Ese género llamado Revista

EL pasado mes de marzo, en el Teatro de la Latina, se estrenó «Un chico de revista», protagonizado por Rosa Valenty. No parece que sea un gran acontecimiento, pero las resurrecciones, o son milagrosas o llaman la atención, y esta resurrección contenía algo llamativo, porque desde que en 1993, hace casi un cuarto de siglo, Lina Morgan dejara de representar «Celeste no es un color», la revista se había dado por fallecida, aunque no apareciera ninguna esquela. De la misma forma que el resquicio del «music-hall» se refugió en los pases de atracciones de las salas de fiestas, hasta que éstas desaparecieron y fueron sustituidas por las discotecas, esa mezcla de «burlesque» y comedia, que es la revista, fue languideciendo, mientras el público orientaba sus gustos hacia los musicales o las comedias musicales. Precisamente, Fernando García de la Vega, cuando al principio del decenio de los ochenta, realizó y dirigió una serie de programas en TVE dedicados a la revista, denominó esa antología «La comedia musical española», creo que con acierto.

En el fondo, la revista y la zarzuela nacieron como comedias musicales, hasta tal punto que, cuando se estrena «La Gran Vía», a mediados del siglo XIX, el propio maestro Chueca no está seguro de si el espectáculo para el que ha compuesto la música es una zarzuela o una revista. Con el tiempo la zarzuela fue evolucionando hacia el costumbrismo, convirtiéndose en la opereta española, mientras la revista adquirió un aire más picante y atrevido, con la incorporación del ballet, donde el vestuario destacaba por lo que desvestía. En ese año de 1993, cuando Lina Morgan decide tirar la toalla, las chicas que aparecen en el escenario van vestidas con mucha mayor pudibundez que cualquier recatada señora en un día del mes de agosto, en cualquier playa española.

Como todos los géneros, la revista pasó por diferentes fases. Hubo un momento en que podríamos decir que la zarzuela era espectáculo para matrimonios, y la revista para solteros o maridos con permiso, debido a que los números picantes, y el diálogo facilón y, en ocasiones, de un humor bastante burdo, no parecía adecuado para señoras casadas, que tendrían que mostrar malestar o disimularlo ante unos diálogos donde el retruécano y el doble sentido sexual eran imprescindibles. A veces, la censura obligaba a los autores al juego de palabras de una malicia que hoy nos parece escolar. Y en eso zarzuela y revista, a princios del siglo XX, había ocasiones en que no se diferenciaban demasiado, porque el famoso «Vals de la regadera», nace de la zarzuela «La alegre trompetería». El principio de la letra dice así: «Tengo un jardín en mi casa / que es la mar de rebonito / pero no hay quien me lo riegue / y lo tengo muy sequito». La actriz, naturalmente, aparecía ataviada con aspecto infantil, tirabuzones y desgranando una canción donde pedía voluntarios para regar su jardín.

En 1926 viene a España, acompañada de su padre, Celia Gámez. No viene por motivos artísticos, sino a cobrar una herencia, pero como había triunfado en Buenos Aires, aprovechando la estancia se queda con nosotros en el Eslava, y en 1931 estrena «Las leandras», con dos números que perdurarían en el tiempo: «Los nardos» y «Pichi». Durante la guerra civil reside en Buenos Aires, pero como había apoyado la sublevación triunfante, vuelve al término de la contienda, y su personalidad y la censura se asocian casualmente para dar una vuelta revolucionaria al género, que se vuelve más pudoroso, menos sicalíptico, y comienza a cuidarse un libreto con argumento teatral, en lugar de escenas sueltas, que solo sirven de excusa y prólogo a los números musicales.

Durante los años cincuenta y sesenta del siglo XX, y parte de los setenta, observar el reparto de la revista es contemplar una nómina de grandes actores y actrices como Concha Velasco, Tony Leblanc, Queta Claver, Quique Camoiras, Maruja Tomás, Manolo Gómez Bur, Esperanza Roy, Juanito Navarro, Lina Morgan, Jesús Castejón, Vicky Lusson y un larguísimo etcétera con Zori, Santos y Codeso, y Luis Cuenca, que haría la lectura tan larga como fatigosa.

Viendo y escuchando a Rosa Valenty, me pareció por un momento que yo tenía siete años, y por la vieja radio de casa sonaba «Mírame» –«Si me quieres matar, mírame»– volviéndola a escuchar. Y, cuando salía a la plaza de la Cebada y miré la fachada del Teatro de La Latina, me acordé de tiempos no tan lejanos e infantiles, de unas madrugadas donde, tras acabar la función, acudía a este teatro para presenciar los primeros ensayos de una revista que escribimos al alimón Marisa Medina y yo, con música compuesta por Alfonso Santisteban. Parecía el resultado final de una apuesta, porque, tras una cena con Vicky Lusson y Domingo, su marido, nos retaron a que no éramos capaces de escribirle una revista. Y lo hicimos. Y como Vicky había trabajado mucho tiempo con Quique Camoiras, que estaba actuando en la Latina, le pidió que la dirigiera y, por eso, cuando la última función había concluido, nos congregábamos allí, de madrugada, sobre un escenario desnudo, sin los oropeles del decorado.

Recuerdo que Vicky Lusson tenía una voz poderosa, que conseguía bajar una octava sin demasiado esfuerzo, y el maestro Santisteban, al que le seducía el jazz, le hizo un par de canciones de una gran belleza, que la Lusson interpretaba como si lo suyo fuera el jazz.

Aquella experiencia me permitió observar de cerca el difícil entramado de la comedia musical, y admirar la labor de unos artistas que tenían que saber bailar, cantar e interpretar un texto. Por eso, quien ha trabajado en una revista, o como diría Fernando García de la Vega, en una comedia musical española, es capaz de dar el salto a cualquier otro género, desde la alta comedia hasta la tragedia.

Fui a la sesión de tarde, donde abunda el público de más edad, pero había bastantes personas jóvenes que, por su aspecto, puede que fuera la primera vez que asistían a una revista, y me aseguró el director, Juan Luis Iborra, con el que me encontré a la salida, que en la sesión de noche las nuevas generaciones superaban a las veteranas. Me alegré. Y me fui reconfortado de haber visto espléndida a Rosa Valenty y a un cuadro que canta baila e interpreta en la tradición de la mejor revista española, y sobre un texto donde la exposición, el nudo y el desenlace se respetan con elegancia y clasicismo. ¿Una resurrección? ¡Cualquier sabe! Pero hemos visto caer tantas lápidas sobre la ópera, la zarzuela y el circo, que ya sabemos que el trabajo de profeta y de adivino están muy desprestigiados. No hace tanto se escuchaban preces laicas por el ocaso del teatro y, hoy, en Madrid, entre salas tradicionales y alternativas, se representan más de medio centenar de obras. Y, después de casi un cuarto de siglo, que una de ellas sea una revista me parece que merece un cierto eco sobre un género que ha estado sobre los escenarios españoles y de América, durante más de siglo y medio.

Luis del Val, escritor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *