Ese “triste privilegio argentino”

En la entrega de los legajos más tristes de Argentina, el informe sobre la mortífera acción de la dictadura, Ernesto Sabato le dice a Raúl Alfonsín que ese periodo sobre el que arrojó su mirada ya incierta y espantada había dado de sí ese término, “desaparecidos”, que ahora circulaba por todo el mundo como un “triste privilegio argentino”.

Ese momento, en el que él describe con esa contradicción, “triste privilegio”, marcaría para siempre la frente de Sabato, la de su pasado como escritor de ficciones y la de su futuro como hombre público. Pues ya dejaría de ser, precisamente a causa de esa imagen, el autor de Sobre héroes y tumbas para ser, casi siempre, el autor de ese prólogo espantado que luego los que rehacen la historia terminarían rehaciendo a su modo.

Ernesto Sabato quiso esa imagen, y esa imagen ya iba a ser su imagen para siempre, en vida, en la débil trayectoria de sus últimos años, postrado en Santos Lugares, a la espera del final del túnel del que hizo metáfora y sugerencia. Pero él lo quiso, era su compromiso con la historia y con su país atravesado por el triste privilegio de la desdicha, ese perro que nos persigue. Su trabajo en la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas, Conadep, no fue una labor tortuosa sino en lo que significaba; lo hizo como un patriota, dejó ahí su energía, a favor de su país, para reconstruir una historia triste (esa es la palabra) de la que había nacido el triste privilegio de ser el lugar común en el que se pone nombre a una figura que ya ronda la cabeza de la historia universal de la infamia: los desaparecidos.

Esa imagen, pues, no interrumpió a Sabato, lo rehízo como hombre, le dio un lugar distinto en el mundo, lo desplazó hacia sí mismo porque le hundió en el alma una convicción de la que ya había de estar constituida su mente. Pasara lo que pasara ya iba a haber dos Sabato, el que firmó aquel prólogo y el que firmó sus libros, los que tenía hasta entonces, que son los más importantes que hizo nunca.

Como escritor existencialista y pesimista que fue nunca hubiera sido capaz de imaginar alimentos tan horribles de la realidad o de la imaginación como los que vio en esos legajos que Videla y los suyos dejaron para que fueran triste privilegio de los argentinos (y no solo de los argentinos). Así que su obra, en su mente y en el conocimiento universal de su figura, pasaría a segundo plano, porque la realidad que él describió superaba cualquier otro adjetivo de la imaginación.

Ese fue un drama para Sabato que él aceptó con gallardía, a pesar de que en algún momento le empezó a pesar demasiado. Horacio Salas ha escrito en Clarín que muchas veces Sabato dijo, en un viaje a Europa posterior a la presentación de aquel informe a la patria en la persona de Alfonsín, que hubiera preferido ser conocido por su obra. Pero así son las cosas, la historia las va empujando, y las obras son una pavesa de la que la gente se olvida. ¿Cuántos no olvidan La náusea de su admirado Sartre o El extranjero de su admirado Camus para acordarse solo de las posiciones civiles que mantuvieron ambos titanes de la imaginación existencialista?

Un día, después de ese viaje europeo y por tanto de esa presentación histórica del estudio sobre la ignominia que no quedó impune, Sabato vino a Madrid, en ese momento proveniente de Alicante, donde recibió uno de esos múltiples homenajes que se acentuaron precisamente después de esa comparecencia ante Alfonsín. Le fui a recoger al aeropuerto y le llevé hasta la sede de la Embajada argentina, en la que entonces era viejo y destartalado hasta el inmenso alfom-brón sobre el que descansaban nuestros pies. Estábamos sentados en aquella atmósfera otoñal, como la de la Argentina que habían dejado los militares, cuando Sabato se levantó súbitamente y me pidió que le acompañara hasta el jardincillo contiguo, “pues tengo que consultarle algo muy privado”.

Imaginé que entonces Sabato creería que aún habría micrófonos delatores dejados allí por antiguos moradores militaristas; pero no. En realidad quería preguntarme, y así lo hizo, “¿por qué me odia Rafael Conte?”.

Rafael Conte era el crítico literario de EL PAÍS, que esa mañana había escrito, me informaba el propio Sabato, “un artículo sobre escritores argentinos, y no me cita”. ¿Por qué me odia Rafael Conte?, me preguntó.

Como yo mismo había leído el artículo le pude responder en seguida: “Porque trata de escritores muertos, don Ernesto”.

Sabato se tranquilizó de inmediato. Pero la anécdota se me quedó. Y ahora ha resurgido en mi memoria como un dato periférico que tiene que ver con esa ansiedad con la que Sabato fue viendo que su obra se iba en el viaje literario del olvido para dar paso a otro personaje, que era el hombre que le había puesto nombres y adjetivos (“el triste privilegio argentino”) al periodo más ominoso de la historia de su país. Él quería ser el Sabato de sus obras (no solo, quizá, pero sí sobre todo). Ahora que ha muerto y quedan sus obras, aunque quede sin duda la crónica de su espanto, vendría bien recordar que el viejo Sabato que reclamaba atención para sus libros tenía razones de peso para lamentar que se le leyera como si fuera tan solo un hombre con una dolorida, justa, inolvidable pancarta: nunca más aquel triste privilegio argentino.

Por Juan Cruz.

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