Escocia, el vehículo nacionalista

Por Ivan Briscoe, investigador en temas de paz y conflictos de FRIDE (EL CORREO DIGITAL, 05/05/07):

El largo y polémico recuento de votos de las elecciones en Escocia podría todavía dar como resultado la supervivencia del Gobierno laborista en aquella nación del norte de Gran Bretaña. Pero no debe quedar duda acerca de quiénes han sido las estrellas de la campaña. Ocho años después de la cesión por parte de Londres de un parlamento y una amplia colección de derechos autonómicos en impuestos, educación y salud, muchos escoceses parecen haberse fatigado con los límites residuales que constriñen el nuevo poder de su nación, y optado por una ruptura limpia con sus vecinos insufribles del sur. Según cuentan los medios ingleses, siempre hambrientos de nueva histerias, este voto sería el primer paso hacia el desmembramiento del Tratado de la Unión, firmado hace 300 años.

Pero la realidad es otra: la campaña y el resultado han demostrado hasta qué punto la causa independentista venía enraizada en la desilusión popular y no en la efervescencia nacionalista. Alex Salmond, veterano dirigente del Partido Nacionalista Escocés (SNP) y antiguo economista del petróleo, anhela la participación escocesa en un llamado ‘arco de prosperidad’, un bloque de países ricos, fríos y llenos de hidrocarburos compuesto por Irlanda, Noruega e Islandia, con profundos lazos culturales en la mitología nórdica y el vasto imperio vikingo. En realidad, sin embargo, el éxito relativo de su partido se basa en poner la añorada reivindicación celta en paréntesis, postergando un referendo sobre el tema hasta el 2010. Incluso, ha llegado a prometer que Escocia podría readherirse al Reino Unido si la separación es demasiado dolorosa.

De hecho, lo que ha ocurrido en Escocia parece el ejemplo más destacado de una curiosa dinámica política en Gran Bretaña, donde el nirvana laborista -crecimiento económico ininterrumpido de 59 trimestres y un flujo inédito de dinero a los servicios público- ha coincidido, y tal vez ha provocado extrañamente, una pérdida abrupta de confianza en la clase política. Materialmente satisfecho y enormemente endeudado, el público británico siente con especial agravio la indisciplina y amoralidad de sus conciudadanos (los jóvenes vándalos, los padres irresponsables, los obesos), y las supuestas manipulaciones de sus dirigentes.

En el caso de Escocia, el rechazo a la guerra de Irak y a la decisión aprobada en marzo de renovar los misiles nucleares Trident (ubicados en Gare Loch, cerca de Glasgow) por 30.000 millones de euros son los símbolos más claros de esta reacción electoral. No son meramente causas pacifistas, sino el reflejo de un cuestionamiento profundo del Gobierno en Londres, de la sinceridad de su primer ministro Tony Blair, y de la falta de control adecuado del parlamento o del público, inglés o escocés, sobre decisiones trascendentales.

En este contexto, el SNP representa un voto de castigo o, en palabras de la revista conservadora ‘The Spectator’, «el vehículo conveniente de una rebelión nacional contra los laboristas». Otras partes de las islas tuvieron formas alternativas de transmitir su cólera, notablemente por medio del Partido Conservador en el norte rural de Inglaterra, y del voto a éste y a los nacionalistas de Plaid Cymru en Gales. En Escocia, dominado electoralmente por los laboristas durante cinco décadas, e irreversiblemente adverso a los ‘tories’ después de las injerencias de Thatcher, el voto fue nacionalista. Por castigo, y por el afán de un poder más cercano y tangible. El paisaje político después de las elecciones locales y nacionales del jueves queda salpicado por pequeñas revueltas, canalizadas en el caso de Escocia hacia un independentismo tímido, casi oculto.

Buscar un ‘viento de cambio’ en otras regiones sería igualmente frustrante. El Partido Conservador consiguió más votos (41% del electorado), pero sigue extremadamente débil en las grandes ciudades, y todavía falta saber precisamente qué propondrá en su plan de gobierno después de deshacerse de casi todos sus dogmas de fe. Sobres los temas claves del momento -el terrorismo, la economía y la inmigración- hay poquísima diferencia ideológica.

Por cierto, habría algo irreal en el cambio de banda político en Escocia si no fuera por la debilidad de la oferta secesionista: los flujos económicos, sociales e intelectuales a través la ‘frontera’ son cada vez más fuertes; y vale añadir que Inglaterra debe a Escocia gran parte de su carácter nacional, incluyendo su teoría económica liberal (Adam Smith), su pragmatismo empirista (David Hume), muchos de los soldados que construyeron el imperio, cinco primeros ministros en el último siglo (y este número excluye a Blair, quien nació en Edimburgo), y la línea de sangre de la familia real. Escocia, por lo tanto, no es una nueva versión de Irlanda, que sufrió un colonialismo inglés salvaje e inquisidor. Ha sido partícipe y artífice del proyecto británico desde la Unión de 1707. En cierta forma, ha tenido una presencia política y cultural mucho más importante que el tamaño de su población justificó.

En realidad, son las nuevas complejidades de esta relación tan íntima las que sirven ahora para alimentar la utilidad política del nacionalismo. El resultado electoral que Salmond festejó en la madrugada del viernes se convertirá en un tema de máxima delicadeza para el hombre destinado a tomar el relevo de Blair en pocas semanas, el escocés protestante Gordon Brown. Si el SNP llega a plantear con fuerza la causa independentista, Brown no podría ni ceder a sus presiones por temor al rechazo inglés -los ingleses han desconfiado siempre de la retórica seductora de los celtas-, ni enfrentarse demasiado con su propia circunscripción electoral escocesa en Kirkcaldy y Cowdenbeath.

Para los conservadores, mientras tanto, existe una innegable tentación de estimular los rebrotes nacionalistas a los dos lados de la frontera. Sin los votantes izquierdistas del norte, los ‘tories’ tendrían una mayoría clara en el Parlamento de Westminster; y si quieren avivar el resentimiento y el izamiento de banderas, tienen solamente que subrayar la injusticia de permitir que los representantes escoceses en Londres puedan votar sobre legislación en Inglaterra, mientras que los ingleses no pueden hacer lo mismo en Escocia. «Una rayuela de confusión y resentimiento», según Salmond.

Mucho depende del joven dirigente conservador, David Cameron, que tiene una impecable imagen pública, y que sería, por tanto, profundamente reacio a ensuciarla con provocaciones identitarias en Gran Bretaña, donde sus ciudades multiétnicas contienen tensiones culturales y sectarias muchísimo más serias y siniestras que la vieja disputa transfronteriza.