Escritura y poder

Existe una conocida fotografía de Stefan Zweig y Joseph Roth, tomada en un café de Ostende en el año 1936. En ella, sólo Roth mira a la cámara y en su gesto ya se adivina su muerte en París, cuando empezaba a oírse el eco de las botas de la Wehrmacht. Nada de eso se vislumbra en el rostro de Zweig, que mira con sonrisa afectuosa a su amigo. Stefan Zweig es, en 1936, un escritor que ha triunfado en Europa y América, un escritor al que el destino sonríe como él sonríe a Roth. Es un hombre rico, elegantemente vestido, acogido en todos los salones. Joseph Roth no. Roth es un escritor más intenso y personal que Zweig, pero con una proyección mucho más escasa y menor vocación de felicidad. En esa imagen, y como es lógico, Zweig es completamente ajeno a su suicidio con su mujer, Lotte, decididos a no vivir el fin de la vieja civilización europea a manos del III Reich. Quizá al ingerir el veneno –tres años después de la muerte de Joseph Roth–, pensara en él y en las palabras que le había escrito reprochándole su falta de acción política: «La obsequiosa indulgencia con la que acepta lo consumado me parece tan estéril como el odio ante el que me alerta». Zweig, que admiraba a Roth, debió de acordarse de aquella frase suya sobre su obsequiosa indulgencia al ver a los agentes nazis moviéndose con naturalidad por Brasil. Ya era demasiado tarde.

NIETO
NIETO

Sin embargo, ante la tentación política del intelectual –tan necesaria por un lado, tan enfermiza por otro– no es malo recordar las palabras de Leonard Woolf, poco antes de morir: «Echando una ojeada a mis últimos cincuenta y siete años de trabajo político en Inglaterra, compruebo con nitidez que no he conseguido absolutamente nada. El mundo actual y la historia del hormiguero humano durante estos años serían exactamente iguales si yo me hubiera dedicado a jugar al pimpón en lugar de organizar comités y escribir libros». Si el pacifismo extremo del burgués Zweig tiene su Némesis en el miedo y el suicidio, el humor del izquierdista Woolf es una medicina necesaria ante la actuación política de algunos intelectuales, fascinados por el poder. Pienso ahora en Henry-Lévy y en Hitchens, por pensar en la época que nos ha tocado vivir.

Semanas antes de la caída y muerte de Gadafi, circularon unas fotografías de Bernard Henry-Lévy de visita por el paisaje bélico libio. El nuevo filósofo vestía uno de sus impecables trajes negros y planchadas camisas blancas y ahora no recuerdo si llevaba o no incorporado el chaleco antibalas. Si lo llevaba, no parecía de marca. Lo que sí recuerdo es que avanzaba rodeado de insurrectos –como suele decirse– «fuertemente armados». Se comentó en su momento que Henry-Lévy había sido quien convenció a Sarkozy de apoyar con la aviación a los rebeldes libios. No sé si esto es cierto o no, pero aquellas fotografías transmitían la sensación de una visita hecha para inspeccionar, pero sobre todo para legar una imagen épica a la Historia: la del intelectual y el poder en estado puro, que, como todos sabemos, es el poder de las armas, el poder de la fuerza. Eso sí: por la libertad. En el rostro de BHL se dibujaba una sola convicción: su imagen libia pertenecía a la misma estirpe que la pintura de Napoleón al pie de las pirámides egipcias. Byron en Missolonghi es otra cosa. Tan otra cosa que allí murió. Fatalmente, ya conocemos la deriva libia.

Henry-Lévy no era el primero, ni será el último, desde luego, que esgrimía tan particular manera de entender la libertad y el poder intelectual. Sin movernos de este siglo, el combativo ateo Christopher Hitchens –tan admirado por sus sacerdotes– fue uno de los autores intelectuales de la guerra de Irak –la defendió en sus columnas de TheNation, antes, durante y después–, y visitó luego a bombo y platillo el país «liberado» junto al belicista hombre de Bush, Paul Wolfowitz. Aunque sus sacerdotes –al adorar religiosamente su ateísmo– se callen estos detalles tan nimios, también Hitchens había visitado el Irak de Sadam Husein años atrás y había escrito apasionados panfletos defendiendo a Sadam como adalid de la modernidad secular. Y antes de morir visitaría a Chávez –otro adalid de la modernidad secular, imagino– para mostrarle su apoyo político e intelectual. Podría seguir: no lo hago por no marear con tanta deriva, siempre cercana, eso sí, al poder, cuanto más brutal, mejor. Y en casa, que nos publique y entreviste VanityFair, aunque a fotogenia, Hitchens nada pudiera hacer frente al bello Henry-Lévy y su rostro se inclinara más hacia el de otro intelectual fascinado por el poder totalitario, el arquitecto de Hitler, Albert Speer.

Citar a Speer y pensar en Hanna Arendt es todo uno. Porque fue Arendt quien nos habló de la uniformización del intelectual frente al poder, cuando este se brutaliza. Klaus Mann en Mephisto explicó muy bien el papel del artista arribista en tiempos de confusión seguidos de muerte, pero fue Arendt su mejor cronista. En pocas líneas: «El verdadero problema no fue lo que hicieron nuestros enemigos, sino nuestros amigos. La uniformización fue la regla entre los intelectuales. No así en otros ámbitos. Y esto nunca lo he olvidado». Es una fatalidad común. Donde existe la crítica literaria suele desaparecer la crítica política y el escritor que se unge político obtiene una consideración mayor que el político que se metamorfosea en escritor, por mucho que Winston Churchill obtuviera el Nobel de Literatura. Suele ser condición ventajosa que el escritor se atrinchere en posiciones a la moda –y si la moda es extrema, mejor–, porque de lo contrario los torpedos irán dirigidos tanto a su persona como a su literatura. De la misma forma, y en las zonas donde el nacionalismo cultural o político existe, también es conveniente que el escritor sea nacionalista o afín, mejor cuanto más afín. Importa poco que lo sea por convicción, por interés o por coyuntura: se le perdonará todo; hasta el viraje hacia posturas más atemperadas, e incluso opuestas, si las tornas cambiasen. Quizá eso ocurra porque el poder entiende más que nadie de camaleonismos y el intelectual lo sabe; quizá por alguna otra perversa relación especular, pero ocurrir, ocurre con cierta frecuencia. Ahora estamos viviendo uno de esos tiempos. Dejar de lado el postureo Hitchens, sí, pero no caer en la prudencia de Zweig es el reto, imagino. Sin perder, desde luego, el humor de Leonard Woolf y saber que podemos arrepentirnos de tantas horas malgastadas.

José Carlos Llop, escritor.

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