Escenarios

Por Joseba Arregui (EL CORREO DIGITAL, 30/07/06):

Si por algo se ha caracterizado la política vasca ha sido por su capacidad para dar a luz palabras con fuerte capacidad de evocación, pero con poca de duración. Y si hay alguna que resiste el paso del tiempo lo hace gracias a su vaciedad y a que cada usuario la pueda moldear a su antojo, como es la palabra diálogo.

Hace no tantos años que el término escenario ocupaba todos los titulares de los medios en la sección política: se trataba de imaginarse los escenarios más apropiados para la paz, para que ETA dejara de usar la violencia y el terror; de echar imaginación al asunto y sobre todo de establecer los mínimos a aceptar para que ETA decidiera dejar de matar. Y a todo ello se le llamaba proyectar escenarios para la paz.

Hoy quizá se pueda volver a usar el término escenario, pero con otro contenido. Suponiendo que la desaparición de ETA vaya en serio, que la oportunidad es real, y suponiendo que la búsqueda de culpables del fracaso no sea indicativo de que empiezan a aparecer problemas no previstos, todos los partidos políticos están esbozando escenarios del panorama político que puede resultar de la desaparición de ETA y, sobre todo, de cuál puede ser el resultado de la negociación entre partidos políticos vascos para la reforma del Estatuto de Gernika.

Hasta ahora hemos podido saber que esa negociación va a tener dos partes bien diferenciadas: el acuerdo sobre el método y la negociación propiamente dicha sobre los elementos sustanciales. Claro que trazar esta diferencia entre aspectos metodológicos y aspectos sustanciales puede ser bastante arbitrario, pues no pocas veces, si no siempre, las cuestiones metodológicas implican toma de posición sobre cuestiones sustanciales. ETA y Batasuna son unos maestros en ello: en proclamar metodologías que sólo funcionan si conducen a la consecución de lo sustancial que les interesa.

Se puede hablar de todo o no se puede hablar de todo, todos los proyectos tienen sitio en la negociación para ser debatidos, quién dirige los debates, si existe o no límite temporal para los debates, si los acuerdos deben ser o no por unanimidad, qué sucede si no se produce unanimidad: vale una simple mayoría, debe ser una mayoría cualificada, cómo se caracteriza la cualificación necesaria para que el acuerdo sea válido. La decisión sobre estas cuestiones está, que duda cabe, prejuzgando las cuestiones sustantivas. Sólo proclama la primacía del camino sobre la meta quien está seguro de lo que se quiere conseguir. Sólo subraya la prioridad del método sobre el contenido quien está convencido de que con el método por él propuesto sólo se puede llegar a donde a él le interesa. Y el antecedente de la negociación norirlandesa en la que tanto se ha subrayado el valor del método de que todos los acuerdos requieren el consenso que incluya a ambas partes, es mucho más que método: es la sustancia del problema y de la solución. No hay magia ni milagro del método fuera del contenido.

A la exigencia de unos -ETA-Batasuna- de que la solución pasa por la territorialidad y la autodeterminación, por que España y Francia respeten lo que decidan los vascos -aunque ellos no aceptaran nunca lo que los vascos decidieron el año 1980- le responden lo socialistas que el acuerdo al que se llegue deberá estar dentro de los límites de la Constitución, dentro de la legalidad, y que en cualquier caso dicho acuerdo deberá representar las dos caras de la moneda que es la sociedad vasca. Es de agradecer la claridad con la que los socialistas vascos van subrayando esta posición de forma reiterada.

Sería de desear que el Partido Popular se sumara a dicha posición, afirmara que la apoya en la negociación entre partidos políticos vascos, que va a reforzar la posición que coloca los límites en la Constitución. Pero el PP parece que está en otra cosa, parece que a él no le va el futuro político de la sociedad vasca, que no le importa lo que pueda resultar de la reforma del Estatuto de Gernika. La diferencia radical que se halla manifiesta en lo que reclama ETA-Batasuna por un lado y lo que replica el PSE por otro no le impide al PP dar rienda suelta a su necesidad de deslegitimar al adversario político tratando de convertirlo, sin sutileza alguna, en el enemigo a combatir, en la rosa seducida y ahogada por la serpiente, y debilitando así, de hecho, la posición de los defensores del pluralismo de la sociedad vasca.

Continuando con los escenarios, y pensando que mucho van a tener que cambiar ETA-Batasuna o es casi imposible que acepten una solución que quepa sin triquiñuelas en la actual Constitución -todos los textos legales son flexibles, pero no hasta el punto de negarse a sí mismos en lo sustancial, y un texto constitucional o constituye o no es nada-, si en el momento previo de acordar el método se ha decidido que los acuerdos sólo pueden ser por unanimidad, es más que probable que no haya reforma estatutaria, a no ser que se cambie el método acordado.

Es lo que parecen indicar quienes dicen que sería bueno que los acuerdos fueran por consenso unánime, pero que si no lo fueran, el acuerdo debiera integrar como mínimo a un partido grande de cada una de las sensibilidades, la nacionalista y la no nacionalista.

Pensando en los escenarios que se pueden dar en esta segunda hipótesis nos encontramos con que es posible que, a falta de unanimidad, se diera una de las siguientes posibilidades: o bien se llega a un acuerdo del que desaparece el PP pero se incorpora Batasuna o su sucesora, o bien se llega a un acuerdo en el que no están ni Batasuna ni el PP, un acuerdo sostenido sustancialmente en el PNV y el PSE.

Uno se imagina que la apuesta del PP es que de la negociación entre los partidos políticos vascos sólo puede salir como resultado un acuerdo en el que está todos menos ellos. Este resultado les ofrecería la oportunidad de presentarse a las elecciones que tocaran machacando la idea de que los socialistas se habrían entregado al conjunto del nacionalismo. Se sentirían reivindicados por la historia, confirmados en todos sus temores y en todas sus sospechas.

Pero la historia casi nunca funciona así. Es absurdo, imposible y hasta ilegítimo pensar, por muy mal pensado que sea uno, que el PSOE, el PSE y el Gobierno de Zapatero vayan a aceptar como resultado de la negociación entre los partidos vascos una reforma del Estatuto de Gernika que no respete la idea de pacto interno, de una institucionalización de la sociedad vasca que no refleje la pluralidad de sentimientos de pertenencia de sus ciudadanos, y por ello una que no suponga integración en el marco de la actual Constitución. Pensar otra cosa no es cuestión de maldad, sino de necedad política. Es apostar por el suicidio político.

Claro que todos nos deberemos preguntar, contando con que el resultado final es el que responde al escenario del cual han desaparecido tanto Batasuna como el PP, si para este viaje hacían falta tantas alforjas. Recordemos que no partimos de cero. Hoy existe una sociedad vasca institucionalizada, con un poder político nada desdeñable, con capacidad de recaudación de impuestos y con capacidad normativa para ello, con una Ertzaintza concebida como policía integral, con capacidad de gestión en el ámbito educativo, en el campo sanitario…Y que todo ello cuenta, con todas las críticas que se puedan hacer a la situación estatutaria, con la aprobación de todos menos de ETA-Batasuna.

¿Merecería la pena un acuerdo sin Batasuna y sin el PP? ¿Merecería la pena un acuerdo con Batasuna, pero sin el PP? ¿Merecería la pena un acuerdo con el PP, pero sin Batasuna? Estas preguntas, nada absurdas, hacen ver con claridad que no sólo es bueno que la mesa de negociación entre los partidos políticos vascos no adopte ninguna decisión hasta que ETA no haya desaparecido definitivamente como piden los socialistas vascos, sino que incluso el inicio de la fase metodológica debe ser retrasada lo máximo posible, y si no hay más remedio que iniciarla antes de que ETA haya desaparecido, que se acuda a ese inicio con la idea clara de que en el método siempre se decide más que el método propiamente dicho.

¿Cuánto más sencillo sería todo ello si el Partido Popular abandonara su fundamentalismo y se aviniera a hacer política!