España en el Mediterráneo

Por Miguel Ángel Moratinos, ministro de Asuntos Exteriores (LA VANGUARDIA, 19/11/05):

La cumbre euromediterránea de Barcelona de los próximos 27 y 28 de noviembre permitirá que por primera vez los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea en su medio siglo de existencia se reúnan con sus homólogos del sur y el este del Mediterráneo. Esta circunstancia ya confiere a la cita un carácter histórico, teniendo en cuenta que la UE celebra cumbres con casi todos los grandes países o bloques regionales, excepto con los del sur más cercano. Pero la trascendencia del encuentro deriva de la voluntad de abordar unos desafíos que preocupan a la ciudadanía en España y también en toda la región euromediterránea, que tiene en su vertiente meridional retos estratégicos que pueden derivar en problemas o en oportunidades de futuro, según cómo los afrontemos. La cumbre de Barcelona, convocada con ocasión de los diez años del proceso de Barcelona, aspira a ser mucho más que una celebración. Será un momento de reflexión sobre los logros y las carencias de este proceso en su primera década de existencia, pero también nacerá un compromiso de futuro. El Mediterráneo se presenta hoy con luces y sombras. Hablaremos de la amenaza común del terrorismo, que ha golpeado ambas riberas en Londres, Casablanca, Madrid, Estambul, Ammán…, pero también de la creación de un espacio común de bienestar, de progreso económico y educación. Trataremos de buscar fórmulas de gestión compartida, equilibrada y humana de los flujos migratorios y estudiaremos cómo transformar en oportunidades la complementariedad demográfica que se dibuja entre las dos riberas. Creemos que nuestros socios del sur deben profundizar en las reformas económicas y políticas de sus países, pero también pensamos que la Unión Europea debe ir más allá de los acuerdos de 1995. A quienes estén dispuestos a seguir avanzando por la senda de la modernización, debe ofrecerles un destino común, una asociación clara con el proyecto europeo a través de la nueva política de vecindad que complementará el proceso de Barcelona. España ha colaborado activamente en la convocatoria y organización de esta cita junto a la presidencia británica de la UE. Lo hemos hecho por convicción y por necesidad, sabedores de que nuestro destino se decide también en el desarrollo del Magreb y en la pacificación de Oriente Medio. A escasos días de la cita, podemos mostrarnos razonablemente optimistas y afirmar que existe un amplio acuerdo en lo que se refiere a la necesidad de ratificar la filosofía del partenariado euromediterráneo. Las dificultades del momento y la complejidad de los problemas a los que nos enfrentamos han confirmado la necesidad de un proceso multilateral, inclusivo, progresivo como el que nació en el año 1995, que permite avanzar paso a paso. Ha llegado el momento de pasar del proceso al proyecto. España está comprometida en este proyecto desde una vocación mediterránea que ha ido pareja, en los últimos 25 años, con nuestra condición de país democrático y de nación europea. Los antecedentes de lo que luego sería el proceso de Barcelona están en el sistema complementario que el entonces ministro de Asuntos Exteriores, Fernando Morán, formuló en 1980, con el objetivo de promover la paz y la estabilidad en el Mediterráneo. Nuestro ingreso en la Comunidad Europea, en 1986, supuso la incorporación de España al grupo de países más activos en la política mediterránea. En 1989, en un artículo publicado en un diario nacional, insistí en la necesidad de que Europa tuviese una verdadera política mediterránea más allá del ramillete de acuerdos comerciales que habían sido revisados tras la adhesión de España y Portugal. En aquel artículo, titulado “El Mediterráneo: un mar olvidado”, defendí un enfoque global que diseñara los grandes principios, pero también las acciones y los proyectos de carácter operativo para el Mediterráneo. Se iniciaba así la conceptualización de lo que luego fue el proceso Euromed. La conferencia de Madrid de 1991, para impulsar la paz entre Israel y los árabes, y la de Barcelona fueron los principales logros de una década de gran iniciativa. Ésta fue una verdadera política de Estado, impulsada desde los gobiernos de Felipe González y respaldada por la mayoría de las otras fuerzas políticas. España entendió pronto que sus intereses en la región se defienden mejor desde una política multilateral, sin excluir el desarrollo de sus propias relaciones bilaterales. La conferencia euromediterránea de 1995 fue la expresión más clara de esta voluntad de reequilibrar el centro de gravedad de la Vieja Europa. Se trataba de evitar que el muro de Berlín, felizmente derribado, fuera sustituido por otro muro que la desigualdad, los malentendidos y las tensiones de todo tipo amenazaban con levantar entre nosotros y el norte de África. El proceso de Barcelona vio la luz aprovechando los resquicios de una ventana de oportunidad entreabierta que pronto volvió a cerrarse. Vinieron tiempos más difíciles, marcados por el bloqueo de la paz en el Próximo Oriente, los atentados terroristas del 11-S y cierto ensimismamiento de una Europa que puso todas sus energías en preparar la ampliación. Sin embargo, pese a este contexto adverso, la presidencia española de la UE del 2002 fue aprovechada para activar el proceso en diversos campos, entre otros el del diálogo cultural. La iniciativa española fue decisiva para que se creara la Fundación Anna Lindh para el Diálogo entre Culturas, en la conferencia ministerial celebrada en Valencia. Es lógico que el Mediterráneo constituya uno de los vértices de nuestra proyección internacional, junto a Europa y América Latina. Como recordó Braudel en su magnífico estudio sobre el Mediterráneo en la época de Felipe II, la geografía propone, aunque luego son los pueblos quienes disponen. Ningún otro país europeo escucha de tan cerca los pálpitos y los anhelos del norte de África. Situados a catorce kilómetros de la costa marroquí, constatamos a diario que nuestro destino y el de los países del sur del Mediterráneo están unidos. Lo sabemos por la geografía, pero también por la historia, que ha sido prolija en conflictos, pero también en comercio, intercambios culturales, movimientos de personas y de ideas que han configurado una relación con el mundo árabe única en Europa. El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero está firmemente comprometido con potenciar y desarrollar su política mediterránea. Pronto cumpliremos veinte años fructíferos de relaciones diplomáticas con Israel. Compartimos con Turquía el liderazgo de uno de los proyectos más excitantes del momento político actual, la alianza de las civilizaciones. Son atributos reconocidos por nuestros socios europeos y por Estados Unidos, que España pondrá al servicio del relanzamiento del proceso de Barcelona en la cumbre de noviembre. Con el horizonte de un Mediterráneo en paz y próspero, capaz de aportar a los europeos la masa crítica que necesitamos para hacer frente a los desafíos de la globalización.