Escepticismo suizo

En Londres se ha puesto en marcha la cuenta atrás para el Brexit. En Suiza, el tiempo también discurre por el reloj de arena. Si bien el Reino Unido ha decidido abandonar la Unión Europea, la Confederación Helvética no es miembro de la misma y no piensa serlo en un futuro próximo. Pero, actualmente, se está planteando acercarse un poco más a ella a través de un acuerdo institucional.

Duramente negociado desde 2014 entre el Consejo Federal —el Gobierno— y la Comisión Europea, ese texto tiene revolucionada a Suiza desde su publicación en diciembre pasado. Hace resonar en tierras helvéticas la incertidumbre política que reina al otro lado del canal. ¿Vale la pena abandonar porciones de soberanía en beneficio de unas buenas relaciones con la Unión Europea? A esta última, ¿la envidiamos o hay que desconfiar de ella y mantenerse a la mayor distancia posible?

Culturalmente, los ocho millones de suizos son tan europeos como los demás. Desde el rechazo in extremis (50,3 % de noes) a la entrada en el espacio económico europeo en 1992, resurge a intervalos regulares la cuestión de cuál es el lugar del país en la comunidad. Pero, con el paso de los años, el número de partidarios de la adhesión se ha ido derritiendo. Con un índice de desempleo nacional del 2,7%, un bajo endeudamiento y unos seguros sociales relativamente saludables, una mayoría de suizos se han convencido de que era mejor quedarse fuera de la Unión Europea, conviniendo, eso sí, de que dependen de unas estrechas relaciones con ella. Suiza comercia más con Baden-Wurtemberg que con China entera. Intercambia más con Alsacia, o incluso con Lombardía, que con Brasil.

De forma paralela, Suiza también aprecia contribuir al bienestar de Europa: cumple con sus pagos de solidaridad y respeta sus compromisos en materia de asilo más que algunos Estados que la sermonean. Y, además, cada día, 313.787 franceses, alemanes, italianos y demás cruzan la frontera para venir a trabajar a Suiza. Disfrutan de los altos salarios helvéticos (una media de 5.011 euros al mes). Por otro lado, a finales de 2016, un total de 727.000 europeos residían y trabajaban en tierras helvéticas. Todo ello gracias al centenar de acuerdos negociados entre Bruselas y Berna.

En este contexto, el tratado institucional que debe presidir esa relación no es solamente un simple trozo de papel. La Comisión Europea dice estar al límite de su paciencia. Exhorta a la Confederación a firmar ese acuerdo sin tergiversarlo. De lo contrario, ningún nuevo acceso al mercado será negociado entre Berna y Bruselas. Y los europeos dejarán que se degrade progresivamente la relación actual.

En Suiza, los medios económicos no quieren correr ese riesgo. Otros, a semejanza de la derecha soberanista, están dispuestos a echar el pulso. Ojo por ojo, diente por diente. Paradoja: son los partidos de izquierda, a pesar de ser proeuropeos, y los sindicatos los que ofrecen la resistencia más férrea, puesto que el acuerdo objeto de debate afecta, efectivamente, al mecanismo suizo de protección de los salarios.

Mediante controles específicos, las autoridades, los sindicatos y la patronal verifican conjuntamente las condiciones de trabajo y los salarios, en particular en los sectores sometidos a una fuerte presión. En 2017, alrededor de 240.000 trabajadores temporales —procedentes en su mayor parte de Polonia y Alemania— realizaron misiones de trabajo de corta duración en Suiza. La diferencia salarial observada en las empresas en las que estuvieron destinados era del 16% en su perjuicio. Sin embargo, la Unión Europea exige a Berna que se adapte o que abandone ese mecanismo.

Esa manzana de la discordia puede parecer un detalle. Sin embargo, ha acabado por simbolizar la incomprensión mutua. Muchos suizos no ven dónde está esa Europa que protege, tan elogiada por Emmanuel Macron, y que al mismo tiempo quiere hacerle abandonar medidas de protección de los trabajadores. Uno no puede vivir en Ginebra con un salario alemán. Para la UE y sus países miembros, por el contrario, Suiza debe aceptar las reglas del juego si quiere seguir teniendo acceso al pastel europeo. Cuestión de principios.

Así, el acuerdo institucional que debe integrar a Suiza un poco más en la Unión Europea tiene plomo en las alas. Falto de coraje, el Consejo Federal no se ha atrevido a decir lo que pensaba sobre el asunto. Discretamente, da largas y aplaza su decisión. Hay una apuesta de riesgo tras esa postura: no es seguro que la nueva Comisión Europea que salga de las elecciones de mayo próximo se muestre más flexible con las especificidades suizas. Lo mismo que es aventurado creer que una vez pasado el traumatismo del Brexit, la UE acepte nuevos compromisos.

Lise Bailat es corresponsal parlamentaria de La Tribune de Genève. Traducción de Juan Ramón Azaola.

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