España e Israel: 20 años fructíferos

Por Samuel Hadas, primer embajador de Israel en España (LA VANGUARDIA, 27/01/06):

El 17 de enero de 1986, el día en que Israel y España establecen relaciones diplomáticas, Camilo José Cela, en carta dirigida al autor de estas líneas, escribe que “… los españoles acabamos de poner fin no a una situación nacida hace treinta o cuarenta años, sino al mal paso que dimos hace cinco siglos”. Indudablemente ese día no solamente se concretó un movimiento más en el complejo ajedrez diplomático internacional. La ceremonia que selló en La Haya un trascendente capítulo de las diplomacias de Israel y España fue un acto de significación histórica que los firmantes no olvidaron destacar en la declaración conjunta en la que se anuncia esta decisión “de conformidad con el principio de universalidad de relaciones entre estados y teniendo en cuenta los antiguos y profundos vínculos que unen al pueblo español y al pueblo judío”. El establecimiento de relaciones plenas entre ambos países tuvo un significado que desborda la diplomacia clásica. Ha sido la culminación de un proceso prolongado, de casi cuatro décadas, del que fueron componentes no solamente las dimensiones clásicas de la diplomacia, la política, la económica y la cultural: en su trasfondo una cuarta dimensión, histórica, de profundos sentimientos colectivos, imposible de soslayar. Ya en el siglo XIX el historiador español José Amador de los Ríos escribió que “difícil será abrir la historia de la península Ibérica, ya civil, ya política, ya religiosa, ora científica, ora literariamente considerada, sin tropezar en cada página con algún hecho o nombre memorable, relativo a la nación hebrea”. Otro ilustre español, Américo de Castro, a su vez, diría en su libro España en su historia. Cristianos, moros y judíos que “la historia del resto de Europa puede entenderse sin situar a los judíos en primer término; la de España, no”. Pero hasta que españoles e israelíes pudieron reconducir equívocos, lejanos y cercanos, tuvieron que transcurrir 38 años, en los que dos pueblos con un gran pasado común se dieron las espaldas y vivieron un largo desencuentro. En el proceso que pone fin al desencuentro diplomático entre españoles e israelíes se destacaron los aspectos políticos y económicos, pero también su dimensión de contenido histórico, en el trasfondo del reencuentro hispano-judío. Cuando nace el Estado de Israel, su gobierno considera a la España de Franco como un aliado del Eje y la respuesta israelí al ofrecimiento español de establecer relaciones diplomáticas es un “por ahora no”. Esta actitud de orden moral cambia en la década de los cincuenta, cuando es Israel quién persigue las relaciones diplomáticas, pero el régimen de Franco había entrado en el periodo de la “tradicional amistad con el mundo árabe”. La presión de los países árabes y la necesidad de la diplomacia española de contar con el apoyo de estos países serán durante largos años los condicionantes de la actitud española frente a Israel. Fue un periodo de ofrecimientos recíprocos asimétricos y de presiones internas y externas sobre los protagonistas. El establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel pareció inminente al inicio de la transición a la democracia, pero eso no sucede. Areilza, el primer ministro de Asuntos Exteriores de la monarquía, declararía después, que “el lobby de los intereses petrolíferos en Oriente Próximo, amparado por un mítico proarabismo, la inercia, el miedo y los prejuicios frustraron aquel intento”. En los años setenta se produce un leve cambio de clima . El Gobierno español propone a Israel una presencia oficiosa, opción que es rechazada. Con la renuncia de Suárez se produce un giro prooccidental en la política exterior española. España se incorpora a la OTAN y se aceleran las negociaciones con la Comunidad Europea. Calvo Sotelo consideraba una anomalía la inexistencia de relaciones con Israel y en abril de 1982 decide apresurar el establecimiento de relaciones diplomáticas. El adelanto de las elecciones en España frustra la operación. “Nos quedamos sin aliento”, como me confesaría más adelante un ex ministro español. Con la llegada al poder del PSOE, que había manifestado reiteradamente su apoyo al establecimiento de relaciones con Israel, cuya ausencia consideraba un anacronismo, en Israel se considera inminente el establecimiento de relaciones, pero transcurrirán todavía tres años hasta que esto suceda. Las cosas se hacen a la manera del presidente del Gobierno, Felipe González, gradualmente, “esperando que el fruto maduro caiga del árbol”. Y si el primer ministro de Asuntos Exteriores socialista, Fernando Morán, busca demorar el paso ante el temor de perder lo que considera una baza importante cara al mundo árabe, su sucesor, Francisco Fernández Ordóñez, designado en julio de l985, contribuye a acelerarlo. En agosto de 1985 se entra a la recta final del proceso, un periodo que incluye, gestiones paralelas a la diplomacia oficial, conducidas por los jefes de Gobierno, Felipe González y Shimon Peres. Las negociaciones culminan el 9 de enero de 1986 y el 17 del mismo mes, en La Haya, entonces sede de la presidencia de la Comunidad Europea, se anuncia el establecimiento de relaciones diplomáticas plenas. El 20 de febrero, durante la presentación de mis cartas credenciales como primer embajador de Israel, el rey Juan Carlos manifestaría que “éste ha sido el paso más importante de la política exterior de España en los últimos 15 años”. Hemos pasado en pocos años del desconocimiento recíproco al conocimiento y, finalmente, al reconocimiento mutuo. Un nuevo hito en nuestro ciclo histórico que nos ha permitido intensificar en los últimos veinte años un diálogo rico en vivencias espirituales y culturales.