¡Ese partido tan español!

Los luctuosos acontecimientos que protagoniza el PSOE han hecho recordar otras trifulcas internas que le han hecho ganar la fama de «partido de doble alma», la extremista y la pragmática, que le hace tan español. Algunos recuerdan el conflicto entre Largo Caballero y Prieto, en 1935, donde pudo estar el germen de la Guerra Civil, al abrazar el primero un Frente Popular que pronto andaría a tiros con el Frente Nacional.

Pero no hay que ir tan lejos para encontrar precedentes al momento actual. En diciembre de 1976, con todos los partidos españoles buscando su identidad en la España democrática, el PSOE celebra su XXVII Congreso, que giraría en torno a su perfil ideológico. Concretamente, si se definía como marxista. Los «puros» insistían. A Felipe González le hubiera gustado que sólo se diese por sobreentendido y enarboló la bandera de la libertad, consiguiendo que se declare «el socialismo es libertad», lo que suponía que lo que no es libertad no es socialista. Pero no pudo evitar que, en su declaración programática, el PSOE se declarase un partido «de clase (obrera), marxista y demócrata».

El siguiente Congreso se celebró en mayo de 1979. Habían pasado muchas cosas en España en el entretanto: se había redactado una Constitución, firmado unos Pactos de la Moncloa y celebrado elecciones, en las que el PSOE emergía como principal partido de la oposición, aunque apreciándose cierto estancamiento. Ante lo que Felipe González decide jugar fuerte. No podían quedarse en mero partido de los trabajadores, era necesario abrirlo y para eso lo primero era quitarle el dogmatismo marxista. Lo intenta con un discurso en el que se superó a sí mismo en capacidad de convicción, flexibilidad ideológica y pericia dialéctica. Arranca con un homenaje a Marx «como desagravio a tanto ataque despiadado e ignorante que ha recibido y recibe de todos los reaccionarios de la Tierra y también para rescatarlo de la ignorancia y manipulación de aquellos que han elevado el marxismo a los altares del doctrinarismo dogmático». Tras esta preparación artillera, lanza el ataque: «Marx nos legó un método de análisis social que permite revolucionar esa misma realidad injusta». O sea, un método, un instrumento, no un ideario y, menos, verdades inmutables. Ya en esa línea, lanza el ataque final con varapalos a derecha e izquierda: «Contra Marx como todo absoluto y con Marx también como todo absoluto se ha practicado el despotismo y la tiranía, el fascismo y el totalitarismo. Carlos Marx merece ser estudiado y asimilado críticamente para que seamos capaces de rendirle, sin sacralización, un homenaje de reconocimiento». Y termina: «Jamás podrá el Partido Socialista renunciar a la idea de Marx o abandonar sus valiosas aportaciones metodológicas. Tampoco puede el marxismo asumir a Marx como línea divisoria entre lo verdadero y lo falso, entre lo justo y lo injusto».

Inútilmente. En su declaración programática final, el PSOE se define como «un partido de clase, de masa, marxista, democrático y federal». El completo.

Al día siguiente, el de la clausura, Felipe González anuncia su dimisión «por razones éticas, morales y políticas». Asombro, gritos, lágrimas. No hay más remedio que nombrar una comisión gestora que convoque un congreso extraordinario para elegir nuevo secretario y fijar la ruta del partido.

El congreso se celebra en septiembre del mismo año y en vez de ser la gran batalla que muchos temían es una balsa de aceite. La batalla la había ganado Felipe González con su dimisión. Su partido estaba dispuesto a hacer con él lo que quisiera con tal de recobrarle. Su candidatura se llevó el 85,9 por ciento de los votos frente al 6,9 por ciento de la de Gómez Llorente. Él buscó su abrazo para proclamar que no había habido vencedores ni vencidos, aunque el vencedor indiscutible era él. La «cuestión candente» ni siquiera se abordó, dejando caer de la definición del partido el adjetivo «marxista». Allí empezaron los 14 años de mandato socialista, el más largo de la democracia española.

¿Hay similitudes con lo ocurrido la semana pasada en el PSOE? Sin duda. Pero hay aún más diferencias. Aunque tanto González como Sánchez han dimitido, lo hacen en circunstancias muy distintas. González dejó tras sí un partido ansioso de volver a unirse. Sánchez, partido por la mitad. Aunque la mayor diferencia es que mientras el primero quería «desmarxificar» el PSOE, el segundo ha querido «remarxificarlo». ¡En el siglo XXI! Lo que puede explicar su fracaso y las dificultades que ha tenido dentro y fuera de su partido, que disturban como un centro de bajas presiones la atmósfera política española.

¿Puede Pedro Sánchez repetir la trayectoria de Felipe González, recuperando la secretaría general del PSOE gracias al apoyo de la militancia? Es la pregunta que más se hacen hoy tanto socialistas como no socialistas. Sin olvidar aquello tan gracioso del propio Marx, «los acontecimientos históricos se repiten, primero como tragedia, luego como comedia» –lo que unas veces se cumple y otras no–, todo apunta que el exsecretario general del PSOE tiene muchas menos posibilidades de recuperar el cargo que su antecesor en el mismo. González iba a favor de la corriente de la historia a finales del siglo XX, con la socialdemocracia en auge y el comunismo a la baja en Europa, dado el declinar de su principal referencia, la Unión Soviética, que poco después explotaría como una granada, mientras China puede servir de modelo sólo a países en desarrollo, y ni siquiera a todos. Es verdad, se me dirá, que la gran crisis económica de 2008 ha hecho tambalearse el mundo capitalista occidental y surgir en él un neoleninismo con fuerte acento populista, que en Grecia personifica Syriza y en España, Podemos. Pero no menos es cierto que Grecia es todo menos un éxito y que el ejemplo que están dando en España los antisistema en las ciudades que rigen no invita a imitarles, aparte de aparecer grietas entre ellos que no les auguran nada bueno.

Sin embargo, Pedro Sánchez se empeñó en acercase a ellos, incluso con actitudes lacayunas, olvidando que Podemos busca abrazarles y convertirse en la referencia de la izquierda española. Que, al mismo tiempo, diseñase una estrategia de acoso y derribo del PP, alejándose del centro, tampoco le ha favorecido, pues el centro sigue siendo, pese a todos los pesares, el espacio donde se ganan las elecciones en los países desarrollados. Como resultado deja a su partido en la alternativa de facilitar la investidura de Rajoy o ir del brazo de Iglesias, que es tanto elegir entre la sartén y el fuego. En cualquier caso, a Pedro Sánchez va a costarle mucho más que a Felipe González recuperar el liderato del PSOE. Aunque lo intentará, si se lo permiten.

Pero lo que quería mostrarles es la similitud entre el PSOE y España, un país con la mayoría de sus ciudadanos convencidos de ser de izquierdas, cuando son más conservadores que otra cosa: resistentes al cambio, propensos al sectarismo. Lo que nos lleva a cierta esquizofrenia política y a movernos a bandazos. No es la mejor forma de avanzar, como estamos viendo.

José María Carrascal, periodista.

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