España

Geográficamente, España, sol y nieve, pinos y palmeras, largos ríos, altas cordilleras, amplias mesetas, costas a los cuatro puntos cardinales, valles umbríos, huertas ubérrimas, desiertos incluso donde se rodaron westerns, es un continente en miniatura. Históricamente es el confín de lo que dio en llamarse Occidente, que tuvo el Mediterráneo como cuna y ha marcado el paso de la civilización desde su infancia. Un Finis-terrae, un fin de la tierra, pues más allá sólo hubo durante milenios el «Océano tenebroso». Hasta que navegantes españoles se atrevieron a surcarlo para ensanchar el mundo. Entretanto, con Europa (una península de Asia) a su espalda, África al sur y América enfrente, la convirtieron en lugar de encuentro, meeting-point, y en melting-pot, o crisol de pueblos, culturas y religiones. Iberos y celtas, tras las luchas de rigor, produjeron los primeros españoles, los celtíberos que, tras resistirse fieramente a los romanos, les dieron poetas, filósofos, retóricos, geógrafos e incluso emperadores. Las invasiones bárbaras nos proporcionaron un barniz germano, aparte del primer reino hispano, el visigodo, y la invasión musulmana, el árabe que nos faltaba. Expulsarles nos llevó una entera Edad Media de lucha, no sólo con los invasores, sino también entre los cristianos, apartándonos un tanto de la historia europea durante ese periodo. En él se forjó el carácter, idiosincrasia e identidad española, sobre los que tanta tinta y sangre se ha derramado.

EspañaY al llegar la Edad Moderna, que en buena parte abrimos, llega el milagro: la unión de los dos principales reinos hispanos, el castellano y el aragonés, convierten a España en la primera potencia europea y, gracias al descubrimiento de América, mundial. El biznieto de aquella pareja, un Austria, Felipe II, la hará el primer Estado moderno, con posesiones en todas las esquinas del planeta, títulos que incluyen el de Rey de Jerusalén, una burocracia, una diplomacia, un ejército y una política mundial, junto al primero de los grandes imperios europeos, prolongado por sus sucesores durante dos siglos, acosado por todos hasta extinguirse la dinastía, que daba ya claros síntomas de fatiga. Los Borbones traen no sólo sangre nueva al trono, sino también nuevas ideas de gobierno. El centralismo francés sustituye al pluralismo austriaco y se toman medidas para cohesionar internamente el reino. La primera, la abolición de las fronteras interiores e igualación de impuestos, con los Decretos de Nueva Planta, que si por una parte fomentan el comercio interior –España venía comprando prácticamente todo fuera gracias al oro de América–, por la otra trae protestas al igualarse los impuestos según los más altos, los castellanos, y desaparecer las instituciones medievales. Surgen las primeros brotes de rebeldía, las primeras joyas del imperio que se pierden y las primeras derrotas del brazo del aliado francés, a manos de la que a todas luces quiere ser la sucesora del Imperio Español: Inglaterra. Pero aún así, aguanta durante todo el siglo XVIII e incluso experimenta un cierto relanzamiento durante el reinado de Carlos III, gracias a ministros más a tono con los tiempos y a los problemas que Inglaterra empieza a tener en sus dominios americanos.

El desplome viene con el derrumbe del aliado galo. La Revolución Francesa pilla a España en cueros ante terremotos políticos de este calibre y lo que sigue, la era napoleónica, tan corta como abrasadora, nos alcanza de lleno, al ser uno de los objetivos bonapartistas. En un abrir de ojos pasamos, de aliados de Francia a enemigos a muerte de ella, y la Guerra de Independencia, tan larga como cruenta, deja España arrasada y a los españoles divididos como no habían estado nunca y seguirían estándolo durante los siglos XIX, XX y, por lo que parece, XXI. Es verdad que surgió un fervor patriótico contra el invasor que nos permitió aguantar la embestida del entonces mejor ejército del mundo. Es verdad que en medio de aquella lucha creamos la primera constitución moderna española. Pero no menos es cierto que esa constitución fue aprovechada para que se independizaran la mayoría de las posesiones americanas y, mucho más grave, que de ella surgieran las dos Españas que van a combatirse no sólo política, sino también bélicamente, hasta ayer, como quien dice. ¡Qué hasta ayer! Hasta hoy. Conservadores y liberales españoles se han considerado desde entonces enemigos más que compatriotas, a través de todo tipo de regímenes: monarquías, repúblicas, dictaduras, dictablandas.

Los historiadores atribuyen la decadencia del Imperio Romano más a causas internas que externas. Algo parecido ocurre con el Imperio Español, aunque al precisar esas causas discrepamos, hasta el punto de ser uno de los principales motivos de disputa. Personalmente, lo atribuyo a dos factores: a que el Imperio Español surgió al mismo tiempo que la nación española (1492), aplastándola, al ser los imperios los mayores enemigos de la naciones, y a que nunca hemos tenido una auténtica revolución –sólo revueltas–, siendo la revolución la cuna de las naciones modernas, al convertir al súbdito en ciudadano y aunar las voluntades de todos ellos. Como estoy seguro de que hay discrepantes, dejo el tema para abordarlo a fondo en otra Tercera.

El segundo milagro es que, pese a haber combatido contra sí misma durante dos siglos, España no sólo ha sobrevivido, sino que ha logrado convertirse en un país equiparable a los de su entorno, lo que reafirma la frase admirativa de Bismarck «España debe ser la nación más fuerte del mundo, porque los españoles llevan siglos intentando destruirla y no lo han conseguido». Algo debe de haber en ella para que aguante esta embestida continua desde dentro, este afán destructivo por parte de quienes deberían estar más interesados en buscar su fortalecimiento, ese masoquismo que llega a falsificar la historia, a negar la realidad y a chocar con la razón, como estamos viendo en el separatismo catalán de nuestros días.

Se me podrá argüir, y algunos interlocutores lo han hecho, que si hemos alcanzado un nivel europeo no es porque nosotros hayamos subido sino porque Europa ha dado un bajonazo en la escena mundial. Pero aún así, sigue siendo un ejemplo de desarrollo económico, cultural y social, es mi respuesta. Lo que nadie me discute.

Tiene que haber algo más para que España resista tales envites. Y sólo puede ser que la argamasa que la sostiene es más fuerte que los españoles, que el armazón de relaciones, estímulos, complicidades e intereses que hemos ido montando en los cinco siglos que llevamos juntos resiste el empellón de los zafios, ignorantes y apocados que no se atreven a participar en la gran aventura de un país que lo ha sido todo, ni de ver las oportunidades que aún ofrece nuestro pequeño continente. Dicho de otra manera: que nos parecemos más y nos diferenciamos menos de lo que creemos. Claro que eso necesita, no otra Tercera, sino un libro para indagarlo, al requerir adentrarse en el laberinto de nuestros vicios y virtudes. Con todos los riesgos que ello trae consigo, se la prometo.

José María Carrascal, periodista.

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