Escritores al poder

Dentro de unos días concluye el plazo de presentación de candidatos para las próximas elecciones municipales y autonómicas y, tal como se había anunciado, entre ellos habrá varios escritores, algunos en posiciones muy destacadas. Tengo mis dudas acerca de la cualificación de mis colegas para gestionar la Res publica. Las tengo porque me imagino a mí mismo en esa situación y me temo que el resultado sería desastroso. La pregunta es: ¿qué han visto en esos escritores quienes confeccionan las listas electorales? O dicho de otra manera: ¿qué creen que los hace más atractivos para los votantes? En principio, a un escritor se le supone cierta propensión al diálogo: el oficio de escritor te obliga y acostumbra a ponerte en el lugar del otro y a reconocer su parte de razón, requisito indispensable para que se establezca un diálogo fructífero. También podría atribuírsele una inclinación natural a la defensa del desfavorecido, y para eso ni siquiera hace falta que el escritor sea de los grandes: basta con saber que un día decidió obedecer su vocación y quiso ponerse en la estela de los grandes, que tradicionalmente han prestado su voz a quien no la tenían. Pero, en estos tiempos en los que la ciudadanía reclama máxima transparencia a la clase política, su principal atractivo tal vez consista en que de los escritores podemos saber muchas más cosas que de los otros candidatos. De unos y otros supongo que se harán públicos sus ingresos y patrimonio. De los escritores, además, tenemos sus libros, y asomándonos a ellos podemos calibrar nuestro grado de afinidad e intuir lo que tienen de oportunistas y vanidosos o, por el contrario, de honestos y solidarios.

En nuestra historia democrática reciente no abundan los casos de escritores metidos a políticos: Jorge Semprún y muy pocos más. En otras épocas, por ejemplo en la etapa de la restauración, el escritor no podía desentenderse fácilmente de sus compromisos cívicos: el republicano Vicente Blasco Ibáñez salió elegido diputado en siete legislaturas, la oposición de Miguel de Unamuno a la monarquía fue la causa de su confinamiento en Fuerteventura, etcétera. Hace un siglo, más de la mitad de la población española era analfabeta, y supongo que eso convertía al escritor, privilegiado interlocutor con la palabra escrita, en obligada autoridad moral para buena parte de la sociedad. De ahí también la veneración hacia su figura, una veneración que iría decayendo con el crecimiento de las clases medias y la imposición de la enseñanza obligatoria. La alfabetización, que franqueó el acceso de las mayorías a las fuentes del saber, contribuyó de paso a desacralizar a la élite de la palabra, despojándola de su condición casi sacerdotal de oráculo y guía para sus contemporáneos.

En otros países el proceso no fue muy diferente. Xavi Ayén reproduce en Aquellos años del boom una fotografía del novelista Rómulo Gallegos entregando el premio que lleva su nombre a Mario Vargas Llosa. Esa foto, de 1967, tiene algo de simbólico. Si Gallegos había sido elegido presidente de Venezuela en 1948, Vargas Llosa fracasaría en su intento de ganar las elecciones peruanas de 1990. En las cuatro décadas que median entre esas dos fechas debió de gestarse el cambio: un cambio en la percepción de la figura del escritor, que ya no era el referente intelectual del pasado. De todos los escritores que asumieron altas responsabilidades políticas, el que produjo mayores desaguisados fue Gabriele D’Annunzio, al que la historia de la literatura ha consagrado como el gran poeta de la sensualidad. Su biógrafa, Lucy Hughes-Hallett, recuerda que, en su breve paso por el Parlamento italiano, D’Annunzio prometió una “política de la poesía”. Tuvo ocasión de cumplir su sueño cuando, concluida la Gran Guerra, se puso al frente de una columna de voluntarios y ocupó el territorio irredento de Fiume (la actual ciudad croata de Rijeka) con la intención de anexionarlo a Italia. La pequeña ciudad Estado se mantuvo ajena a la legalidad internacional mientras las potencias negociaban las nuevas fronteras, y durante quince meses D’Annunzio, erigido en gobernador omnímodo, dispuso de total libertad para llevar a la práctica sus peculiares utopías. Lo que debía ser el laboratorio de esa inconcreta “política de la poesía” no tardó en convertirse en una inmensa chapuza. Si al principio Fiume atrajo a poetas y revolucionarios, pronto se convirtió en una ciudad sin ley, refugio de prostitutas y delincuentes. Al tiempo que se desataba una brutal persecución contra la población eslava, la tradicional prosperidad daba paso a la ruina económica. Pero a D’Annunzio eso le traía sin cuidado: mientras la población carecía de artículos de primera necesidad, él se empeñaba en mantenerla entretenida con vistosos desfiles y exaltadas arengas desde el balcón de su palacio. La cosa acabó de la manera más bufa. Un breve bombardeo bastó para forzarle a entregar la ciudad y, por suerte para todos, a retirarse para siempre de la política.

Ignacio Martínez de Pisón, escritor.

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