Esencias y banderas

Por Jorge Urdánoz Ganuza (EL CORREO DIGITAL, 13/10/07):

La recurrente polémica sobre las banderas tiene la virtud de iluminar las principales claves del conflicto vasco con inusitada claridad. Revela, en primer lugar, una extraña asimetría: mientras de un lado unos desean que sea sólo una enseña (la ikurriña) la que ondee en exclusiva, del otro lado del espejo nada nos devuelve la respectiva imagen contraria: nadie quiere que ondee sólo otra bandera (la española), sino sencillamente que ondeen las dos. A cierto exclusivismo nacionalista (vasco) no se le opone otro primitivismo identitario (español), sino una suerte de defensa de la complementariedad de identidades que, con mayor o menor fortuna, recogen la Constitución y el Estatuto.

Otra de las claves nos la ofrece la paradoja de que ciertas leyes en el País Vasco no sólo no se cumplen, sino que sorprendentemente el mero hecho de solicitar su cumplimiento se asume como una ‘provocación’ (según expresión de Begoña Errazti). Pero la ley, que establece que la bandera española ha de ondear junto a la ikurriña en los edificios oficiales, no surge de ninguna imposición ajena, sino de la voluntad soberana del pueblo vasco: el Estatuto de 1979 fue aprobado por un aplastante 90,29%.

En el diván el diagnóstico sería de esquizofrenia: la ley que el propio pueblo se ha dado se rechaza esgrimiendo precisamente la ‘voluntad del pueblo’ (es de suponer que la ‘verdadera’ o ‘auténtica’ o algún espantajo similar). Bajo tal contradicción late una identificación inconsciente, la que para algunos existe de por sí entre ‘pueblo vasco’, ‘ikurriña’ y ‘nacionalismo vasco’. La misma remite a un rasgo del credo vasquista (y de otros) cuya relación con los principios democráticos se ha tornado siempre problemática. A falta de un nombre consensuado, podemos denominar ‘esencialismo’ a tal rasgo.

Un esencialista piensa que las cosas son de una determinada manera ‘verdadera’ o ‘auténtica’, y que lo son ‘por naturaleza’, ‘esencialmente’. Desde que Sabino Arana planteara la cuestión en términos de amigo y enemigo (y la verdad: menudo fundador), para los nacionalistas lo vasco es ‘no español’, o, por decirlo escolásticamente, para ellos la esencia vasca y la esencia española se oponen (y en esto el nacionalismo franquista coincidía, lo que debería dar que pensar). La consecuencia inmediata es que la discrepancia con el vasquismo no se asume desde un plano simétrico de igualdad, sino desde uno de neta inferioridad: un esencialista sólo puede entender el desacuerdo bajo las figuras del error, del desvarío o de la traición.

(Nota: en esta última posibilidad entraría esa ‘provocación’ que Errazti vislumbra en algún sitio, que vendría a ser algo así como una traición pequeñita, puntual y sólo para fastidiar un poco. Pero al menos a mí se me hace difícil enfocar la discrepancia como ‘provocación’, seguramente porque juzgo que los que piensan diferente a mí no lo hacen pensando en mí y en el efecto que sobre mí van a tener sus opiniones, sino por otro orden de razones más elevadas y menos infantiles: asumir que las opiniones ajenas son al menos tan dignas como las propias es el primer paso para empezar a respetarlas. La diferencia no es provocación: es diferencia. Fin de la nota)

Tercera clave: la consecuencia de todo esencialismo es que la libertad se resiente. Mientras ETA exista, la mera libertad básica de muchos de andar por la calle sin miedo a que los asesinen, desde luego. Pero aunque mañana ETA desapareciera, todavía tendría que darse en el País Vasco una transición pendiente, la simbólica. La libertad simbólica es una parte obvia de la libertad de expresión y, en consecuencia, de las libertades básicas. ¿Tiene reconocida tal libertad de expresión un bilbaíno que desee acudir a San Mamés con una bandera española? La ley puede decir lo que sea, pero la realidad impone una negativa incontestable.

Lo peor son los planteamientos que parecen nutrir la respuesta del Gobierno vasco. En primer lugar, lo enfocan como una obligación ‘de Madrid’, lo que indica que no acaban de asumir la propia pluralidad de la ciudadanía vasca. Ese sesgo perceptivo les permite a los nacionalistas mantener sus esquemas mentales: niegan la realidad para armarse de razón (un mecanismo psicológico de defensa viejo y pernicioso, pero eficaz mientras no se desvele). Además, el mencionado esencialismo les hace incapaces de asumir que las distintas banderas pueden y deben convivir en los balcones al igual que los ciudadanos en las ciudades, pues nada hace a las diferentes identidades incompatibles ni opuestas de por sí. Si la propia pluralidad de la sociedad vasca se asumiera de verdad la simbología sería también necesariamente plural.