España abre sus puertas a los sefardíes

Ríos de tinta, opiniones y conjeturas de todo tipo hemos observado desde aquel 22 de noviembre de 2012 cuando los ministros de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, y de Exteriores, José Manuel García-Margallo, presentaron en el Centro Sefarad-Israel la iniciativa de desarrollar una ley que otorgase la nacionalidad española a los descendientes de los sefardíes. Tres años después es una realidad gracias al empeño del Gobierno y al buen hacer de los legisladores españoles. Tres años después, se cierra un capítulo de la historia de España y se abre otro de concordia y reconciliación con el mundo judío.

España –Sefarad– y las comunidades que se resisten a olvidarla forman la patria rala y prodigiosa que llamamos Sefarad. Se trata de una geografía sentimental pero desde luego cierta, esculpida en el exilio de los judíos que hubieron de dejar la tierra en la que moraron desde tiempo inmemorial. La añoranza de España alimentó, en el devenir de los siglos, su identidad y su melancolía; tal y como refiere el preámbulo de la ley, «los hijos de Sefarad mantuvieron un caudal de nostalgia inmune al devenir de las lenguas y de las generaciones… Mantuvieron los usos, respetaron los nombres que tantas veces invocaban la horma de su origen, y aceptaron sin rencor el silencio de la España mecida en el olvido».

En efecto, España quedó aletargadamente ajena al sentimiento de añoranza que empapaba los hábitos y el folclore de las comunidades sefardíes esparcidas por el mundo. La casualidad y después la perplejidad fueron los hitos del tímido reencuentro con los hijos de los hijos de los expulsados: las columnas de O’Donnell se admiraron del trato fraternal de los hebreos de Tetuán, y pocos lustros después en un confín del Danubio el senador Pulido descubría el acento remoto de los judeo-españoles del oriente de Europa.

Fue alumbrándose así un tímido regreso jalonado por empeños como la Alianza Hispano-Hebrea en Madrid y la Casa Universal de los Sefaradíes que vieron la luz a comienzos del siglo XX. El real decreto de 1924 sustentaba, al fin, el proceso de naturalización que permitía a los sefardíes la obtención de la nacionalidad española, derecho que fue esgrimido por los íntegros y audaces diplomáticos españoles –algunos de ellos declarados «Justos entre las Naciones» por Yad Vashem– que sustrajeron de su destino funesto a millares de judíos amenazados por el III Reich.

El reencuentro entre España y el mundo judío se consuma con la Constitución de 1978 y después con el reconocimiento de la comunidad judía representada por la Federación de Comunidades Judías de España en el acuerdo firmado con el Estado en 1992. Ese mismo año tuvimos el honor de recibir en la sinagoga Beth Yaacov de Madrid a S.M. el Rey Don Juan Carlos en una histórica vista en la que proclamó que «Sefarad no es ya una nostalgia sino un hogar en el que no debe decirse que los judíos se sienten como en su propia casa porque los hispano judíos están en su propia casa».

Pero, ¿qué sucedía con los sefardíes que aún no habían vuelto a casa? Es cierto que sucesivos gobiernos ampararon a nuestros hermanos en situaciones de necesidad pero no existía una norma regulada.

Ha sido con el actual Gobierno y, especialmente gracias al empeño de los ministros Alberto Ruiz-Gallardón y su sucesor, Rafael Catalá, con quien asistimos al alumbramiento de una ley que supone el reencuentro, el diálogo y la concordia con los descendientes de los judíos expulsados hace más de quinientos años. En mi condición de sefardí, español y representante oficial de los judíos españoles, agradezco al Gobierno, a los legisladores, diputados y senadores, y a S.M. el Rey Don Felipe VI, que sancionará una ley anhelada y esperada por la diáspora sefardí.

Nos consta la expectación de nuestros hermanos sefardíes de Israel, Europa e Iberoamérica que desean cerrar el círculo familiar abierto hace más de cinco siglos. Que desean que se vea reconocido su sentimiento español y su pertenencia a la tierra de sus ancestros.

La Historia tiene, evidentemente, capítulos oscuros; éstos nunca deben ocultarse o incluso edulcorarse. Pero la Historia también se enriquece con capítulos como el que hoy abrimos: el que inicia una nueva etapa en la historia de la relación entre España y el Mundo Judío. Un nuevo periodo de reencuentro, de diálogo y de concordia que reintegra plenamente a una de las ramas de la nación española que, en su día, fue injustamente arrancada.

Valga la nueva ley para establecer un nuevo espacio de convivencia entre judaísmo e hispanidad. Para que la vida judía en España se viva con normalidad y para que Sefarad vuelva a suponer la cálida y acogedora tierra de nuestros abuelos y que, como ellos, contribuyamos a construir juntos una España de progreso y ejemplo de convivencia.

Isaac Querub, presidente de la Federación de Comunidades Judías de España.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *