Escuela de calor

Incluso el más combativo de los negacionistas habrá de admitir que el verano está ofreciendo buenos argumentos en favor de la teoría del cambio climático global: aviones que no pueden despegar de Arizona debido a las altas temperaturas, récord peninsular en la provincia de Córdoba, e incluso la quiebra de un enorme glaciar que añade dramatismo a la sección de noticias aún cuando el suceso pueda atribuirse a causas naturales. ¡Y el calor que estamos pasando! Ni que decir tiene que nada de eso persuadirá a quien sólo confía en la ciencia a beneficio de inventario, anestesiándose en el dentista pero atribuyendo las conclusiones de los climatólogos a una conspiración urdida con el fin de debilitar la economía norteamericana o acabar con el capitalismo. Tampoco, es de suponer, a quienes tienen dificultades para distinguir el clima del tiempo y se arman de razones en cuanto se encadenan cuatro días benignos en pleno mes de julio. En realidad, el aumento de las temperaturas coexiste con otros episodios climáticos y por eso hemos terminado por hablar de “cambio” más que de “calentamiento” a secas, e incluso de “enrarecimiento global” (global weirding), para hacer honor a una disrupción planetaria cuya trayectoria venidera resulta impredecible.

Esa misma incertidumbre está en el centro de un concepto directamente relacionado con el cambio climático, que no deja de ganar fuerza en la conversación pública global: el Antropoceno. No es España el país donde más familiarizados estamos con él, a pesar del meritorio empeño de algunas instituciones e individuos, pero eso no debería sorprendernos habida cuenta de nuestro secular déficit en materia medioambiental. En esferas públicas más sofisticadas, su tracción es mayor: el último libro de Peter Sloterdijk publicado en Alemania se abre con un largo ensayo sobre el asunto, mientras que el número de artículos académicos dedicados a él crece de manera acelerada. Es pronto para saber si logrará capturar la imaginación pública y, por tanto, ayudará a reorganizar el debate sobre la sostenibilidad de las relaciones socionaturales. Pero habría buenas razones para ello.

El Antropoceno designa un cambio antropogénico de los sistemas naturales planetarios de tal envergadura que ha convertido a la especie humana en agente medioamiental global: los sistemas sociales y naturales estarían ahora acoplados. Se trata de un impacto humano tan formidable que encuentra reflejo en el registro fósil de la Tierra; de ahí que se haya elevado una propuesta a la Comisión Internacional de Estratigrafía para que de por terminado el Holoceno y declare comenzada una nueva época geológica -quinta del eón fanerozoico- bautizada en honor al antropos que la habría causado. Sus manifestaciones empiezan por el cambio climático, pero no se limitan a él: súmense entre otros la pérdida de biodiversidad, la acidificación de los océanos, la desaparición de la superficie virgen o la creciente urbanización. Sus potenciales efectos sobre las sociedades humanas son dignos de consideración: una aparente trivialidad como la desaparición de las abejas podría tener graves consecuencias, pues polinizan el 70% de los cultivos que alimentan al 90% de la población mundial. Aunque nada de eso es nuevo, como la historia medioambiental viene demostrando: en el llamado intercambio colombino que lleva la biota europea a América, la muerte de muchas poblaciones indígenas debido a la viruela disminuyó tanto la superficie cultivada que la posterior reforestación natural contribuyó a la conocida como Pequeña Edad de Hielo, cuyo primer mínimo se produce en 1650. Todo está conectado, como dicen los conspiracionistas.

Dejar atrás el Holoceno no es ninguna minucia. Ninguna otra época geológica ha proporcionado mejores condiciones climáticas a la especie humana, que no por casualidad ha florecido -en buena parte a expensas de otras especies- desde que diera comienzo hace unos 12.000 años. Hacia dónde se dirige un planeta desestabilizado por el calentamiento global, no podemos saberlo. Y ello a pesar de que los poderes humanos van en un solo paquete: ¿acaso podríamos hablar de cambio climático sin la ciencia cuyo despegue en el siglo XVI está en el origen de la civilización industrial que causa el calentamiento? Es aconsejable no confundir el impacto de nuestra especie en la transformación del planeta con su capacidad para controlarlo en el futuro. En este sentido, uno de los efectos más interesantes del Antropoceno es que nos recuerda la existencia del tiempo profundo del planeta, que converge ahora con la comparativamente breve historia de la vida humana y la aún más corta historia de nuestra civilización industrial. Este realineamiento tiene también consecuencias irónicamente positivas.

Así, el Holoceno es un periodo interglacial que eleva la temperatura media del planeta por encima de lo normal, facilitando con ello la vida humana, y las glaciaciones obedecen a cambios en la posición de la Tierra respecto del sol, la siguiente Edad de Hielo se habría producido en los próximos mil años. Pero el calentamiento global provocado por la actividad industrial la ha retrasado ya 40.000 años y seguirá empujándola hacia el futuro si no disminuye el uso de los combustibles fósiles: no hay mal que por bien no venga. Algún día, sin embargo, esa glaciación tendrá lugar; de donde se deduce que por más potente que sea la agencia humana palidece ante procesos telúricos que subrayan nuestra insignificancia. Claro que, como diría el Helicón de Camus, eso no nos impide almorzar. Ni preocuparnos por los próximos cien años.

Antropoceno y cambio climático son así fenómenos de gran ambivalencia. Es algo que se hace evidente en cuanto pasamos de la descripción del actual estado de las relaciones socionaturales, objetivamente mensurable, a la explicación de las mismas. Es un debate fascinante, que arranca con la búsqueda del suceso que debe marcar simbólicamente el inicio de la nueva época geológica y continúa con la pregunta acerca de si debe atribuirse a la humanidad en abstracto, o más bien a sociedades y grupos concretos, la responsabilidad de su ocurrencia. ¿Empieza el Antropoceno con la revolución neolítica, con la Revolución Industrial, o con los efectos consumados de esta última en la segunda posguerra mundial?

Si es lo primero, enfatizamos que la especie humana no puede habitar pacíficamente el medio natural, sino que se adapta agresivamente a él y lo transforma irremediablemente a través de la tecnología cuyo uso nos distingue: por eso Sloterdijk sugiere que el Antropoceno es un “Tecnoceno”. Si es lo segundo, puede deducirse que el problema no es la humanidad, sino el capitalismo: el ecomarxismo habla entonces de “Capitaloceno”. Y si es lo tercero, opción favorecida por los geólogos que escogen la marca estratigráfica de los ensayos nucleares de los años 50, priorizamos el impacto profundo de una acción humana prolongada en el tiempo.

Sucede que es una acción cuya naturaleza dificulta el trabajo de las sociedades democráticas que tienen la obligación de sentar hoy las bases para el bienestar de mañana. A fin de cuentas, ni un coche ni un hijo ni una ducha caliente son un problema: miles de millones de ellos sí lo son. Nuestras operaciones cotidianas tienen así, como sugiere Dale Jamieson, una vida episódica (privada) y una vida sistémica (pública). ¿Qué hacer? Para unos sistemas liberales basados en el reconocimiento de amplias libertades privadas, el impacto colectivo de nuestro estilo de vida constituye así un problema difícil de resolver. Sería un error, sin embargo, insistir en el discurso catastrofista o sugerir que la única salida es el decrecentismo que limitaría el desarrollo de los países más pobres. La humanidad tiene también otros problemas; la crisis ha mostrado cuán rápidamente hablamos de empleo antes que de sostenibilidad. Acaso la mejor estrategia consista en empaquetar simbólicamente esas dos dimensiones: presentando el medio ambiente como el cabo suelto de la Ilustración y vinculando la sostenibilidad al proceso de modernización. Porque solo si somos ricos seremos también sostenibles; pero de nada nos servirá ser ricos sin ser sostenibles. Va siendo hora de honrar el protagonismo que nos concede la nueva época geológica.

Manuel Arias Maldonado es profesor titular de Ciencia Política en la Universidad de Málaga.

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