Escocia: ejemplo en tiempo y lugar

Por Luke Uribe-Etxebarría (EL CORREO DIGITAL, 19/10/07):

En una de sus primeras reacciones, el presidente Zapatero señaló que, con su propuesta de desbloqueo político en Euskadi, el lehendakari Ibarretxe se confundía de siglo, continente y país. Nada más lejos de la realidad. Sin entrar en grandes disquisiciones políticas e históricas sobre el devenir de Europa y de sus pueblos en los siglos XIX, XX e inicios de este siglo XXI, me van a permitir hacer referencia a una situación cercana y harto elocuente, que desbarata el aserto del presidente del Gobierno español.

El pasado 3 de mayo, el Partido Nacionalista Escocés (SNP) ganó las elecciones escocesas y accedió al Gobierno. Fue la fuerza más votada con un programa en el que asumía una apuesta inequívoca por «la independencia y la igualdad de nuestra nación». El ‘primer objetivo’ declarado del SNP es la independencia. Parte del convencimiento de que conllevará prosperidad y riqueza para Escocia. Mantiene que se trata de un concepto moderno y perfectamente compatible con la pertenencia a la UE, de la cual son fervientes defensores. Y pone como ejemplo diferentes naciones que han accedido a la independencia durante los siglos XX y XXI y que, con el nuevo estatus, han logrado mejorar notablemente sus economías y niveles de bienestar: Islandia, Noruega, Nueva Zelanda, Estonia, Australia, Montenegro, Finlandia e Irlanda.

El SNP entiende -y así lo recoge en su ‘Manifiesto 2007’- que «la independencia nos daría una voz a nivel mundial y una opinión en organismos internacionales como la ONU y la UE. Con un gobierno del SNP, la independencia también conllevaría mayor libertad para los individuos, las familias y las comunidades dentro de una sociedad construida a partir de intereses comunes». Además, contribuiría a mejorar la gestión.

Con ese programa y con la promesa de celebrar un referéndum de independencia durante esta legislatura -en el entorno de 2010-, Alex Salmond (SNP) ganó las elecciones. Obtuvo un escaño más que el Partido Laborista. Hubo quien quiso quitarle importancia a esta victoria argumentando que la diferencia había sido mínima. Pero la realidad es que el SNP había ganado 20 escaños y el Partido Laborista había perdido 4. Y esa victoria se había logrado a pesar de la oposición de toda la prensa escrita.

Alex Salmond conformó un Gobierno en minoría con el apoyo de los Verdes. Y, a pesar de que los medios de comunicación y otros poderes fácticos se empeñan en subrayar la minoría en la que se encuentra el Ejecutivo nacionalista para concluir que, difícilmente, podrá celebrar, con éxito, el referéndum de independencia, el nuevo primer ministro escocés dio el primer paso hacia ese referéndum a los cien días de acceder al poder. Tal y como había prometido, el 14 de agosto presentó un documento bajo el título ‘Choosing Scotland’s Future. A National Conversation. Independence and reponsability in the modern world’ (‘Eligiendo el futuro de Escocia. Una Conversación Nacional. Independencia y responsabilidad en el mundo moderno’). Es lo que algunos han venido a denominar como el Libro Blanco de la Independencia.

En dicho documento, el Gobierno se muestra convencido de que, tras ocho años de autonomía, la ciudadanía escocesa exige que se den nuevos pasos. Expone su clara apuesta por la independencia, pero reconoce que hay partidos que defienden opciones diferentes (el mantenimiento del actual ‘estatu quo’ o la ampliación del autogobierno). Añade que, desde su punto de vista, los ocho años de autonomía han puesto de manifiesto las limitaciones que ésta conlleva y la ventajas que supondría tener un control completo de todas aquellas cuestiones que afecten a Escocia, es decir, acceder a la independencia.

El Libro blanco recoge las diferentes posibilidades que se presentan a los escoceses de cara al futuro constitucional y explica las ventajas y los cambios legislativos que conllevarían. Abre un debate en el que invita a participar a todos los ciudadanos; es la denominada ‘Conversación Nacional’. Además, prevé concluir dicho debate con la celebración de una consulta en la que se pueda elegir entre tres opciones: seguir con el actual bloque constitucional sin cambio alguno, ampliar las competencias a partir del resultado del ‘Debate o Conversación Nacional’, o dar los pasos para permitir que Escocia se convierta en un país completamente independiente. El Gobierno se muestra claramente partidario de la tercera opción: la independencia, aunque advierte de que «quienes propugnan otras opciones tienen ahora la oportunidad de definirlas y defenderlas ante el Ejecutivo para conseguir su inclusión en la papeletea del referéndum».

En el documento, también se incluye un posible borrador de la papeleta para el referéndum. Se preguntaría al ciudadano si está de acuerdo con que el Gobierno escocés negocie un acuerdo con el Gobierno del Reino Unido para que Escocia sea un Estado independiente.

El Libro Blanco también plantea las condiciones jurídicas y políticas para la celebración del referéndum. Todo esto lo hace tomando como base que la capacidad de decisión reside en los ciudadanos escoceses y que lo que éstos decidan tendrá que ser respetado. Los parlamentos de Westminster y Holyrood tendrán que adaptar sus respectivas legislaciones a lo que decidan los escoceses, que son quienes tienen la última palabra.

Para cualquiera que haya seguido la trayectoria del lehendakari Ibarretxe desde el año 2000 y haya leído su propuesta de normalización política, las coincidencias en cuanto a los principios son obvias. En ambos casos, se hace una propuesta y se abre una negociación con el resto de partidos políticos; se da una importancia clave a la participación ciudadana; se plantea una negociación con el Estado para materializar el nuevo estatus; no se cuestiona el derecho a decidir ni la validez del resultado, pero se negocia su materialización; los dos proyectos apuestan por una ‘relación amable con los Estados’, una ‘relación de igual a igual’; y la última palabra la tienen los ciudadanos, a través de un referéndum.

Por lo tanto, baste este significativo ejemplo para afirmar que el lehendakari Ibarretxe ni se ha confundido de siglo, ni de continente. Esperemos que tampoco de país, en este caso, el Estado español. Veremos.