Escribir en limpio

Mi liberada:

Cada vez que se produce una noticia científica de determinado tipo hay personas, entre las que te cuentas, que empiezan a dar alaridos. Se han repetido estos días ante la posibilidad de concebir bebés editados, rechazada de inmediato por los que escriben incorregiblemente en sucio. Comprendo tu furia: una edición rigurosa de tu genoma encontraría tanto por mejorar que tu orgulloso yo entraría en un estado de gran incertidumbre. En las crónicas de la hazaña liderada por Shoukhrat Mitapilov, de la Universidad de Oregón, hay una palabra clave que es borrar. Los científicos, entre ellos el español Izpisúa, han borrado la mutación de un gen responsable de la muerte súbita, una de las 10 mil enfermedades cuya responsabilidad cabe atribuir a un solo gen, y más popular que otras por haber dado nombre a una drástica forma de solucionar el tenis. Las personas religiosas sostienen que los científicos han borrado un designio divino. La voluntad de dios. Es normal su exasperación. Y también que, en sus delirios frankenstein, entonen el insufrible cliché Playing God. Las personas religiosas deberían evolucionar. Hay una línea de pensamiento científico, entre la que no me extrañaría encontrar a Izpisúa, que sugiere que las leyes de la naturaleza provienen de algo “de fuera”, es decir de una inteligencia superior. Lo explicaba hace unos meses el agnóstico Robert Wrigth, un divulgador de la ciencia y la religión y de sus vínculos, en un pedagógico artículo del Times: “Algunas personas con mentalidad científica van abriéndose a la idea de que nuestro mundo tiene un propósito que fue impartido por un ser inteligente. Me estoy refiriendo a escenarios de simulación, que sostienen que nuestro mundo aparentemente tangible es en realidad una especie de proyección emanada de algún tipo de computadora poderosa. Y la historia de nuestro universo, incluyendo la evolución en el planeta, es el despliegue de un algoritmo computacional cuyo autor debe de ser bastante brillante”.

Wright nombra luego a algunas de estas personas. El filósofo Nick Bostrom, el astrónomo Neil de Grasse. Y Elon Musk, el hombre de Tesla. Musk está tan seguro de que no vivimos en lo que llama “la realidad básica” que, según el New Yorker, estaría financiando secretamente a un grupo de científicos para que “nos sacaran de la simulación”. Como Wright concluye con lógica: “La hipótesis de la simulación es una hipótesis de Dios: Una inteligencia de impresionante poder creó nuestro universo por razones sobre las que podemos especular pero no podemos comprender por completo (…) La teología ha entrado en el discurso secular con otro nombre”. Las personas religiosas no deberían protestar por el supuesto carácter fantástico de estas hipótesis. La simulación por ordenador no es más fantasmagórica que la actividad de un Moisés separando las aguas del mar Rojo. Las personas religiosas tampoco deberían negarse acaloradamente a que el hombre trate de descifrar la vida como empezó haciéndolo, por cierto, nombrando (o inventando) a dios. Es probable que dios nos quiera buenos, pero no necesariamente idiotas.

Otro tipo de alaridos distintos son los que vinculan automáticamente las novedades genéticas (y hasta cualquier novedad) con el mal. Un grupo de científicos curan en origen la muerte súbita y los reaccionarios empiezan a dar voces contra la eugenesia, a la que confunden deliberadamente con la eugenesia nazi. Pacientes replicantes de la escuela socialdemócrata tratan de aplacarlos subrayando que la muerte súbita está en un solo gen aislable y la inteligencia, acaso, en cientos de genes vinculados. ¡Y que, por lo tanto, aún falta mucho! Esta conclusión solo hace que renovar la furia reaccionaria porque percibe que los eugenésicos ya se han puesto en camino. El tipo socialdemócrata, que conoce el paño de sus replicantes, se apresta a añadir que cualquier avance científico se hará además en términos de estricta igualdad para todos los hombres. Y es que igualdad es otro de los grandes alaridos políticos ante la ciencia. Las respuestas socialdemócratas no solo son insuficientes sino puramente avestrucensis. Para empezar la ingeniería genética, como ya ocurrió con las hachas de sílex, será también utilizada por y para el mal. La preocupación inteligente de la política no debería ser evitar ese uso, tarea imposible, sino aplicarse a contrarrestarlo del modo más eficaz. Toda política que pretende eliminar los conflictos básicos en lugar de gestionarlos es una política nula, analfabeta e inmoral.

Las restricciones a las investigaciones que se dan en el terreno crucial de lo que nos hace humanos tienen un precio. Los apocalípticos proyectan fúnebres filminas imaginarias sobre lo que será. Pero ocultan lo que es. Fantasean sobre ejércitos de clones y malvados gobiernos de robots que esclavizarán al hombre. Pero evitan las preguntas reales. Por ejemplo: ¿Cuántas vidas salvará que en tres países -¡solo tres países y uno solo de la UE y en trance de irse!- se haya autorizado, en forma de ciencia básica, la edición de genes humanos? ¿Y cuántas vidas humanas se perderán o malograrán por la prohibición aún vigente de implantar óvulos modificados en un útero? A diferencia de las distopías eugenésicas esos escenarios son reales; pero si permanecen en la penumbra innominada es por la exigencia de responsabilidad política que conllevan.

El argumento de la desigualdad debe ser observado en los mismos términos. La ingeniería genética se aplicará en las mismas condiciones que rigen la convivencia humana. Es decir, en ásperas condiciones de desigualdad. Pero es que la historia del progreso humano es inseparable de la desigualdad. No hay progreso en pelotón. El progreso siempre parte de uno que salta. De una mutación feliz. Es jodido, libe, pero es así. La cuestión plantea graves problemas morales. En la perspectiva del alargamiento extraordinario de la vida que se avecina, ¿será capaz la sociedad de asumir el sacrificio de la igualdad? Harry G. Frankfurt en Sobre la desigualdad, un libro incomodísimo y difícil, razona sobre la inmoralidad de aplicar políticas igualitarias en circunstancias determinadas: “Cuando los recursos son escasos y es imposible cubrir las necesidades de todos una distribución igualitaria llevaría al desastre”. El alargamiento exponencial de la vida sería, al principio, una posibilidad al alcance de pocos. Un recurso escaso. ¿Sería correcto aplazarla a la espera de una ideal circunstancia igualitaria y repartir equitativamente la muerte mientras tanto? Parece mucho más eficiente y moralmente correcto gestionar del modo más imparcial y respetuoso (los adjetivos son de Frankfurt) la desigualdad antes que esperar a su erradicación.

La peor religión y la peor política se entregan resignadamente a la muerte. Una, porque abre las puertas de la vida eterna. La otra, porque aprecia su conocido efecto igualador.

Y sigue ciega tu camino

Arcadi Espada

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