¿Es Zapatero el gran culpable?

En 1980, Adolfo Suárez tenía un buen balance. Había realizado las primeras elecciones democráticas desde 1936 y pactado una Constitución que enterraba la guerra civil y la dictadura. Y había logrado que una coalición de centro heteróclita (franquismo modernizador y oposición moderada) ganara a la izquierda dos elecciones.

Esto no se admitía. Solo se subrayaba que Suárez era el eje del mal. El PSOE, impaciente, era crítico. Casi normal. Más raro resultaba que sectores potentes de la derecha -a los que Suárez había salvado la camisa- pregonaran que el líder de la UCD era el único problema y que había que relevarlo con urgencia.

En 1993-96, Felipe González, tras mas de 10 años en el poder, había cometido errores, pero el balance era positivo. España se había quedado en la OTAN (con un referendo de riesgo) y había entrado en Europa, la política económica era correcta y apoyaba la economía de mercado mientras construía el Estado del bienestar. Y se había enfrentado a los sindicatos cuando exigían demasiado. Pero no se reconocía nada de eso. Felipe era solo la corrupción (Roldán, Rubio), el crimen de Estado (el GAL), la encarnación del demoniaco PRI mexicano, la crisis… Y muchos -a veces los mismos que lo dijeron antes de Suárez- predicaban que los males de España desaparecerían cuando se hiciera realidad el «váyase señor González». Incluso querían procesarle por ser la X del GAL como si hubiera inventado la guerra sucia contra ETA. Hay que recordar lo que explicó Luis María Anson, entonces director de Abc, de las tramas mediáticas contra Felipe. Y no solo era la derecha. Anguita le combatía porque gobernaba en el centro y Nicolás Redondo (padre) porque Boyer y Solchaga no obedecieron a la UGT. Y Garzón era un héroe.

La tendencia a culpar de todo al presidente se repite ahora con Zapatero, que -como Suárez- ha dado vaivenes y ha cometido muchos errores. El primero ha sido la soberbia al creer que con el boom económico, la política de la sonrisa y no hostilizando a los sindicatos quedaba blindado. No creía esencial el diálogo con la sociedad civil. Le bastaba una especie de corte personal en la que hacía y deshacía a su antojo. Y este error le acarreó una pésima relación con el principal grupo mediático al margen de la derecha (y que Aznar había querido eliminar) y la minusvaloración de TVE. Por eso ahora no puede relevar a su máximo ejecutivo (81 años) a pocos meses de unas elecciones generales. El corolario es una muy escasa capacidad de comunicación y explicación.

Ha fallado en el Estatut, que políticamente naufragó en el Constitucional, al no explicar bien el proceso de paz, y con iniciativas económicas populistas… Pero Zapatero no ha inventado la crispación ni es responsable de la desconfianza en la clase política, fruto de un sistema electoral que viene de la transición y da excesivo poder a las cúpulas partidarias. Ni, tampoco, de la peor crisis desde 1929. Suavizar la recesión con gasto público fue la medicina en muchos países. Así como reconocer luego que el keynesianismo tiene un límite: que puedas financiar la deuda. El volantazo de mayo del 2010 fue inevitable para no acabar como Grecia o Portugal. Y no fue peor, ni más improvisado, que el que la derecha italiana ha tenido que aprobar precipitadamente hace pocos días.

No importa. Ahora -como en 1980 y 1996- se propaga que el mal de España se curará cuando Zapatero marche. Pocos atienden a Erkoreka cuando dice que la austeridad ha venido para quedarse y que el margen de política económica es estrecho. Y nadie recuerda que en Lisboa el anticipo electoral obligó a endurecer el plan de ajuste socialista. Y que los mercados siguen castigando a Portugal (954 puntos básicos de diferencial ayer con el bono alemán frente a 325 de España).

Un presidente reformista (que suprimió el impuesto del patrimonio) es ahora el objetivo del ataque combinado de casi toda la derecha y de bastante izquierda mientras los agraviados solo atienden a sus errores. Y se extiende la creencia en la receta milagrosa: echar a Zapatero, cuanto antes, aunque ya no sea candidato. Ignorando que los problemas (la crisis, Catalunya, ETA y la poca calidad de la democracia) son refractarios a cualquier simplismo.

Quizá convenga anticipar las elecciones, pero lo grave es que España ha sepultado la virtud de la transición: primar el diálogo a la salvaje lucha por el poder. Y que la derecha no lleva la bandera de UCD, sino la de un PP que algunas veces parece a la derecha de Fraga. Y así resucita el anatema contra quien encarna el centroizquierda. Pasó con Suárez. Con González. Y con Manuel Azaña. Hay una España, no eterna, pero sí resistente al desaliento, que no tolera una actitud abierta al cambio. Tanto si lleva la bandera del centro (UCD), como la socialista (PSOE) o la de la la izquierda burguesa de Azaña.

Creen que así se rompe España, que se arruina y que sufren las buenas costumbres. Y pretenden desacreditar, expulsar y enterrar a sus líderes. Por suerte hoy -cautivo y desarmado el Ejército por Europa y Narcís Serra- solo exigen anticipar elecciones. En esto hemos mejorado.

Joan Tapia, periodista.

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