España como emoción compartida

Somos más y somos mejores. Pero en un tiempo global gobernado por la comunicación instantánea, no podemos seguir esperando que nos conozcan, o quieran bien, solo porque España es una nación tan antigua que parece que siempre ha estado ahí. Las estatuas de sal o los relojes de sol ya no se llevan. Tampoco las políticas públicas y privadas de la disimulación («no es para tanto»), o la postergación («vuelva usted mañana»). La primera conduce directamente al enconamiento de los problemas, pues no se resuelven por sí mismos. La segunda precipita en la anomia a la sociedad y en la melancolía a emprendedores y audaces, aquellos dispuestos a salir de la zona de confort y adaptarse a la globalización. En un mundo conectado, todo se ve y acaba por estallar ante nuestros ojos. La transparencia está sobrevalorada. Por eso, nuestro secular problema español de imagen «excepcional» aparece estos días de modo virulento. La disonancia cognitiva propia y ajena nos afecta, para enfatizar siempre lo peor.

Como ocurre con nuestras universidades, lo excelente se desconoce y lo malo se magnifica. No hay que tener temor, ni a la exposición mediática, ni a la defensa del estatuto de normalidad de España como Estado de derecho europeo y global, con todas las letras. No se puede caer en lo que llaman en México el «malinchismo», una derivada del romanticismo según la cual la opinión ajena siempre resulta mejor que la propia. Tenemos tanto pánico de que el venerable Guardian londinense, o el bastante tóxico en estos días New York Times, saquen a España en la sección de sucesos o de Estados fallidos, que es fácil caer en la parálisis comunicacional.

Por eso es importante poner un poco de orden y distinguir descripción de análisis, hechos de argumentos, tramas de pasiones, cabeza de corazón. Pese al instalado relato de una supuesta anormalidad española, fabricado desde el romanticismo y explotado por los independentistas y su aparato mediático hasta la extenuación, el elemento diferencial español reciente, si ha habido alguno, ha sido la armonización de las diferencias. En primer lugar, desde los años sesenta, cuando se configuró la interpretación de la guerra civil de 1936-1939 como un fracaso de todos. Aunque algunos se empeñen ahora en recuperar el resentimiento como única manera rentable de hacer política, porque no saben hacer otra cosa seguramente, se trata de un camino sin salida. El pasado no vuelve, ni siquiera como farsa. En segundo término, la constitución de 1978 y la acción política de la generación de la transición, trajeron un legado de civilidad y emociones políticas normalizadoras, cuyos efectos duran y emergen estos días del confinamiento al que parecían sometidas. A la luz de la transformación de los últimos cincuenta años, lo que resulta más llamativo en España es, al contrario de lo que cuentan las narrativas separatistas, la progresiva homogeneización. Ante la retórica atávica de las diferencias inventadas, lo que cabe subrayar es que los españoles (no hay más que ver la rabia con la que esos adolescentes con acné y piercing se manifiestan estos días) se parecen mucho más entre sí que hace cuarenta años.

La fractura no está en la realidad, sino en las emociones políticas y en su origen, la definición de la soberanía con la esfera de derechos y deberes que determina. El punto de partida del pacto constitucional, votado en Cataluña de manera todavía más abrumadora que en otras regiones de España, supuso que las «heroicas penalidades» pasadas quedaban superadas en un pacto democratizador que logró sus metas con enorme éxito. El tiempo de espera, el cruce del desierto, había terminado. El formidable presidente Tarradellas lo entendió perfectamente: «Ya estoy aquí». Además «he regresado para quedarme». La imagen de España que se difundió desde entonces pretendió armonizar de manera razonable, alguno diría postmoderna, innovación con tradición. Contra lo que cuentan los catastrofistas (tienen argumentos para ello en estos días difíciles), la operación salió bien. Si bien los vectores de medición de este éxito se pueden discutir –subida de la renta per cápita, acceso a fondos estructurales europeos que permitieron construir trenes, autopistas y aeropuertos decentes, llegada de emigrantes, turistas y jubilados extranjeros, aparición de multinacionales propias– lo cierto es que durante las dos últimas décadas España ha padecido una autoinfligida deflación simbólica. El temor al esencialismo español sobreponderó la realidad de la vieja diversidad peninsular, que en el nivel oficial se infló de manera artificial hasta cobrar una dimensión insospechada. Las autonomías históricas o no (otra división artificial) recibieron del Estado, con enorme temeridad por su parte, el aparato cultural y educativo. Fue un acto de menosprecio típico de burocracias tecnócratas, tendentes a pensar que si cuadran las grandes cifras todo va bien. Con un poquito de lectura, hubieran sabido que la industria cultural va por delante de la sociedad cuyos valores expresa, aquellos que el Estado liberal español difundió con las figuras del maestro, el médico y el guardia civil.

La hipertrofia simbólica autonómica, expresada cuando menos en la conversión de venerables museos provinciales a las nuevas estructuras y, cuando más, en la existencia de máquinas etnicistas de disolución de la ciudadanía común al estilo de TV3, puso fin al proceso de normalización al identificar la nación española como comunidad política con las instituciones estatales que la concretan y expresan. Al modo de un edificio sin paredes, quedamos desprovistos de símbolos, sólo capaces de acercarnos a alguna columna o cimiento para no derrumbarnos. Sería largo y prolijo, además de triste, hacer una lista de las exposiciones realizadas en el exterior y también en España dedicadas a mostrar lo que no se debía o nos daba pésima imagen, o a exhibir esta inanidad acomplejada, simbólica y gaseosa. No menos trabajoso sería inventariar las oportunidades perdidas, o los socios y amigos decepcionados. De ahí que nos encontremos ante una coyuntura que el gran sociólogo alemán fallecido Ulrich Beck quizás llamaría de «modernidad inversa». La situación es mala, pero por un efecto de paradoja ofrece grandes oportunidades. No es la menor de ellas la que permitiría que los españoles dejaran de pedir perdón por existir y se les permitiera, ustedes disculpen, ver el vaso medio lleno en vez de medio vacío. Que España es una comunidad de emociones compartidas por los españoles y su signo es democrático, moderno, conciliador, flexible, europeísta, garantista, multiclasista y global, resulta objetivo y esperanzador. Que no hay nada decidido y no existe nada inevitable. La diferencia que Ortega y Gasset ya vislumbró entre sociedad civil y Estado, país oficial y país real, la evocación del símbolo y la protección identitaria dentro de la pluralidad que arrastra, debe ser resuelta cuanto antes.

Poseemos muchas identidades reunidas al ser españoles, de barrio, locales, regionales, continentales, religiosas, deportivas, idiomáticas. Porque constituimos un acumulado único de experiencias humanas. España fue imperio antes que nación y antes de que el nefasto nacionalismo existiera. Incluso quienes no quieren ser parte de ella, encuentran aquí un Estado de derecho. Siempre y cuando respeten las reglas y los símbolos que a todos nos protegen. El futuro común está por escribir.

Manuel Lucena Giraldo, historiador y miembro de la Academia Europea.

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