Escora popular

La vez que más alto se han oído las críticas al bipartidismo ejercido por socialistas y populares en España ha sido en vísperas de que las urnas escorasen de tal forma su equilibrio de años que amenaza con acabar con él de la peor de las maneras; no mediante la apertura del abanico partidario hacia una mayor pluralidad, sino a través de la concentración del poder político en una única sigla. Eso ocurrirá si, como apuntan todos los indicios, el Partido Popular obtiene la victoria en las próximas elecciones generales. En tal caso, el bipartidismo quedaría tan maltrecho que posiblemente la democracia representativa acabaría huérfana de los contrapesos partidarios que procuraban un sistema electoral proporcional y un modelo político territorialmente tan descentralizado como el español. El único argumento realmente convincente con el que cuentan los socialistas deriva de tal posibilidad: no dejen todo el poder en manos del Partido Popular, sería su mensaje. Pero se trata de una alarma insuficiente como para modificar el presumible comportamiento de unos votantes que tienden a dar la espalda al pasado, aunque no sepan exactamente qué les deparará el futuro inmediato.

Las dos preguntas que surgen inmediatamente es en qué medida la escora popular del sistema durante un determinado periodo de tiempo puede afectar a la propia democracia y, ligado a esto, si el Partido Popular está en condiciones de administrar un poder que ninguna formación ha ejercido desde el restablecimiento de las libertades. Si Rajoy llega a la Moncloa con una mayoría holgada, los problemas de estabilidad parlamentaria y de gobernabilidad desaparecerán, y brindarán a la sociedad organizada la certidumbre de conocer con quiénes se las verá en la inmensa mayoría de las instituciones. Lo que no está tan claro es qué podría esperarse de los nuevos gobernantes. En su última comparecencia de prensa, el presidente del Partido Popular señaló que los ciudadanos habían decidido encomendar a su partido la salida de la crisis. Días más tarde, advirtió ante el Cercle d´Economia que nuestro país tendrá el Estado de bienestar que pueda sufragar. La crítica del desbarajuste socialista, especialmente arriesgada al denunciar la insolvencia autonómica, anunciaría un periodo de ajustes obligados por la tardanza y la timidez de Zapatero en reaccionar. Pero cabe dudar de que el PP haya desarrollado en silencio un pensamiento autónomo al respecto; una cierta idea de qué ha de hacer, más allá de los gestos de austeridad y transparencia apuntados.

Quizá se disponga a actuar al dictado de los mercados y de las instancias internacionales endosando a la pasividad o a la opacidad socialista las culpas de lo que ocurra en adelante. De hecho, debido a la extremada lentitud con la que la economía española puede crecer, el Partido Popular de Rajoy estaría en condiciones de gobernar con un discurso de oposición a Zapatero durante toda la próxima legislatura. Ano ser que las personas designadas para asumir las responsabilidades de gobierno sean capaces de sobreponerse a la inercia partidista y escriban un guión más creativo.

Los partidos no están preparados para administrar la complejidad, mucho menos después de acostumbrarse a eludir responsabilidades. Tampoco están preparados para ejercer la oposición parlamentaria renunciando al trazo grueso de la descalificación para actuar como contrapeso efectivo en la conformación de ese cauce central por el que ha de discurrir la política democrática. Si el PSOE pierde las generales y lo hace de forma abultada, experimentará una transformación hacia algo hoy por hoy imprevisible; sencillamente porque no tendrá ninguna responsabilidad de gobierno en casi ninguna parte del mapa. Instintivamente, sus diputados, parlamentarios autonómicos y concejales tratarán de “recuperar las señas de identidad de la izquierda”. Pero, una vez desterrados del poder político, serán incapaces de restablecer las bases de un proyecto socialdemócrata cuya realización se irá desvaneciendo en la misma medida en que el Estado de bienestar sufra impetuosos recortes y se incurra en la desmemoria.

Ciertamente, se trata de un pronóstico aciago, pero no sólo puede hacerse realidad, sino que hay muchas posibilidades de que suceda así. Por otra parte, la escora popular puede ser tan acusada que los contrapesos que representan CiU y, en menor medida, el PNV se queden en nada o atrincherados en la defensa de sus intereses inmediatos. Además, la singularidad del panorama político en Catalunya y Euskadi constituiría una excepción que, lejos de atenuar esa escora,podría agudizarla en el resto de España.

Kepa Aulestia

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