Ese otro continente

Por Kepa Aulestia (LA VANGUARDIA, 10/01/06):

Los europeos tendemos a percibir los acontecimientos políticos en América Latina como un constante movimiento pendular por el que los gobiernos van alternándose, pasando de manos de la oligarquía al populismo y viceversa, con alguna excepción propicia a la socialdemocracia. Hoy la mayoría de esos países es partícipe de lo que a primera vista parece un ciclo común, tan inédito como imprevisible en cuanto a su futuro: están gobernados por formaciones y dirigentes que han alcanzado el poder con el apoyo de los más desfavorecidos. Es lógico que la situación sea vista con ojos europeos como una orientación general de Latinoamérica hacia la izquierda. La reciente visita de Evo Morales a España ha mostrado como próximo el rostro lejano de países que se encuentran lejos de los parámetros europeos de bienestar. Pero el respeto que todo cambio merece cuando se produce dentro de los cauces democráticos tampoco puede convertirse en argumento para impedir la reflexión crítica ante tan llamativas e inciertas novedades. Probablemente la coincidencia del citado ciclo hacia la izquierda en tantos países de América Latina no sea fruto de la mera casualidad. Por una parte, no resulta aventurado interpretar el ciclo como la réplica profunda a un largo periodo de inestabilidad caracterizado por la existencia de dictaduras o por la amenaza de que pudieran instaurarse en cualquier parte del continente. A medida que la sombra militar ha ido desvaneciéndose – con la excepción de su variante populista-, se ha propiciado la liberación de unas energías que sólo podían orientarse hacia la izquierda. El ciclo coincide, además, en un clima de cambio: el otrora patio trasero de Estados Unidos, ámbito en el que desarrollaba su intervencionismo inmediato, ha perdido relevancia estratégica en el nuevo orden mundial. En cualquier caso, valdría la pena preguntarse si de verdad se trata de un ciclo hacia la izquierda o si el abanico de circunstancias nacionales resulta tan amplio y diverso que es más conveniente no extraer demasiadas conclusiones unívocas. Por una parte, sería conveniente relativizar el significado de ciclo o la hipótesis de que se trate de un ciclo común. Por la otra, la utilización de la categoría izquierda puede resultar hasta injusta a la hora de encasillar bajo un mismo epígrafe, por ejemplo, al socialismo chileno y al bolivarianismo de Chávez. Pero las dificultades que las izquierdas europeas encuentran a la hora de aproximarse a tan basta realidad no se refieren únicamente a la existencia en los países de América Latina -con la excepción chilena- de un sistema de partidos imposible de homologar al paradigma de las democracias parlamentarias en Europa. Junto a esta dificultad -comprensible por otra parte- las izquierdas europeas reflejan otras dos a la hora de valorar las distintas experiencias latinoamericanas. Dos taras le conducen a una cierta autocensura: una interpretación siempre indulgente de su carácter genuino y la descripción de las desigualdades y de la injusticia extremas como causa última de lo que pueda resultar menos explicable. Es cierto que, para el prisma europeo, casi todos los elementos que aporta el sistema de partidos en América Latina llaman la atención por su originalidad. Sin embargo, lo genuino no debería ser, sólo por serlo, digno de encomio. Dentro de esa originalidad, nada más peculiar que la dictadura de Castro, tratando de convertir toda disidencia interna en enemigo exterior y toda dificultad exterior en argumento para la coerción interna. Pero si el debate sobre qué propicia un cambio de régimen en Cuba y qué su perpetuación ya se parece demasiado a un dilema irresoluble, las izquierdas europeas tampoco están sabiendo tratar con suficiente espíritu crítico la genuina aportación de Hugo Chávez al panorama latinoamericano. La República Bolivariana de Venezuela constituye una realidad que merecería más atención. El hecho de que sustituyese mediante las urnas a un sistema corrompido gracias al coto cerrado en que se había convertido el bipartidismo en Venezuela no puede justificar ni la autocensura de las izquierdas ni el hecho de que se contenten con meras tomas de distancia respecto a la singular personalidad del presidente venezolano. Además, la preocupación de las izquierdas debería ser máxima ante el hecho de que el bolivarianismo se pueda convertir, gracias a las rentas del petróleo venezolano, en una corriente transnacional de poder que, de paso, ayude al sostenimiento del régimen castrista y moldee en un sentido plebiscitario las democracias parlamentarias más susceptibles de arrimarse a tal sombra. Y está la pobreza, la extrema pobreza, como última razón o como razón moral que lleva a las izquierdas a mantener una mirada generosa sobre todo cuanto en América Latina diga alzarse en nombre de los desposeídos. Los suburbios y el campo en Brasil, en Venezuela, en Perú, en Bolivia o en la propia Argentina representan un clamor constante de justicia social. Pero lo que no está claro es que el ciclo hacia la izquierda esté orientando sus pasos en sentido favorable a la superación de una brecha de pobreza y exclusión étnica que a los europeos nos es casi inimaginable. Un abismo que si allí invita a la demagogia en periodo electoral, aquí no debería conducir al silencio y la comprensión sin más. A no ser que las izquierdas europeas consideren que los países de América Latina están condenados a la alternancia entre la oligarquía y el populismo.