España ante su gran silencio

EN 1984, el realizador Philip Groening solicitó permiso para rodar un documental dentro de la casa-madre de los Cartujos, la Gran Cartuja, en los Alpes. Dieciséis años más tarde llegó la autorización y pudo filmar, solo y apenas con luz natural, un extraordinario documental titulado El Gran Silencio. En un momento de ese documental, una de las pocas veces que se puede escuchar alguna voz y a lo lejos, tiene lugar una conversación muy sugerente: «En Sélignac –afirma uno de los monjes–, desde hace 20 años no se lavan las manos antes del refectorio. ¿Deberíamos dejar de lavárnoslas?». Otra voz dice: «No, pero no sería tan problemático liberarnos de algo que no tiene sentido». Un tercer monje, en tono algo grave, afirma: «Toda nuestra vida, toda la liturgia y todo lo ceremonial son símbolos. Si perdemos los símbolos es como si perdiéramos las paredes de nuestra casa. Cuando perdemos los símbolos, perdemos la orientación. En lugar de eso, debemos intentar entender su sentido. No son los símbolos lo que hay que cuestionar, sino a nosotros mismos».

Incluso en el discurso político ordinario, lavarse las manos ha adquirido un sentido superior al mero acto físico: es cuidar de uno mismo y cuidar de los demás. Algo que quizás empezábamos a dar por transferido al Estado o subcontratado en el mercado, pero que ni el Estado ni el mercado pueden hacer en nuestro lugar, aunque los dos nos sean necesarios.

Cuidar de uno mismo y de los demás es un aprendizaje/recuerdo cultural cuya enorme importancia estamos redescubriendo en estas semanas en las sociedades occidentales, y deberíamos convertirlo en símbolo y memoria para siempre.

Sin embargo, en lugar de eso, empieza a emerger ya una indomable voluntad de conflicto, pendiente sólo de que la curva se aplane para desencajonarse y comenzar a embestir hasta llevarnos de nuevo a la bulla partidista ordinaria. Con el añadido de que puede nuclearse alrededor de una apoteosis del Estado, cuando estamos ante una imprevista oportunidad para establecer un equilibrio saludable entre el individuo y sus relaciones personales, el mercado y el Estado, un equilibrio que dé más libertad y más responsabilidad al primero y confine a los otros dos a los términos que a aquél convenga.

Durante estas semanas, el Estado, en sus distintas expresiones territoriales, está tratando de hacer su trabajo; el mercado, el suyo (no es el Estado el que nos llena los supermercados, que han mostrado una capacidad de adaptación asombrosa); y las familias, desentrenadas en estas tareas pero no necesariamente teniendo solo malas experiencias, el que les corresponde. Obviamente habrá cosas que saber, decisiones que explicar e investigar, acciones y omisiones que reclamarán una evaluación crítica orientada esencialmente a la acumulación de experiencia social y quizás también en ocasiones a nutrir una sana ejemplaridad pública por premio y por sanción. Pero trabajar unidos para enfrentarse a la calamidad no puede ser solo una actitud transitoria pendiente apenas del final de la emergencia para estallar en forma de nuevo conflicto twittero, televisivo, declarativo.

España se dirige ya a toda velocidad hacia una gigantesca bronca política nacional que no nos podemos permitir, que comienza a escucharse en forma de runrún pese a hallarnos todavía inmersos en el centro mismo del combate sanitario y que no nos conviene nada, incluso cuando algunos de los sucesos que la alimentan sean reales. Habrá que seleccionar y jerarquizar de entre todo lo malo y de entre todo lo bueno para establecer un punto de partida mayoritariamente aceptable que evite el caos y nos permita reconstruir. Y reconstruir partiendo de que el país que hemos dejado atrás tenía ya un paro inaceptable, una movilidad social insuficiente, una educación con deficiencias y un modelo de bienestar desigualador y cuyos desequilibrios estructurales y demográficos no se van a arreglar mágicamente como resultado de las decisiones de emergencia del Banco Central Europeo. En la España en la que estábamos había mucho que cambiar.

Pasar instantáneamente de la épica del combate solidario frente a la adversidad de todos al enfrentamiento civil rayano con lo sectario, no va a ser lo que los españoles quieran hacer dentro de unas semanas. Esto no se puede reducir a una pugna cainita entre los recortes y el 8-M.

El 12 de mayo de 2010, Zapatero reconoció en el Congreso de los Diputados que quienes pagarían sus ajustes serían «los mismos que nada han tenido que ver con el origen, el desarrollo y las fases de la crisis». El 30 de diciembre de 2011, después de su segundo Consejo de Ministros, el Gobierno de Rajoy, ya del Partido Popular, explicó que se veía obligado a adoptar un paquete de medidas de ajuste que se sumaban a las ya adoptadas por el anterior Ejecutivo socialista y que sólo eran «el inicio del inicio» de una sucesión de disposiciones no deseadas, «extraordinarias y no previstas» que irían encaminadas en la misma dirección. Y, hace unos días, Pedro Sánchez advertía de la necesidad de librar una guerra para defender lo que se daba por seguro. Los españoles llevamos 15 años sin el menor rastro de un proyecto nacional constructivo, elegido, voluntario, modernizador, reformista y cohesivo. La pérdida del bipartidismo estuvo asociada a esta carencia, que ahora miméticamente y a mayor velocidad replican los nuevos ya viejísimos partidos. Ni toda la liquidez del mundo podría por sí sola arreglar ese problema de fondo: carecemos de un proyecto nacional, y hemos pasado instantáneamente de la absoluta desintermediación a la intermediación absoluta.

Lavarnos las manos es un símbolo de atención y cuidado a nosotros mismos y a los demás. Debemos dar continuidad a ese símbolo y llenarlo de contenidos nuevos. Necesitamos un gran silencio que nos permita escuchar, comprender y dar sentido, no otra gran bronca.

La crisis sanitaria, social y económica nos sitúa, a otra escala y en otro plano, ante una conversación nacional y supranacional ineludible que se parece en su estructura de base a la de los tres monjes de la Gran Cartuja. Una cultura cívica –por tanto, una ciudadanía, sí, pero arraigada en territorios, experiencias, esfuerzos y anhelos, no una falsa cosmópolis que lo mismo valga para aquí que para allá–, ha sido confinada y puesta ante sí misma repentinamente. Habrá en ese terreno pérdidas, pero también descubrimientos, y probablemente emerja la oportunidad de hacer mella en el exhibicionismo hedonista que ha inundado las redes y la política en los últimos tiempos. Hagámoslo posible. Aprendamos algo.

Miguel Ángel Quintanilla es politólogo.

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