Es urgente reabrir el debate nuclear

Bajo la presidencia de España de la Unión Europea durante el primer semestre de 2002, tuvo lugar un importante acontecimiento para la política energética comunitaria: la reafirmación unánime en la confianza de los reguladores, de la industria y de las administraciones nucleares de los 15 estados que entonces integraban la Comunidad Europea.

La aceptación y la voluntad de hacer todo lo necesario para consolidar la seguridad nuclear en el Viejo Continente constituyó un requisito imprescindible y una condición sine qua non para los 12 países que entonces eran candidatos a adherirse a la Unión Europea.

Así, fue decisión unánime del grupo de expertos de los Quince, creado al efecto, proponer a la Comisión de Representantes Permanentes de la Unión Europea el cierre definitivo de los cuatro reactores de la central nuclear de Kozloduy en Bulgaria -que suponían el 41,5% de las necesidades de electricidad de este país-, otros dos reactores en Lituania -que generaban el 77,2% de la electricidad en la pequeña República báltica- y de otra central en la República de Eslovaquia -que representaban un aproximadamente 43,8% de la electricidad generada-, entre otras plantas.

La razón es que ninguna de las centrales clausuradas cumplía los estrictos requisitos de seguridad, y ésta es la verdadera obsesión a la hora de generar energía nuclear.

Además, se realizaron decenas de recomendaciones específicas y generales clasificadas en función de su importancia que afectan a áreas como el marco legislativo y regulador, el diseño y construcción, los análisis y verificación de la seguridad, la seguridad operacional, la cultura de la seguridad, la cultura organizacional, la gestión de la garantía de calidad, la preparación de emergencias y la mejora de las instalaciones existentes, etcétera.

En resumen, se efectuó una evaluación de la legislación nuclear, de la organización y gestión de las autoridades reguladoras y del nivel de seguridad nuclear de todas las instalaciones nucleares de cada país.

El cumplimiento de todas estas actividades, especialmente de los cierres escalonados de las distintas unidades nucleares, se ha realizado bajo la supervisión de la Comisión de Representantes Permanentes o del grupo de expertos por ella designado.

Sin embargo, en los primeros meses de 2009 ocurrió un hecho muy relevante, que nos obliga a reflexionar sobre nuestra maltrecha política energética: el corte del suministro de gas a buena parte de la Unión Europea y, en particular, a la República de Eslovaquia, como consecuencia de las disputas entre Rusia y Ucrania. Esto llevó al Gobierno eslovaco a casi incumplir su compromiso de adhesión, al vislumbrarse la amenaza de ordenar el arranque de nuevo del reactor V1, que había sido detenido justo el 31 de diciembre de 2008, pues aunque Eslovaquia había empezado a estudiar alternativas energéticas, el tiempo apremiaba, la situación después de acabar con sus propias reservas era de extrema urgencia y, naturalmente, el país se detenía y, además, tiritaba de frío.

No hay política económica sin política energética. Es más, no hay política energética que valga sin energía. En estos momentos, España importa más del 83% de la energía, su dependencia es tan clamorosa como peligrosa -más vale no imaginar que ocurriría, por ejemplo, si en Argelia, nuestro principal suministrador de gas, tuvieran lugar devaneos socio-políticos poco aconsejables-.

Y eso sin mencionar lo más importante: que todos los recursos fósiles tienen fecha de finalización, que la bajada del precio del crudo que estamos viviendo ahora no es más que un espejismo en el enorme desierto energético en que España está sumida. En esta ocasión, alguien o algo ha querido desincrustar la crisis financiera mundial del precio del petróleo, pero a saber qué pasará la siguiente vez y, sobretodo, cómo nos afectará a los españoles.

Por otro lado, la situación tecnológica de España es envidiable, pues aunque carece de fuentes energéticas que sirvan de base para garantizar el suministro de electricidad, sin embargo, dispone de infraestructuras tecnológicas y científicas de primer orden, mantiene una industria nuclear de unas 30.000 personas de alta cualificación y cumple los requisitos internacionales necesarios para mantener esa industria en primera fila -como ha estado desde los años 80-: capacidad técnica, reguladora, investigadora e infraestructuras. Por todo ello, el necesario cambio de modelo productivo debería ser fácil si de verdad hubiera interés político.

No se puede ser la octava potencia industrial del mundo y tomarse el lujo de renunciar vía tabú ideológico a una industria que en un 95% es pura tecnología. No existen elementos serios ni rigurosos que justifiquen, no ya el renunciar al programa nuclear español a cambio de nada, sino el no acometer con urgencia una revitalización del mismo.

NO PODEMOS ser el tercer país de la OCDE más alejado del cumplimiento de los objetivos de Kioto -o sea, de los más contaminantes del mundo-, no podemos empobrecernos a base de comprar derechos de emisión a países en desarrollo o del Tercer Mundo por valor de 4.000 millones de euros cada año, ni bloquear con nuestro dinero el progreso de esos países más pobres y predicar entre ellos la Alianza de Civilizaciones.

Eso no cuadra. Y no cuadra porque de los 6.000 millones de habitantes que hay ahora mismo en el planeta, aunque muchos disfrutan de un nivel de vida sin precedentes, hasta un tercio no dispone de electricidad, y otro tercio sólo puede disponer de ella de forma limitada.

De hecho, gran parte de la población mundial vive en la miseria, pues más de 1.000 millones de personas no disponen de agua potable y 2.400 millones carecen de las debidas condiciones sanitarias. Y, por si fuera poco, cada día 40.000 personas -25 por minuto- mueren de enfermedades que podrían prevenirse fácilmente mediante un desarrollo económico básico. Ésta es la realidad: la energía es vida y la vida debe ser bienestar.

Afortunadamente, los problemas de suministro energético con Rusia del invierno pasado lograron superarse. Pero la semilla está sembrada y muchos países vieron las orejas al lobo, y a buen seguro volverá a ponerse en evidencia la importancia de la garantía del suministro de energía, tanto para países que disponen de infraestructura tecnológica nuclear como para los que no disponen. Y ése es el riesgo. Pero disponer de una energía limpia, segura y económica está en nuestras manos hace muchos años, y es de una gran irresponsabilidad política renegar de ella sin base científica que lo sustente.

La energía nuclear ni quiere ni debe competir con las renovables, pero sí debe hacerlo con los combustibles fósiles. Además, crea riqueza y competitividad, promueve bienestar y sostenibilidad y genera innovación y desarrollo. Por todo ello, muchos países europeos ya han anunciado el relanzamiento de sus programas nucleares, entre ellos Italia, Reino Unido, Lituania y Suecia.

¿Y España, qué? «Mire vuestra merced que aquello que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento», puso Cervantes en boca del bueno de Sancho para que lo oyera el insigne hidalgo Don Quijote de la Mancha.

Manuel Malavé es ingeniero, físico y diplomado en Seguridad Nuclear en el MIT. Fue presidente del Grupo de expertos de la Unión Europea para la evaluación de la seguridad nuclear de los países de la Ampliación a 27.

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