España ante sus retos

Ante todo, las realizaciones, que son muchas y resumiremos en el enorme salto adelante en riqueza y en modernidad. Seguro que no llegó a milagro, pero con 30 años de democracia europeísta España mejoró quizá más que en ningún otro periodo histórico. Basta con leer la hasta ahora oculta España contemporánea, obra cumbre de Vicens Vives, para asegurarlo. Los problemas del primer tercio del siglo XX que tan bien describe Vicens -religión, patria, Ejército y propiedad- dejaron de existir como tales. La España por hacer de 50 años atrás tenía la conciencia de estar casi acabada hace solamente cinco. Hoy se encuentra por rehacer. De los focos del triunfo hemos pasado a un túnel descendiente.

Los sentimientos de frustración y de impaciencia aumentan. Todos los gestos de protesta o de impotencia que se producen en estas circunstancias son comprensibles, pero no ayudan. Se trata de empujar, de un esfuerzo colectivo que sea la suma de los esfuerzos individuales. Poca gente está dispuesta. También se trata de orientarse. ¿En qué dirección hay que empujar? No se sabe. La opinión publicada y los dirigentes políticos se han hartado de dar lecciones a diestro y siniestro, y no dejan de hacerlo a pesar del riesgo serio de intervención. No hay enfrentamientos radicales, pero sí es inevitable un creciente malestar social. España es uno de los más graves problemas de Europa, y lo es más porque vive en la convicción, basada en una ilusión óptica, de que el mal le viene de Europa y que Europa se niega a remediarlo. El propio Felipe González echa las culpas al virus del nacionalismo insolidario que afecta a Europa. La solución, que Europa abra el grifo. Ni media palabra sobre los errores propios. Ni media de la necesidad de que España afronte los retos y mire de salir adelante por su propio pie.

La verdad que pretenden ocultar es que España es víctima de sí misma. Bajo la marea, no se veían las deformidades de un modelo que fundamentaba el crecimiento en las bases menos sólidas imaginables: endeudamiento excesivo y burbuja. Un modelo con una estructura territorial única en el mundo: el federalismo centralista. (Los países pueden ser federales o centralistas, España es las dos cosas, y resulta tan caro como inoperante.) Un modelo que no tenía en cuenta el retorno económico de las infraestructuras, ni las inversiones productivas, ni la competitividad de la economía en el mundo global. Era más fácil morder el anzuelo de los usureros y caer en sus manos que aprovechar la bonanza para enfocar bien el futuro.

La buena nueva del presidente del Parlamento Europeo, Martin Shulz, la probable victoria de François Hollande o las voces que con razón piden reactivar sin abdicar de la austeridad y la disciplina no sacarán a España del agujero. La situación general ha cambiado de signo. El viento del contexto soplaba a favor y ahora sopla en contra. Puede hacerlo con menos intensidad, sí, pero no volverá a cambiar. El euro impulsó el crecimiento sostenido. Íbamos enganchados a unas locomotoras formidables. Ahora el euro y Europa frenan, pero salir de la vía equivaldría a descarrilar.

Insisto, es necesario que se desengañen quienes confían en las medidas complementarias de reactivación. Irán bien, porque cuando las locomotoras tiran los vagones se benefician. Pero los problemas, los retos de España, se encuentran dentro de España, y no hay varita mágica exterior sino grandes acuerdos interiores de sacrificio compartido, reforma e inversión en sectores productivos. Ni el Gobierno con su incompetencia, ni la oposición a caballo de la demagogia, ni los sindicatos que no quieren saber nada de la situación general, ni el centro ni el catalanismo presentan la más mínima predisposición a sentarse y hablar de grandes pactos anticrisis.

Las clases medias deberían tomar el timón con equidad y sensatez, pero no lo harán porque les faltan los dos instrumentos imprescindibles: organización y medios de comunicación. Más un tercero, que es la voluntad. Las clases medias están atrapadas por unos dirigentes a quienes interesa más el poder que España, más el lugar que ocupan en los escalones altos de la pirámide que la pirámide, más Madrid y sus líos que España. Para que la recesión no se convierta en decadencia son precisos pactos claros enfocados a una única salida: producir mejor o más barato y exportar. Extender el modelo catalán -y valenciano- a toda España, empezando por Madrid.

¿Visión pesimista en exceso? ¿Mirada poco compartida o sesgada? Luis Racionero es el primero de los intelectuales de peso que expresa sin tapujos el contraste y el disgusto que esta España provoca en su espíritu cosmopolita. Enric Juliana es el primero de los creyentes en España que expresa, con palabras más amables pero nada ambiguas, la necesidad que tiene de considerarse un país de segunda. ¿Tiene algo que ver que ambos sean catalanes?

Xavier Bru de Sala, escritor.

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