España, Cataluña… y Europa

Si yo fuera culpable, preferiría ser juzgado en Bélgica. Si fuese inocente, en España. Aquella justicia muestra tal laxitud hacia los acusados, sobre todo nacionalistas, que corre el peligro de convertirse en paraíso de delincuentes. Piensen que negó la extradición de la etarra Natividad Jáuregui, vinculada al asesinato de teniente coronel Ramón Romeo, con la excusa de que podía ser torturada. Ahora, tras permitir a Puigdemont y compañía ser interrogados en neerlandés, que no hablan, pero les aseguraba un juez flamenco, fraude de ley evidente, los deja en libertad con la condición de no salir del país. Algo que nunca harán pues fuera les esperan jueces de verdad. Así que ya puede ser menos lenguaraz el ministro del Interior belga sobre nuestra justicia. Es la suya la que debe preocuparle. España sobrevivirá esta crisis, como tantas otras. Bélgica, en cambio, es ya hoy un país fallido, en parte por su culpa.

El incidente me sirve de introducción al contencioso catalán, que sólo se entiende averiguando qué es España. Geográficamente es un pequeño continente, con una enorme variedad de climas, cordilleras, mesetas, valles frondosos, desiertos incluso, un abigarrado conjunto de paisajes y formas de vida. Históricamente es una hija de Roma, donde los visigodos crearon el primer reino hispano, aunque será en los ocho siglos de lucha con el invasor árabe cuando se forja, no en vano la lucha es también un abrazo. Políticamente aparece por primera vez como nación en el Concilio de Constanza (1414), junto a Francia, Alemania, Inglaterra e Italia, y alcanzará su unidad en 1492, una vez fundidas las Coronas de Castilla y Aragón, a las que se añadiría Navarra poco después. Felipe II creará el primer Estado europeo, con una administración, ejército y política internacional antes inexistentes. Con dos imperios encima, el americano y el europeo, que le traen tantas riquezas como problemas. El primero, que siendo el «imperio el principal enemigo de la nación» (Sebastián Haffner), España volcó sus energías en conservarlo, descuidando bajo los Austrias la construcción nacional. Tendrán que llegar los Borbones (1700) para hacerlo. Pero a aquellas alturas, España había perdido Portugal, desangrada en las Guerras de Religión y sufrido la primera rebelión en Cataluña (1640), que aceptó a Luis XIII como soberano. Menos mal que las tropas francesas resultaron más gravosas que las españolas y los catalanes pidieron volver a la Corona española, cosa que les fue concedida.

Pero serán los Borbones quienes convierten una Cataluña pobre, retrasada, con el bandolerismo campando a sus anchas, en la región más pujante de España. Felipe V, con sus Decretos de Nueva Planta, elimina las aduanas interiores españolas y Carlos III autoriza a los catalanes a comerciar con América. Ellos lo aprovechan para montar todo tipo de empresas, sobre todo la textil, y colocar sus productos en aquel vasto mercado, protegido por altos aranceles contra los productos extranjeros, convirtiendo Cataluña en líder industrial y comercial de España. Es verdad que pierden sus instituciones medievales, como otras regiones españolas, pero entran en el mundo moderno. No un mal canje. Se crea también una burguesía que, como todas, quiere su revolución burguesa. Vendrá con la Primera República (1873), dos de cuyos presidentes fueron catalanes. Pero acabó como el rosario de la aurora, con regiones, provincias y ciudades exigiendo su propia soberanía y España a la deriva. Hasta que los militares ponen orden, pero nada más.

Lo que no acaba es el afán de la burguesía catalana de lograr su autonomía, que no conseguirán hasta la Segunda República. Pero no contentos con el Estatuto, proclaman (1934) el Estat Català, que el gobierno republicano liquida con dos cañonazos al palacio de la Generalitat. Algo que el actual Gobierno intenta con el artículo 155 de la Constitución de 1978.

¿Qué nos dice este esquema de las relaciones de Cataluña con España? De entrada, que han convivido con disputas, pero beneficio mutuo, durante cinco siglos. Luego, que existe una pulsión entre las élites catalanas para distanciarse de España, aunque España haya sido el trampolín de la riqueza de Cataluña. Por último, que España existe como una extraña amalgama de nación débil, Estado fuerte e imperio perdido, que le dan un carácter más antiguo que moderno, aunque lo español, como lo inglés, lo francés, lo alemán, lo ruso, lo chino y algún otro, está perfectamente diferenciado entre las variedades nacionales. Somos individualistas, orgullosos, apasionados, impacientes, tercos, capaces de los mayores sacrificios y de las peores villanías, disparamos primero y apuntamos después, y nunca reconoceremos que nos hemos equivocado. Al menos, así nos ven en el extranjero. Reconocerán que es el retrato de los nacionalistas catalanes. O sea, son un 100 por 100 españoles. De ahí la dificultad de convencerlos, aunque representen al «español viejo» que describía Larra. Ellos, que han personificado durante dos siglos el español más moderno y europeo.

Ante tamaño disparate y tozudez, he llegado a pensar que la única solución es la cura de caballo: dejarles marchar, como hace cuatro siglos, para que vieran el frío que hace fuera del mercado español, de la inyección continua de nuestra sangre, del cobijo de uno de los grandes Estados europeos, en espera de que vuelvan al viejo hogar, que ha progresado mucho y con capacidad de crecer más. Pero sé que es imposible. No podemos abandonar a los catalanes que se sienten también españoles en manos de los nacionalistas, que ya sabemos cómo las gastan, ni a Cataluña sometida a esa cura brutal.

Aparte de que dudo que Europa lo consintiera. Ya ha hecho el nacionalismo bastante daño en ella para darle de nuevo rienda suelta. Cataluña no puede sentar un precedente que rompería no ya España, sino la Unión Europea, el proyecto más ambicioso en la historia de nuestro continente. Pero también es verdad que el virus nacionalista sigue vivo y operante, como acabamos de ver en la propia Bruselas, sin respetar las leyes propias ni las ajenas y ayudándose entre sí. Cuanto antes se acorace la UE contra él, mejor. Y cuanto antes se den cuenta los catalanes de lo que significaría quedar fuera de Europa, sin el mercado español, sin seguridad defensiva y jurídica, en manos de quienes anteponen sus intereses particulares a los generales, mejor también. Una muestra la han tenido con la estampida de sus empresas y la internacionalización de su problema. Tienen tiempo de pensárselo hasta el 21 de diciembre. Pase lo que pase, España sobreviviría, más pequeña y más manejable. Cataluña, en cambio, podría convertirse en una «democracia popular» de triste recuerdo. No olvidemos que, junto a la pulsión nacionalista, hay un movimiento antisistema que ya gobierna Barcelona y otras grandes ciudades catalanas. Este golpe de Estado no es sólo contra España. Es también contra el sistema de derechos y libertades que tenemos. «¿Libertad?, decía Lenin a Fernando de los Ríos, ¿para qué?». Sin contar ya con el paraguas europeo. Es su elección. La última tal vez.

José María Carrascal, periodista.

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