España ante un nuevo año

Empieza un nuevo año y la esperanza y la ilusión parecen anidar de forma inevitable en el ser humano que pretende borrar los malos recuerdos del pasado y encarar el futuro con un renovado optimismo. En Galicia, ese sentimiento se condensa en una expresión muy gráfica que se hace coincidir con el santoral cristiano del día 31 de diciembre: «San Silvestre, meigas fora». Con ello se quiere expresar el deseo de echar fuera de nosotros todo lo que nos impide ser felices.

Pareciera como que el primero de enero se asemeja a una goma de borrar que trata de eliminar de nuestras vidas los malos recuerdos del año anterior y pretende ofrecernos una especie de tablero limpio en el que podamos diseñar un futuro lleno de ilusión y esperanza. ¡Que otra cosa representan los Reyes Magos! En cierto modo, todos conservamos un hálito de inocencia esperanzada que nos lleva a creer que algo mágico puede producirse con el paso de un año a otro, por más que la reiterada realidad nos venga a confirmar lo contrario. El ser humano tiene que vivir con un cierto margen de ilusión porque, sin ello, la vida se haría insoportable.

Y así es como inauguramos este nuevo año 2018 en el que España se adentra con un buen pronóstico en el crecimiento económico que, no obstante, aparece enturbiado por la situación política principalmente marcada por el problema catalán y por el manifiesto deterioro experimentado por las, hasta ahora, dos principales fuerzas políticas a nivel nacional.

Cataluña constituye para España un problema de difícil solución que ha sido alimentado, no obstante, por la tolerancia desplegada por los sucesivos gobiernos habidos en Madrid desde la Transición. A esta altura del tiempo transcurrido desde entonces, el problema, como es obvio, se agudizó y hoy presenta ya unas características poco propicias al diálogo bilateral y si, más bien, a un replanteamiento del tema autonómico a nivel general. Ni el, eufemísticamente, llamado «café para todos» ni, tampoco, el muy desmesurado trasvase de competencias habido en favor de las Comunidades Autónomas debieran sostenerse por más tiempo y habrá de pensarse que determinadas competencias en materias como la educación, la sanidad y la justicia han de permanecer en el ámbito del Estado nacional. Difícil, ¿verdad?

El otro aspecto que intranquiliza a los ciudadanos es el deterioro que experimentan las dos fuerzas políticas de ámbito nacional, el PP y el PSOE. Resulta manifiesto el descenso que se advierte en ambos partidos políticos y la falta de entendimiento existente entre ellos, por más que se hubieran unido de cara al problema catalán.

El desgaste del PP es algo manifiesto, a pesar de los logros que el gobierno dirigido por el mismo ha cosechado hasta ahora en materia económica. Son varios ya los flancos por los que se avista su deterioro y parece que se impone una renovación de rostros y de políticas. Seguramente pueda resultar injusto, o prematuro aún, el desplazar de la vida pública a políticos que tan buenos resultados han cosechado para el país, pero el desgaste producido por la continuidad en el ejercicio del poder y las nuevas generaciones demandan rostros nuevos en los que poder encarnar los renovados ideales políticos.

Del Partido Socialista habría que decir que las luchas internas por el poder habidas en su seno no parecen haber restaurado en su integridad la unidad ideológica y de gestión que necesita un partido nacional para liderar la política del país. Al día de hoy se impone conocer, sin el menor atisbo de duda, cuáles son los verdaderos principios que inspiran la actuación de los órganos de dirección de dicho partido y cuál es, asimismo, el proyecto político que tiene para España y para su estructura territorial. Nada de esto aparece formulado con claridad como, tampoco, lo está la política de alianzas post-electorales.

Ante un panorama político nacional como el que se deja someramente descrito parece inevitable que la preocupación ciudadana crezca y se incremente cada día ante la inseguridad con la que, a día de hoy, se presenta el futuro de nuestro país.

De los partidos político emergentes sólo el de Ciudadanos, con el incompleto, aunque muy brillante y meritorio, éxito obtenido en las últimas elecciones autonómicas de Cataluña, permite concebir la esperanza de que pueda concitar, a nivel nacional, la adhesión a su proyecto político de una buena parte de los españoles, sobre todo de los que son jóvenes o se hallan en la mediana edad. De todas formas, se habrá de ser consciente de que no es dable extrapolar los resultados de unos comicios autonómicos a otros de nivel nacional.

En esta situación se encuentra actualmente España y sería bueno que todos los partidos políticos tomaran conciencia de ella y actuara, cada uno de ellos, en consecuencia.

Benigno Varela Autrán, exmagistrado del Tribunal Supremo.

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