Eslabones perdidos

Por Juan Luis Arsuaga, catedrático de Paleontología de la UCM (ABC, 13/06/09):

Aunque durante su viaje en el Beagle alrededor del mundo le rondaban vagas dudas sobre la inmutabilidad de las especies, Charles Darwin no se puso a pensar en serio en el tema hasta pasados unos meses de su vuelta. Pronto cayó en la cuenta de que la naturaleza podía haber hecho, a una escala mucho mayor, lo mismo que el hombre ha estado llevando a cabo desde hace miles de años en la agricultura y la ganadería: producir numerosas variedades cada vez más diferentes entre sí, escindir las especies en un abanico ampliamente desplegado de razas de animales y formas cultivadas de plantas.

Claro que todas las razas domésticas de una misma especie animal se pueden cruzar entre sí y desaparecer por mezcla, pero Darwin creía que estaban en la misma situación que las razas geográficas de las especies salvajes, las que viven en regiones diferentes: son tan solo un paso hacia la formación de nuevas especies (aisladas genéticamente).

Pero, para empezar, las diferentes razas de perros, o de vacas, o de palomas ¿proceden de la misma especie salvaje o de diferentes troncos? Darwin pensaba que los perros venían de más de un cánido silvestre (se equivocaba; todos vienen del lobo), pero aún así le parecía que el hombre es el responsable de la mayoría de los cambios.
En segundo lugar, ¿quién realiza en la naturaleza el papel del ganadero y del agricultor? ¿Quién selecciona las semillas y a los procreadores? El criador obra de acuerdo con un propósito, y así produce caballos cada vez más veloces, o más fuertes, o vacas más lecheras, ¿pero qué finalidad puede albergar la naturaleza, que no es nadie ni tiene conciencia?

El trabajo que en la «selección artificial» lleva a cabo el hombre lo tiene que hacer una fuerza bruta o ley ciega en la «selección natural». Después de leer a Malthus, Darwin encontró ese agente en el exceso de población y la competencia por los recursos que necesariamente trae consigo, y le dio un nombre: «lucha por la vida».
Ya tenía Darwin una causa que explicase la “descendencia con modificación”, como él llamaba a la evolución de las especies. Sólo necesitaba una inmensidad de tiempo por delante para producir grandes transformaciones a muy largo plazo. A fin de cuentas eso es lo que pasa, en el terreno de la geología, cuando se levantan, lentamente, grandes montañas o se excavan profundos valles. Esa idea fundamental de la selección natural se le ocurrió a Darwin a finales de septiembre y principios de octubre de 1838.

La gran imagen en la que se resume todo el legado de Darwin es la del árbol de la vida. Las especies vivientes, las de la Biosfera actual, sólo son las hojas de un árbol muy copudo y dividido. Las hojas se conectan entre sí por medio de ramillas que se van reuniendo en ramas cada vez más gruesas hasta llegar a la cepa del árbol, el origen de todo. Cuanto más alejadas están dos formas de vida, antes se separaron sus caminos. Nadie hasta Darwin había visto la historia de la vida como un gran árbol genealógico.

Enunciada la teoría, sólo faltaba probarla. Cuando Darwin publicó al fin «El origen de las especies», hace ahora siglo y medio, tenía muchos argumentos, pero eran todos indirectos. La anatomía y fisiología comparadas, la distribución de los seres vivientes en el planeta (o biogeografía), el desarrollo embrionario, la conducta animal, la ecología… todo en biología se unificaba y cobraba sentido a la luz de la evolución, pero seguían faltando las pruebas.

Las evidencias requeridas para aceptar el árbol de la vida eran las formas de transición entre los grandes grupos de organismos. Sin ellas era imposible demostrar el cambio y la evolución. Había que explorar el mundo hasta encontrar las condenadas formas intermedias y, si no aparecían, buscar entre los fósiles. Los tan deseados eslabones perdidos. Pero hace un siglo y medio los eslabones perdidos lo eran de verdad y Darwin no podía esgrimir ninguna especie extinguida que permitiera conectar siquiera algunas de las grandes categorías sistemáticas. Estas parecían haber surgido de la nada con sus planes corporales, es decir, sus diseños biológicos, ya totalmente desarrollados. Creados.

Sin embargo, los eslabones perdidos empezaron a aparecer al poco de publicado «El origen de las especies». Un ave muy primitiva, llamada Archaeopteryx llegó a Londres desde Alemania. Había vivido en pleno tiempo de los dinosaurios y tenía a la vez plumas como los pájaros y una larga cola y dientes como los reptiles. Cuando vieron el fósil, evolucionistas como Thomas H. Huxley, el gran defensor de Darwin, pensaron: Ya está. Lo tenemos. Hemos ganado. A los 25 años de la publicación del famoso libro, Huxley pudo decir que se habían desenterrado hasta tal punto las raíces de los grupos actuales de organismos, que si Darwin no hubiera alzado la voz, los paleontólogos lo habrían hecho.

«En el porvenir veo ancho campo para investigaciones mucho más interesantes. La psicología se basará sobre los nuevos cimientos de la necesaria adquisición gradual de cada una de las facultades y aptitudes mentales. Se arrojará luz sobre el origen del hombre y sobre su historia». Esta es la única referencia al ser humano en «El origen de las especies». Darwin carecía de fósiles para probar nuestro origen a partir de especies desaparecidas de simios. Aquí era donde más se necesitaban los eslabones perdidos.

Ya se habían descubierto los neandertales, pero estaban demasiado cerca del humano viviente. Hacía falta un auténtico «hombre-mono», un puente entre nosotros y nuestros hermanos los chimpancés y gorilas.

Darwin sugirió que habría vivido en África, y allí fue donde lo descubrió un joven profesor de anatomía de la Universidad de Johannesburgo. A finales del año 1924 Raymond Dart tenía encima de su mesa de laboratorio el cráneo de una cría de unos tres años, muerta en la edad del destete. Procedía de la cantera de Taung. Algún depredador acabó con ella, quizás un águila. Se parecía mucho a un chimpancé o un gorila de esa edad. El prestigioso anatomista escocés Arthur Keith, maestro de Dart, pensaba que era un gran simio, de lo primitivo que le resultaba. Pero Dart se fijó en una serie de detalles que hablaban alto y claro. Es un antepasado nuestro, dijo. Es el eslabón perdido. Se llamará Australopithecus africanus.