España, en crisis económica y política

La crisis económica en Europa oculta su crisis política. Precisamente por ello no acaba de verse la necesidad de una reforma de sus instituciones destinadas a fortalecer las comunes europeas y debilitar las nacionales representadas por los Estados, esos caballos de Troya en cuya panza anidan los más peligrosos ismos, el nacionalismo y el proteccionismo, enemigos proclamados de la construcción europea. Si se caminara por la senda federal, todo lo demás, gobierno económico, política exterior, política de defensa, investigadora, etcétera, vendrían con la naturalidad con la que llegan las setas en el otoño lluvioso.

De igual manera, la crisis económica española está encubriendo la crisis política profunda de instituciones muy averiadas con las que, sin embargo, convivimos y aun vegetamos con complaciente ceguera.

Veamos. Sabemos que la democracia se nutre de unos ingredientes que han traído de cabeza a los más finos pensadores de la ciencia política moderna por lo menos desde el siglo XVIII. Entre ellos destacan la separación de poderes, que venía de Inglaterra y halló un afortunado divulgador en Montesquieu; las libertades públicas y los derechos fundamentales que consiguieron enumerar con singular acierto los revolucionarios franceses; y, por último, los mecanismos de representación del cuerpo social, una vez descartada -o desacreditada- la democracia directa que tan querida fue por algún padre fundador (J. J. Rousseau especialmente).

Quienes escribieron la Declaración de los Derechos del Hombre en Francia en 1789 dejaron establecido para la posteridad que una sociedad que no garantiza esos derechos y que desconoce la separación de poderes, carece sencillamente de Constitución. Palabras escritas en material resistente pues ahí siguen, como referencias inevitables, con la lozanía y la altanería propias de quien se sabe subido en peana de compactos fundamentos.

Pues bien ¿qué queda en la España de hoy de estos ingredientes? A mi juicio, de ellos el único que se salva es el relativo a las libertades públicas. Con muchas limitaciones y con todos los desfallecimientos que se quieran enumerar, lo cierto es que gozamos de un aceptable régimen de libertades que garantiza vivir con una cierta seguridad sabiendo que quien llama a las siete a la puerta de casa es el lechero y no una banda de canallas que, amparada por el poder político, practica el secuestro o el tiro en la nuca.

Es verdad que mucho hay que avanzar en el disfrute de tales derechos pues la moderna sociedad está obligando a cavilar sobre ellos con renovadas entendederas. Ahí están -por citar algunos ejemplos- el derecho a la información o el respeto a la intimidad convulsionados ambos por el río de noticias que alimenta ese pantano que llamamos internet.

Los demás ingredientes se hallan lisa y llanamente en estado calamitoso. Listos para ser declarados en ruina, que es lo que se hace en la legislación urbanística con los edificios necesitados de reformas sustanciales.

La separación de poderes se asemeja a la calavera que describe Lope de Vega: «Esta cabeza, cuando viva, tuvo / sobre la arquitectura de estos huesos / carne y cabellos…». Hoy, el postulado de la separación de los poderes no es sino «cometa al viento» por seguir con las bellas expresiones de Lope. En efecto, un Consejo General del Poder judicial politizado, que selecciona con criterios partidistas a altos representantes de la magistratura -pronto habrá 17 Consejillos para hacer lo propio-, y un Tribunal Constitucional, picado asimismo de la viruela partidaria, se han encargado de socavar sus cimientos y de esparcir entre la ciudadanía la impureza destructora de la desconfianza.

Pero donde se ha llegado a límites que ya resultan insoportables para la credibilidad del todo es en el sistema representativo. A nuestro adulterado modelo de partidos políticos y a nuestro extravagante y ponzoñoso derecho electoral ya he dedicado atención en otras ocasiones en esta misma página. Ahora es momento de añadir algunas anotaciones, fruto de la observación de nuestra pintoresca vida política.

Hay organizaciones políticas que dedican agotadores esfuerzos a insultarse entre ellas -con poca gracia, cuando el insulto es una bella arte- y lo hacen en cuantas ocasiones se presentan, que son muchas pues no desperdician ni siquiera los fines de semana. Es de ver la cantidad de mítines que se programan los sábados o los domingos, aunque no haya elecciones a la vista, y donde no se oyen sino vulgaridades e improperios. Por cierto, ¿de dónde sale el dineral que en ellos se gasta?

Cuando escucho las informaciones referidas a estos actos finsemaneros me pregunto si sus protagonistas no necesitan un paréntesis para reflexionar con serenidad o para limpiarse la boca y enjuagársela de estereotipos leyendo una novela. Goethe sostenía que «es imprescindible, todos los días, oír una pequeña canción, leer un buen poema, ver un cuadro, y, al menos, decir una frase razonable». ¿Cómo es posible que se haya olvidado esta enseñanza de aquel viejo, creador y soñador infatigable? ¿Cómo es posible que se desprecie el reposo de un domingo para engolfarse en un ensayo o en un libro de aventuras o en otro que se halle grávido de imágenes bellas, inútiles y temblequeantes?

Tengo para mí que quien acierte a poner en pie un discurso pedagógico pensado para ser escuchado por gentes adultas y no por estultos, acabará ciñendo el laurel del victorioso. De la victoria que merece la pena, de la que disfruta quien vence y convence. Entiendo por discurso pedagógico el que se pronuncia o difunde -hoy existen mil medios- con una argumentación sólida y alto sentido práctico. Hoy, la crisis económica nos debería obligar especialmente a ello tanto por lo enrevesado de sus enigmas como por lo inerme que la ciudadanía se halla ante ellos.

¿No ganaríamos todos si, en lugar de oír al presidente del Gobierno descalificando a su antecesor o a sus adversarios, lo viéramos sentado ante una cámara de televisión explicándonos con serenidad, olvidándose por un día de los tópicos insufribles de las derechas y las izquierdas, de los neoliberales y de los progresistas, en qué consisten sus medidas y hacerlo con modestia, advirtiéndonos que puede equivocarse? Y lo mismo cabe decir de quienes encarnan el poder desde la oposición política. O el mando sindical. Nada de mítines vociferantes a los que asiste la parroquia en nómina sino pedagogía y explicaciones maduras y solventes.

Claro que, si así se procediera, a lo mejor el votante se hacía adulto, empezaba a pensar por su cuenta y dejaba de votarles, pero la tan venerada democracia ¿no merece este sacrificio?

Porque a esa democracia se le falta el respeto con los mítines a que aludo como se le falta el respeto comprando votos con el cheque bebé o con esta o aquella maña limosnera ideada un mes antes de las elecciones. A mí me recuerda –servata distantia– algo que conozco bien y es el sistema que siguen algunos rectores de Universidades cuando han de presentarse a la renovación de sus cargos: ¡es de ver la cantidad de becarios que nacen y de secretarios y vicerrectores que se nombran! ¿En qué se diferencian estos métodos, humillantes para el ciudadano, de los que practicaba el conde de Romanones en la corrupta Restauración? Sólo en que el conde pagaba de su bolsillo y los actuales candidatos giran contra la cuenta corriente de los dineros públicos, esos que forman la deuda abultada que ahora los mercados se quieren cobrar.

A la vista de todo ello, bien podría el sistema democrático español recitar aquellos versos desesperanzados de Ronsard: «Sólo huesos me quedan, igual que un esqueleto / descarnado, reseco, macilento y escuálido…». Se advertirá que son los poetas quienes afinan y atinan.

Francisco Sosa Wagner, catedrático y eurodiputado por UpyD. Su próximo libro (con Mercedes Fuertes y prólogo de Carmen Iglesias), de inminente publicación, se titula El Estado sin territorio. Cuatro relatos de la España autonómica, Marcial Pons.

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