Esclavos de las críticas

En un año plagado de citas electorales, las últimas encuestas vienen otorgando a una formación política de nuevo cuño -de apenas un año de vida- la primera posición en intención directa de voto, lo que, desde luego, va mucho más allá de una simple vocación de permanencia en el, hasta ahora, escasamente mutable mapa político español.

Esas encuestas ofrecen también un dato harto revelador. Los principales apoyos al joven partido no nacen de una adhesión a éste por razones ideológicas o de confianza en sus cuadros dirigentes, sino como reacción -en forma de decepción o desencanto- frente a las formaciones políticas tradicionales. Se explica, así, que las bases del discurso de este incipiente partido se centren en la crítica -a veces ciertamente feroz- al sistema institucional vigente desde hace más de treinta años y a sus principales representantes, a quienes hacen responsables, en última instancia, de la delicada situación económica por la que ha atravesado España en el último lustro y, en consecuencia, de las penurias padecidas por muchas familias. El discurso, además, se ve aderezado con constantes denuncias de corrupción y con una incesante apelación a la debida moralidad en la gestión de la cosa pública. Muchos, sin embargo, echan en falta en ese discurso propuestas concretas y factibles en orden a subvertir el negro panorama que los dirigentes de esta formación política divisan en el horizonte de nuestro país.

Crítica, crítica y crítica. Denuncia de lo mal que se han hecho y se hacen las cosas. Todo es «casta». Todo, menos los líderes de ese nuevo partido. Las próximas citas electorales serán, en su opinión, la oportunidad de «echar a la casta» y poner el interés público en manos de unos dirigentes repletos de moralidad y de transparencia.

Ahora bien, ¿se puede garantizar que, alcanzado el poder por esta joven formación, no se repitan conductas como las que ahora constituyen el foco de sus ataques? Hay ejemplos históricos de estrategias electorales similares que demuestran que esas garantías no existen. Al final, para bien o para mal, siempre somos esclavos de lo que decimos. Permítame el lector recordar algunos de esos ejemplos.

Desde inicios de los noventa, el Partido Laborista británico se había entregado a una potente campaña orientada a denunciar los constantes casos de corrupción tory, en un evidente intento de obtener réditos electorales a corto plazo. No es de extrañar que, tras ser aupado al poder ese partido en las elecciones generales de mayo de 1997, ellos mismos fueran objeto a su vez de un minucioso examen que trataba de detectar el más leve signo de corrupción. Quienes así procedían no tuvieron que esperar demasiado. A principios de noviembre de 1997, se supo que el Partido Laborista había aceptado una donación de un millón de libras esterlinas por parte de un empresario de Fórmula 1. De repente, el nuevo gobierno de Tony Blair se situaba en el centro de todas las miradas. El primer ministro se vio obligado a pedir disculpas y exigió al partido la devolución de la donación.

En julio del siguiente año, el Observer publicó una información, según la cual, determinados ayudantes del Partido Laborista se habían convertido en miembros de diversos grupos de presión, con el propósito de acceder a documentos oficiales y a funcionarios clave. Muchos acusaron al Partido Laborista de haber creado su propio género de corrupción, bautizada por la oposición tory como «cultura del amiguismo». Obligado a enfrentarse a la perspectiva de que sus ataques a la corrupción tory a principios de los noventa se volviesen ahora en contra del Partido Laborista en el poder, el primer ministro trató de desactivar la polémica y urgió a que su gobierno fuese «más puro que puro», con la promesa de severas acciones contra cualquiera que fuese culpable de una conducta impropia.

La cosa, sin embargo, no quedó ahí. Seis meses más tarde, Mandelson, una de las figuras clave del nuevo laborismo y, para algunos, verdadero artífice de la exitosa campaña del partido en 1997, se vio envuelto en una ardua polémica. En diciembre de 1998, The Guardian reveló que, dos años antes, había aceptado un préstamo de un colega político con el fin de comprar una casa en una de las zonas más exclusivas de Londres, sin que el préstamo hubiese sido indicado en el Censo de los Intereses de los miembros del parlamento. Días después, Mandelson dimitía como ministro de Comercio e Industria. «Lamento esta situación -decía en su carta de dimisión-, pero hemos accedido al poder prometiendo mantener el más alto nivel ético posible en la vida pública. Y no sólo hemos de hacerlo, sino que también ha de verse que así lo hacemos».

En Estados Unidos, Nixon, por aquel entonces candidato a vicepresidente, también vinculó en exclusiva su carrera política a la honestidad y a la integridad de su comportamiento, por lo que pronto quedó expuesto a ser derrotado con sus propias armas. Obligado a hacer frente a unas denuncias que le perjudicaban y al creciente coro de voces que pedían su dimisión como candidato a la vicepresidencia, Nixon tomó la sorprendente decisión de pronunciar un discurso en directo y televisado por un canal de difusión nacional -discurso conocido como el del perrito Checkers- y hablar directamente al electorado para exponer claramente los detalles de su situación económica personal y presentarse como un estadounidense corriente de medios modestos, víctima de una falsa acusación. Tras el detalle de su situación financiera, Nixon concluyó: «Bien, eso es todo. Eso es lo que tenemos, y eso es lo que debemos. No es demasiado, pero Pat y yo tenemos la satisfacción de que cada centavo que poseemos es honestamente nuestro».

Con su apuesta, Nixon sabía perfectamente lo que estaba haciendo: estaba pasando por encima de las cabezas de los periodistas y de los gestores políticos profesionales que clamaban por su dimisión, estaba apelando directamente al electorado, en su condición de cabeza de familia ordinario que había trabajado duro para llegar hasta donde estaba y cuya integridad personal estaba lejos del alcance de cualquier reproche. La apuesta salió bien y la candidatura de Nixon quedó a salvo. Sin embargo, y al mismo tiempo, Nixon había cimentado su carrera política sobre un alegato de honestidad que, pese a servirle de ayuda en la crisis de los fondos surgida en 1952, actuó claramente en su contra en el desarrollo de la crisis del Watergate.

Resulta innegable que la crítica al adversario es parte sustancial del debate político. Como también lo es que, en estas prácticas, quienes no detentan responsabilidades de gobierno juegan con ventaja. Máxime en una atmósfera como la actual, tirante y, en ocasiones, muy cargada de tensión, donde el conflicto y la confrontación son la norma. Los partidos y los demás grupos de interés están a menudo absortos en la planificación de ataques contra sus oponentes y en la búsqueda del mejor aprovechamiento posible de los puntos débiles que han percibido. Demostrar o, incluso, pretender que un oponente político se halla involucrado en un caso de corrupción o fraude, por ejemplo, puede ser una forma eficaz de desacreditar. Como nos recuerda el viejo proverbio, difama que algo queda.

Ahora bien, basar el discurso político en la crítica, sin más, sin aportar elementos constructivos de una alternativa creíble y seria, puede convertirse, como se ha visto, en una apuesta demasiado arriesgada. Por otro lado, en las sociedades modernas y avanzadas, es esperable del elector el ejercicio del derecho al voto con responsabilidad. Votar a quien más y mejor critica, pero sin un programa de soluciones concretas que, de manera razonable, puedan contribuir a la superación de los grandes problemas que aquejan al país, no parece que sea la opción más saludable en un momento en el que, sobre todo, ha de imperar la política con mayúsculas, la altura de miras y el esfuerzo por fortalecer, no sólo la economía, sino también nuestro modelo institucional y los principios y valores que toda sociedad cohesionada, que aspira a crecer, precisa. Para ello, hacen falta ideas, ideas originales, y proyectos realizables, no meras utopías.

Quedarse en la crítica es jugar a la política, no hacer política. Y es también obviar lo que Lin Yutang tan acertadamente advirtió: «Cuando alguien señala a una persona con un dedo, debería recordar que otros tres de sus dedos apuntan hacia él».

Carlos Domínguez Luis es abogado del Estado y académico Correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación.

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