¿Es verosímil que Libia se convierta en una nueva Somalia?

En los años setenta y ochenta del pasado siglo, las autoridades libias patrocinaban actividades terroristas en Oriente Medio y Europa Occidental. Desde los años noventa, han combatido con determinación, fundamentalmente por razones de interés propio, a elementos relacionados con el yihadismo global que se desenvolvían en el interior de su país. Pero su comportamiento en relación con otras expresiones de terrorismo islamista o aparentemente islamista continuó siendo oscuro. Libia atraviesa ahora por una conflictividad en cuyo desencadenamiento ningún grupo u organización yihadista parece haber tenido papel relevante alguno, pese a que Muamar el Gadafi haya culpado a Al Qaeda de la situación. Sin embargo, el deterioro de la misma es susceptible de producir condiciones favorables para que determinados actores del yihadismo global extiendan tanto sus redes como sus prácticas de violencia por aquel territorio norteafricano.

Interés por aprovecharse de circunstancias propicias en Libia no va a faltar entre los adalides del terrorismo yihadista. Desde hace años, buena parte del liderazgo de Al Qaeda ha estado y está compuesto por libios. Ahí están nombres tan prominentes entre sus dirigentes, alguno de ellos capturado o abatido recientemente, como Abu Faraj al-Libi, Anas al-Libi, Atiya Abdalrahman, Abu Yahya al-Libi, Abu Layth al-Libi o Abdullah Said. Estos proceden en su mayoría del Grupo Islámico Combatiente Libio (GICL), formado hacia mediados de los noventa por libios que durante la década precedente habían combatido en Afganistán, donde la organización contó con campos de entrenamiento hasta el otoño de 2001. Perseguidos en su país, terminaron por buscar refugio en las zonas tribales de Pakistán. En noviembre de 2007, arrogándose la capacidad de decidir por el conjunto de la organización, anunciaron que el GICL se unía a Al Qaeda.

Pero esta fusión no fue aprobada por los líderes de grupo, entonces presos en cárceles libias, quienes renunciaron a la violencia contra el régimen y la población libia en 2009. En marzo de 2010, estos dirigentes del GICL y unos dos centenares de sus miembros, que se encontraban internados en un penal de Trípoli, fueron excarcelados. Muchos más seguían encerrados cuando los disturbios se generalizaron en las ciudades libias, y puede inquietar lo que ocurra con ellos en una situación de autoridad estatal muy débil o inexistente que tenga implicaciones sobre el mantenimiento del control en las prisiones y llegase a permitir su huida. Al igual que la de otros tantos centenares de libios internos en las mismas después de haber tomado parte en la campaña de terrorismo yihadista desarrollada por la extensión territorial de Al Qaeda en Irak junto con otros grupos afines.

Debería preocuparnos si el abandono de la violencia y la desradicalización de aquellos exdirigentes y antiguos militantes del GICL es reversible en un contexto político distinto. Tuve ocasión de conversar con Abu Abdullah al-Sadeq, máximo responsable de dicha organización, y otros dos miembros de su directorio, en Trípoli, el día de su excarcelación, hace un año. Era evidente que habían adquirido un compromiso de no beligerancia con el régimen de Gadafi, a través de una iniciativa patrocinada por su hijo Saif al-Islam, y que llevó a las autoridades libias a adoptar una retórica y algunas prácticas simbólicas de afirmación religiosa que contrastaban con la trayectoria de base secular característica de las élites del país. Pero los términos de ese compromiso difícilmente serían aplicables a un posible Gobierno libio que, por el modo en que sea establecido o el contenido de sus políticas, entiendan como no islámico.

Además, Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI), que en numerosos comunicados se ha referido con hostilidad al régimen y la persona de Gadafi, cuenta con un pequeño pero significativo elenco de militantes libios y absorbió una partida, la de la antigua Brigada de los Mártires, de la cual dispondría en el interior mismo del territorio de Libia. Una eventual caída de los umbrales de protección y seguridad interior dentro de Libia o en el control de la fronteras con Argelia, Nigeria y Chad al sur del país, como resultado de un colapso de las mermadas instituciones oficiales o de una desintegración estatal, proporcionaría a AQMI acceso potencial a un amplio rango de blancos contra los que atentar de los cuales no dispone, si exceptuamos a los transeúntes occidentales que ocasionalmente secuestra con propósitos de financiación, en las zonas del Sahara y del Sahel hacia las que se ha ido desplazando.
Asimismo, en Libia hay numerosos individuos, establecidos sobre todo en localidades del nordeste del país, donde las revueltas contra el régimen de Gadafi han sido intensas y exitosas, que fueron terroristas o se adiestraron para serlo en Irak. Un estudio del Combating Terrorism Center de West Point, sobre 700 extranjeros implicados en actividades terroristas relacionadas con Al Qaeda en ese último país entre agosto de 2006 y agosto de 2007, basado en fichas incautadas durante una operación contrainsurgente llevada a cabo por tropas de la coalición internacional junto a la frontera sirio-iraquí, ofrece datos reveladores. Después de los saudíes, los libios eran el segundo contingente más numeroso de todos ellos, y Libia, el país que proporcionaba más militantes por cada millón de habitantes, en su mayoría registrados explícitamente como voluntarios para ejecutar atentados suicidas.
Libia, con todo, no es la Somalia que, fracasada como Estado, derivó en un espacio sin ley ni orden controlado en buena medida por Al Shabaab, la organización asociada con Al Qaeda. Su estructura socioeconómica es muy diferente. Tanto las tasas de urbanización como de renta per cápita son las mayores del Norte de África. El país estaba clasificado entre los de índice de desarrollo humano alto, mayor que la media del mundo árabe y mucho más elevado que el del conjunto del África Subsahariana. Además, los rebeldes libios han enarbolado y enarbolan banderas que evocan la independencia nacional y la monarquía previas al golpe de Estado de 1969. Aunque los gritos de ¡Alá es grande! sean habituales, no han exhibido enseñas propias del universo simbólico del yihadismo global sino otras que sugieren referentes muy distintos, denostados en la propaganda del salafismo yihadista en general y de Al Qaeda en particular.

Una apertura del sistema político libio debería reducir la radicalización yihadista en segmentos de su población. Pero si las aspiraciones de cambio no se ven suficientemente satisfechas a un relativamente corto plazo, el descontento y la frustración pueden llevar a una ulterior radicalización de jóvenes que perciban como inútiles las movilizaciones de protesta. Añádase a esto el arsenal de armas que circula entre la gente. En relación con ello y con posibles oportunidades para el yihadismo, los efectos de una intervención militar extranjera son potencialmente ambivalentes. Por una parte, la presencia de soldados estadounidenses o europeos en suelo libio puede enardecer a los yihadistas dentro y fuera del país. Por otra, la ausencia de apoyo occidental a los rebeldes puede suscitar resentimiento y radicalización. Sean cuales fueren las decisiones que se adopten en este sentido, habrán de tener en cuenta la verosimilitud de un escenario yihadista en Libia tras el enfrentamiento civil.

Fernando Reinares es catedrático en la Universidad Rey Juan Carlos. Investigador principal del Real Instituto Elcano.

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