero interés del pueblo, el tripartito empezó a gastar dinero público para sus propios intereses. Fue una situación que reveló los peores aspectos de la así llamada democracia.

Tales escándalos no pueden evitarse, porque los partidos políticos están compuestos por individuos que, a pesar de la existencia de una crisis, siempre se dedican a aprovecharse de su posición. Es inútil citar nombres, que pueden encontrarse consultando simplemente un periódico. Muchos de los que han participado activamente en política saben muy bien cuán extendida está la corrupción. En el siglo XVII, un aristócrata inglés, Lord Halifax, llegó a la conclusión de que «hasta el mejor partido no es sino una especie de conspiración contra el resto de la nación». ¿Quién sabe? Tal vez la crisis servirá para hacer que los partidos sean más conscientes de sus deberes hacia la nación.

Henry Kamen es historiador británico, su último libro es El rey loco y otros misterios de la España Imperial (La Esfera de los Libros, 2012).

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