España en el camión de la basura

Las trayectorias de una política con asentada fama de honradez -Cristina Cifuentes- y un juez tildado de tan ambicioso como justiciero –Eloy Velasco- se entrecruzaron el martes por la mañana en un mismo vahído. Veremos cuánto tardan una y otro en reponerse del sofoco, pero una doble sensación de bochorno se acumula en la ya recargada mochila de cualquier observador avispado.

Que la presidenta que trazó una frontera imaginaria entre el antes y el después de su encumbramiento al liderazgo del PP de Madrid, identificando a sus predecesores con la corrupción y guardando para sí la bandera de la limpieza, apareciera envuelta en una de las telarañas de ese sucio pasado era ante todo descorazonador. Especialmente para ella misma, cuando una de sus primeras y más simbólicas decisiones al llegar a la Puerta del Sol fue la de bloquear en su teléfono las llamadas entrantes y los mensajes de móvil, identificados durante muchos años con cinco letras que pesaban mucho: “Nacho”.

Tener mil euros en la cuenta corriente, vivir de alquiler, predicar y practicar la transparencia, empezando por el envío a la Fiscalía de todos los gatuperios del Canal, y verse envuelta, siquiera de forma tangencial, en los mismos lodos de alguien con quien rompió toda relación política y personal cuando llegó a la conclusión de que era un corrupto impresentable, debe tener casi un componente de pesadilla. Y encima a costa de la devolución de favores a un fulano como Arturo Fernández que siempre le pareció un trepa zalamero de tres al cuarto, haciendo de felpudo de Esperanza, contratando a la mujer del otro, riéndole las gracias a Campechano I, untando la escopeta en la chocolatería de Corinna… Un fulano al que llegó a preguntarle una mañana en la Asamblea que si la concesión de la cafetería era para expender café, “cómo coño resultaba” –la Cifu siempre ha sido así de clara- que ella tuviera que refugiarse a diario en su Nespresso, para no beber la porquería humeante entazada en tal chiringo.

Pero como si el cartero llamara siempre dos veces, ahí quedaban, flotando en el éter, las moléculas en suspensión de todo aquello que creía haber dejado atrás; y de bien poco iba a servir tratar de dispersarlas a base de dar papirotazos a la UCO, a Pablo Iglesias y a las enemigas interiores. La cuestión procesal pertinente era, y sigue siendo, si los indicios de manipulación del concurso, por parte de aquellos tres “expertos” que, no teniendo ni pajolera idea de hostelería, se reunieron en su despacho para zanjar el asunto, son lo suficientemente sólidos como para que un juez le pregunte si ella no se dio cuenta de nada.

El problema es que, al tratarse de una aforada, ese trámite implicaría elevar una exposición motivada al Tribunal Supremo, el cual tendría en sus manos el resorte de la guillotina en la que ella misma se colocó, como parte del acuerdo con Ciudadanos. En Madrid, como en Murcia, la imputación, eufemísticamente rebautizada como investigación, equivale a la dimisión.

En principio habría que pensar que si Eloy Velasco no activó ese proceso en los dos meses transcurridos desde que recibió los informes de la UCO, respaldados por la Fiscalía, fue porque no lo veía claro. Nadie podría reprocharle que no enviara a Cifuentes al cadalso político porque lo que desde luego no hay en el sumario es una pistola humeante con sus huellas dactilares. Pero la conducta del juez, tratando de apagar frenéticamente durante la tarde del martes el incendio que él mismo había provocado, al levantar el secreto del sumario esa mañana, da pábulo a los malpensantes. ¿A cuento de qué es propio de un instructor filtrar con ansiedad a la agencia oficial que “descarta” investigar a alguien a quien la Guardia Civil vincula con dos posibles delitos?

El hecho de que al día siguiente se reuniera el pleno del Consejo del Poder Judicial para decidir sobre la solicitud de ascenso de Eloy Velasco a la cómoda Sala de Apelación, creada ad hoc en la Audiencia Nacional, desata la atroz sospecha de que tal vez Su Señoría instruía los sumarios de Púnica y Lezo como quien juega a las siete y media. Es decir, apretando lo suficiente al partido gobernante como para propiciar que le construyera un puente de plata, pero sin pasarse de frenada, para no hacerle imposible tenderlo a sus pies sin desdoro manifiesto ante la propia clientela. Lo de Ignacio González y su clan cabía en el esquema, lo del presidente de Murcia de quita y pon también, pero lo de Cristina Cifuentes no, pues entrañaba para el PP  el grave riesgo de perder la Comunidad de Madrid.

Supongo que a mi amigo Javier Gómez de Liaño y a quienes como él siguen creyendo en la limpieza de la administración de justicia se les revolverá algo en su interior ante esta mera especulación, pues el Estado de Derecho se asienta en que la probidad de los jueces sea la regla y la irrupción, auge y caída de higos a peras de un Baltasar Garzón cualquiera, la excepción. Pero hemos visto ya demasiadas veces a los instructores y juzgadores de causas con derivación política –incluida por supuesto la del 11-M- obsesivamente pendientes del impacto de sus decisiones jurisdiccionales en su carrera profesional, como para caernos del guindo. Máxime cuando en el caso de Velasco se reproducen los agravantes del viaje de ida y vuelta a la política y la porfía de favores personales en el entorno de los justiciables.

Hétenos aquí de nuevo de bruces ante la acuciante necesidad de cambiar las reglas del juego institucional, como condición sine qua non para devolver a los ciudadanos la confianza en el sistema. Sin el burladero de los aforamientos y la lentitud de la justicia no existiría la presión social que vincula la exigencia de responsabilidades políticas a un momento procesal tan preliminar como la mera apertura de una investigación; y si la mayoría de los miembros del Poder Judicial en cuyas manos estaba valorar los méritos del juez Velasco no hubieran sido nombrados por el partido cuyo poder territorial dependía de que su manga se ensanchara o estrechara a voluntad, sería mucho más difícil someterle a este juicio de intenciones.

Acabo de poner sobre la mesa dos de las condiciones más explícitas y concretas que Rajoy asumió en su acuerdo de investidura con Ciudadanos va ya para nueve meses: supresión de los aforamientos, elección directa del Poder Judicial por los jueces. Pero todos sabemos, y el primero Albert Rivera, que ni ese doble parto, ni el de la limitación de mandatos o el de la reforma de la ley electoral se producirán nunca, pues a la actitud contemplativa o estaférmica que caracterizaba a Rajoy incluso con mayoría absoluta, se une ahora la aviesa condición que le empuja a incumplir cualquier compromiso que él considere adquirido bajo las exigencias del estado de necesidad.

Lastrada por el vicio de origen de considerar necesario y forzoso que todo un pueblo encallara con tal de salvar a un hombre, la legislatura lleva camino de convertirse así en un frustrante itinerario de escándalo en escándalo. Como si el mandato de Rajoy no fuera el de presidente del gobierno sino el de conductor del camión de la basura, dedicado a recoger los cubos pestilentes de cada uno de sus feudatarios -o clientes franquiciados-, esconderlos en el bandullo de su fétido vehículo político y conducirlos hasta la escombrera del catastro de la historia de la inmundicia.

Pretende llegar así hasta 2020, pagando peajes como el de la minoración del cupo vasco al PNV o los cientos de millones que obtendrá Nueva Canarias -poderoso caballero es don Quevedo- para sacar los Presupuestos; alcanzando acuerdos de geometría variable, tal vez nefandos, como el de la estiba con los independentistas catalanes, para salvar el día a día; y pasándose por el arco del triunfo las resoluciones del parlamento, reprobaciones a ministros incluidas, para mantener la apariencia de que gobierna.

De nada sirve ya lamentarse por la leche derramada, cuando la miopía de Pablo Iglesias impidió que fructificara el Pacto del Abrazo o cuando la ceguera de Pedro Sánchez liberó al PP de la encrucijada de haber tenido que prescindir de Rajoy para alcanzar un gran acuerdo político. Tenemos lo que tenemos y estamos donde estamos, a la espera de conocer hoy el desenlace de la implacable contienda entre el pavo real madrileño y la grulla sevillana. Como en la fábula de Esopo, ella ha insistido una y otra vez en que es la única capaz de surcar el cielo de las victorias electorales y él ha tenido la habilidad de realzar su propia belleza al machacar la fealdad ajena, identificándola con la investidura de Rajoy.

La campaña de las primarias ha sido un fascinante ejercicio de democracia interna que si, a la postre, resulta autodestructivo, no será por la sangre esparcida a borbotones sino por la situación crítica del socialismo en toda Europa. Debo confesar que me han impresionado la audacia y determinación con que Pedro Sánchez ha llevado su apuesta hasta el final, explotando el resentimiento contra la “política de los notables”, arraigado en la base social de la izquierda al menos desde que se acuñó esa expresión en tiempos del Estatuto Real, allá por el 1834. Pero tanto o más me ha impresionado la florentina imperturbabilidad con que, durante el debate de Ferraz, Susana Díaz fue capaz de meter su daga una y otra vez en las partes blandas de don “Tu problema eres tú”, acentuando un tenue proyecto de sonrisa cada vez que desgarraba los vasos sanguíneos de su credibilidad.

A Pedro se le entiende todo y por eso su victoria tendría tanto valor épico como recorrido limitado. Para rapero del populismo descamisado de ingenio viperino y sudor en el sobaco ya tenemos a Pablo Iglesias, con muy superior cacumen; y si volviera a dar otro bandazo buscando el centro, toparía con un Albert Rivera cada día más fuerte y avezado. El de Susana ha sido un discurso mucho más envuelto y ajustado a los cánones del tradicional doble lenguaje del PSOE; pero cuidado con ella, como llegue a manejar de verdad resortes de poder a nivel nacional y sea capaz de reactivar la sociabilidad política de una España profunda que sigue estando ahí.

Tanto para quien se quede con el santo y la limosna de Ferraz, como para los dos líderes de la Nueva Política que vuelve a percibirse febrilmente necesaria, el desafío será en todo caso el de encauzar la sedimentación de una mayoría social, un reagrupamiento -he aquí la palabra clave para esta hora de España- necesariamente transversal y solventemente iconoclasta, que sirva de alternativa cuando el camión de la basura colapse, cachifollado bajo el peso de sus propios detritos. Por eso es muy alentador que la moda venga de nuevo de Paris; y que la marcha de la libertad de nuestra prima Marianne haya barrido de la pasarela a la alianza de antiguallas extremistas ensamblada por Juana de Arco.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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