Esa debilidad del arrepentimiento

Los políticos con mucho poder y alto concepto de sí mismos tienen un punto en común. Es posible que no se parezcan en nada, incluso que sean opuestos en los fundamentos de su poder político, pero hay algo en lo que coinciden. Me vienen a la cabeza líderes que de un modo u otro he padecido, y me sale Franco, Suárez, Pujol, incluso tirando más lejos Andreotti, Reagan, Margaret Thatcher, De Gaulle, Mitterrand. ¿Tienen algo en común? Sí. Ninguno se arrepiente de nada y todos afirman que volverían a hacer lo que hicieron. Y también todos duermen, o durmieron, como ángeles. Los líderes, señores, no tienen pesadillas. No sé si es para felicitarse o para ponernos a temblar. Pero es así.

¿Por qué los líderes políticos nunca se arrepienten y además duermen bien? Es una pregunta, la de “qué tal duerme usted”, que solía incluir hace años cuando entrevistaba a algún dirigente, ya fuera político, mediático o cultural. Luego dejé de hacerlo porque en general les parecía una pregunta impertinente y notaba que mentían como bellacos. El que tiene dificultades para dormir suele ocultarlo, porque abriga el temor de que se le interprete mal. La capacidad de dormir tranquilamente, como quien almuerza y pasea, se considera un síntoma de equilibrio, y el equilibrio se vincula con la virtud. Y ya ven ustedes cómo de salto en salto, llegamos a la conclusión – errónea-de que un tipo que duerme bien es por principio un individuo normal, sencillo y equilibrado.

¿Duerme bien nuestro president Montilla? Apuesto doble contra sencillo a que si alguien se lo preguntara respondería de manera fulminante: “Como un niño pequeño”. O como diría ahora, para ser políticamente correcto, “com un nadó”. Se supone que todo dirigente político debe dormir bien, digo más, muy bien; tanto que no quepa ni un asomo de duda. Un político que durmiera mal, y que lo contara, estaría acabado. Hay mucha gente que dormimos mal y que ni hemos matado a nadie, ni hemos mandado que los maten, ni hemos tomado decisiones trascendentales para la humanidad. Xavier Zubiri, el filósofo, dormía fatal, me consta, trufado de pastillas. También me consta que Ortega y Gasset padecía unas depresiones que le duraban meses en los que ni siquiera llegaba a levantarse de la cama; figura – o figuraba-en su correspondencia, si no la han hecho desaparecer sus hijos, sobrinos y demás legatarios. Cuando le pregunté a uno de sus hijos por las depresiones de su padre, me miró como si acabara de insultarle a él y a todos los Ortega. “¿Depresiones? ¿Mi padre?”. Un mediocre no puede admitir que los hombres grandes puedan estar con la moral por los suelos.

La gente que lee y piensa en lo que lee, si además carece de ambición de poder, tiende a sufrir algo parecido al síndrome de Raskolnikov. Como saben, Raskolnikov es el protagonista dostoyevskiano de Crimen y castigo,asesino de la mala pécora prestamista. Un crimen que pesa sobre su conciencia y al que le da vueltas y vueltas, asumiéndolo o rechazándolo. Unas determinadas tradiciones culturales nos han llevado a la candidez de pensar que un criminal es en cierta medida un sufridor que lleva sobre su conciencia la huella de su crimen. La evidencia nos muestra todo lo contrario; las justificaciones de un asesino son infinitas y ninguna roza ni mucho menos su conciencia. ¿Y en política? El crimen de Estado, o sencillamente la violencia en la lucha por el poder ¿crean problemas de conciencia? Shakespeare nos ha puesto el listón muy alto. Macbeth es un estadista sobrevenido, la que tiene madera de liderazgo es su esposa, lady Macbeth.

Todo esto y mucho más me vino a la cabeza al contemplar cómo Tony Blair respondía de sus responsabilidades criminales como estadista ante una de esas comisiones independientes, que son más dependientes aún que nuestros tertulianos, donde afirmó que volvería a hacer lo que hizo y que no se arrepiente de nada. El hombre que colaboró en la destrucción del país más desarrollado del mundo árabe, que mintió con descaro y alevosía sobre las armas de destrucción masiva y la colaboración entre Sadam y Bin Laden, el mismo que debería tener sobre su conciencia, de tenerla, tantos miles de muertos que le sitúan entre los criminales de guerra del siglo que apenas acabamos de empezar, se explica como un ángel bueno, aplicado a los designios de Dios. Si los grandes criminales de guerra del siglo pasado hubieran sobrevivido a sus errores, ahora con toda probabilidad tendrían contratos millonarios de las grandes empresas multimedia.

Eso es el único argumento de peso que podría explicar por qué un tipo como Tony Blair puede cobrar 205.000 euros por una conferencia de 90 minutos. Y sobre todo por qué hay gente capaz de pagar por escucharle. Estoy convencido de que le pagan por las mismas razones que le darían otro tanto a Mussolini si hubiera sobrevivido a 1945, o a Stalin si pudiera explicar las sucesivas purgas. Un delincuente cobra más que un pensador, por pura lógica. Tienen más cosas que mostrar. Los que están dispuestos a escuchar no soportarían la comparación entre Tony Blair e Isaiah Berlin, por ejemplo. Y en esa diferencia está lo fundamental, porque es el tal Blair quien va a hacer la apología de los valores que su desvergüenza representa, mientras que el discreto Berlin lo más que hubiera podido hacer son notas a pie de página, irónicas, sobre el papel que le tocó representar.

El peligro de situaciones sin salida como las que estamos viviendo es el de abocarnos al cinismo. Ya que no podemos vencerlos, ni volarlos, ni aguantarlos, riámonos con ellos, que no de ellos. Nadie en su sano juicio sería capaz de imaginar que un individuo de esa calaña, me estoy refiriendo a Tony Blair, que cobra 2.300.000 euros al año por asesorar al Morgan Chase, y otro tanto de un puñado de empresas, asociaciones, fundaciones y despachos de letrados, de cuya categoría ética o moral no es que haya dudas, es que existen certezas, fuera el hombre en el que han puesto su destino cuatro instituciones estatales tan importantes como Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y las Naciones Unidas, para una paz justa entre Israel y Palestina. Ni el mayor borracho del imperio hubiera tenido una humorada así. Algo digno de Falstaff, para seguir con el aura del inglés. El hombre que provocó, asumió y ejecutó la ocupación de Iraq, saldada con un fracaso que aún no ha terminado, ese mismo hombre que aprobó derrocar a Sadam por las mismas razones que apoya a Arabia Saudí, por propio interés, a ese hombre, digo, le encargan de nuestro futuro más evidente: Oriente Medio. O estamos locos o somos unos irresponsables, o da lo mismo lo que opinemos, que ellos ya se encargarán de hacer lo que les interese.

No es que uno crea que el arrepentimiento sirva para mucho. Probablemente para nada, pero consiente un resquicio de duda; admite que hasta el hombre más cruel pueda tener miedo a que descubramos su propia crueldad y eso le limite. Algo así. Estamos como indefensos ante el líder que se enseñorea de su fortaleza sobre nuestros pobres muertos. Tony Blair se jacta de su superioridad porque es consciente de su impunidad. Él sí puede decir que gracias a sus crímenes se ha hecho inmensamente rico, y su señora, y su hijo, el agente de futbolistas de élite. No es que tengamos que enfrentarnos a otra categoría moral, es que él y otros como él son quienes imponen las categorías.

¿Quién dijo que no volveríamos a leer noticias como aquella legendaria del siglo pasado, donde se decía que el accidente de tren, afortunadamente, sólo había afectado a los vagones de tercera? Sin ir más lejos, acaba de morir John Felipe Romero en Afganistán, y el tono menor de los timbales patrióticos se puede detectar en una sola frase: “Soldado colombiano del ejército español, residente en Mollet del Vallès”. Casi sin quererlo parece la necrológica que Pepe Hierro hizo en un poema inolvidable a un paisano suyo, emigrante, en la morgue de Nueva York, al filo de los sesenta: “No ha muerto por ninguna locura hermosa… No fundó ciudades. No dio su nombre a un mar. No hizo más que morir por diecisiete dólares”.

Gregorio Morán