Escocia y Cataluña, dos ‘países’ gemelos

En Escocia, un referéndum legal, relativamente civilizado, contestado con pasión pero sin rencor, en un país dispuesto a aceptar el resultado, sea lo que sea. En Cataluña, una llamada, que amenaza ser un grito, a una consulta ilegal, que suscita reacciones temerosas y temerarias, sin perspectivas de resolverse amigablemente ¿Por qué tal diferencia?

Entre los países de Europa occidental, Escocia y Cataluña son, tal vez, los que más se parecen. Sus historias han sido paralelas. Ambos empezaron como pequeños Estados medievales, guerreros y expansionistas. Cataluña creció anejando a Valencia y las Islas baleares. Escocia, que nació como reino en el sur de lo que hoy es su territorio, conquistó a los pueblos pastoriles de las sierras e islas al norte del archipiélago británico. Tanto Escocia como Cataluña venían a compartir su dinastía reinante con un país vecino -Cataluña con Castilla hacia fines del siglo XV; Escocia con Inglaterra, a principios del XVII-. Ambos terminaron apoyando al lado vencido en sangrientas guerras civiles entre las casas de Borbón y Austria en España y entre las ramas católica y protestante de la dinastía de los Estuardos en Gran Bretaña.

Como consecuencia de tales derrotas, ambos países se incorporaron a nuevas uniones estatales a principios del XVIII: Escocia en el tal llamado Reino Unido en 1707; Cataluña en un Estado ampliamente español pocos años después. En ambos casos, la resistencia se manifestó luego en movimientos románticos y poco prácticos: el carlismo en Cataluña; en Escocia el jacobitismo -también vinculado a la causa imposible de una dinastía exiliada y absolutista-. Ambos pueblos recuperaron su autonomía en circunstancias propicias a la subsidiariedad política en los años 80 y 90 del siglo XX.

Mientras tanto, en Escocia tanto como en Cataluña, el recuerdo de un pasado orgulloso y el deseo de expresar una identidad propia dieron lugar a grandes renacimientos culturales. En éste se celebró la riqueza lingüística y artística del catalanismo; en aquél se redescubrió la literatura en lengua vulgar, inventándose, además, una cultura supuestamente celta (aunque los escoceses en su gran mayoría no llevan nada de sangre celta) y un traje supuestamente nacional, el tartán. En Escocia se oía el son de la gaita; en Cataluña se danzaba al ritmo de la sardana.

Ambos países lograron aportaciones enormes -y más de lo que se debía de esperar según su tamaño y población- a la Historia de las monarquías de las cuales siguen formando parte. En el siglo XIX, escoceses y catalanes jugaron papeles comerciales y administrativos de importancia desproporcionada en el imperio británico y en Cuba respectivamente. Glasgow y Barcelona ejercían papeles semejantes en la industrialización. Hoy en día independentistas en ambos países pueden asegurar a sus seguidores que son o serán los herederos de economías excepcionalmente fuertes y ricas.

Pero a pesar de haberse enriquecido gracias a las uniones políticas con sus vecinos, ambos territorios nutrían, en los siglos XIX y XX, nacionalismos irracionales, distraídos por rencores históricos, que siguen anacrónicamente en vigor. Las consultas electorales convocadas por independentistas este año en ambos países coinciden con centenarios palpablemente irrelevantes: Los 300 años del asedio de Barcelona de 1714 y los 700, en Escocia, de la batalla de Bannockburn, cuando los escoceses vencieron a un ejército inglés. La flor de Escocia, el himno nacional no oficial, que se canta en los encuentros deportivos, reza textualmente: «Podemos surgir ya, y volver a ser aquella nación que se opuso al soberbio rey Eduardo de Inglaterra, y le hizo volver a casa, para reflexionar». Efectivamente, el fútbol ocupa un lugar sorprendente en el nacionalismo de ambos países, por la resonancia del protagonismo azulgrana en Cataluña, nuevamente expresado por Pep Guardiola, que acaba de apoyar a los proconsultistas, y por la mayor satisfacción que proclaman los nacionalistas escoceses por haber vencido en Wembley más que en Waterloo.

Por supuesto, existen particularidades culturales y constitucionales que diferencian los casos catalán y escocés. El Parlament y Govern ejercen más capacidades que sus homólogos escoceses. Escocia, en cambio, goza de su propio sistema legal y judicial. En Cataluña el recuerdo de la represión del idioma y la cultura es más reciente, ya que la última conquista de Barcelona por un ejército español ocurrió hace sólo tres cuartos de siglo, y el centralismo inepto franquista duró hasta 1975. En el Reino Unido, en cambio, la etapa severa de la represión de la cultura escocesa se dio por terminada con la visita del rey Jorge IV a Edimburgo en 1822. Pero las semejanzas que abrazan a Escocia y Cataluña son tantas que cabe pensar que ambos países pudieran tener destinos parecidos. Por ahora, empero, parece que no. El modelo escocés de una consulta para ayudar a resolver el problema separatista parece inaplicable a España. ¿Por qué?

Se lo pregunto a mis alumnos de mi curso de Historia Europea de la Universidad de Notre Dame. «Es el efecto tóxico de la maldita retórica española», comenta Earnest, hijo de parientes multimillonarios que habitan en California. «En España todo se dramatiza y se exagera. Unión viene a ser sagrada unión y una comunidad se convierte en supuesta nación. La independencia, que ni es más ni menos que un arreglo administrativo, se convierte en un derecho humano. Los ingleses disponen de un lexicón político desangrado, que les permite lograr soluciones desapasionadamente».

«¡Qué va!» exclama Bella, niña negra que depende absolutamente de su beca. «La razón es económica. Cataluña, sencillamente, vale más que Escocia en términos fiscales. Por tanto, su destino importa más y se suscita un nivel más profundo y más amargo de acometimiento. Además, los efectos de la crisis de 2008 eran más graves en España que en Gran Bretaña, y cuentan por más en una economía financiera e industrial como la catalana».

«O TAL vez influye más el contexto constitucional», añade Chris, especialista en Matemáticas, que cursa Historia por puro placer. «Pienso en la crisis del Estatuto de Cataluña de 2010, que agravió tanto aun a la opinión relativamente moderada en Cataluña, y en el hecho de que España es una zona de autonomías en competencia unas con otras para lograr la máxima potencia. Esa situación lleva naturalmente a una especie de inflación de aspiraciones».

«Yo apuesto por la Historia», insiste Ming, que está de visita desde China. «Si pienso en el modelo de mi propio país, que se ha ido edificando tras largos procesos de integración de una gran diversidad de pueblos, España me parece un país históricamente inestable, compuesto de tantas comunidades que han compartido un solo Estado sin nunca lograr fundirse homogéneamente en un crisol plenamente nacional -vamos, es un manojo que no se fusiona, como dijo Richard Ford».

«Hasta cierto punto», respondo, «todos tenéis razón. Pero la situación actual en España me parece sencillamente explicable por la política errónea de administraciones sucesivas, tanto de socialistas como de populares. Lo sagaz hubiese sido conceder que hubiera una consulta, que a fin de cuentas cabe dentro de la Constitución, siempre que no sea vinculante, y luego controlarla. Los resultados de una consulta dependen no sólo (ni siquiera principalmente), de los méritos del caso, sino de los términos de la convocatoria, los componentes del electorado y, más que nada, la forma de la pregunta que se plantea. En lugar de hacerse responsable del proceso, el Gobierno español lo ha dejado en manos de los separatistas. Además, calificándolo de ilegal e intentando suprimir -o permitiendo que se le representara como culpable de intentar suprimir- la voz del pueblo, el Gobierno nacional se ha condenado a una postura moralmente inferior.

Han ofendido, luego, a la opinión pública aun entre los opuestos a la independencia catalana, quienes piensan razonablemente que vale la pena saber el parecer del electorado. El nacionalismo catalán es tan tonto, tan anticuado y tan inicuo como todos los nacionalismos en el día de hoy, cuando había de esperar que superáramos tales ideologías destructoras y decimonónicas. Pero si el caso acaba mal, y una consulta aprueba el programa separatista, no será por el mérito de los independentistas -que no lo tienen en absoluto- sino por la estupidez de sus opositores, que la tienen en abundancia».

Felipe Fernández-Armesto es historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU).

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