España, en la ratonera de Calibán

“Our natures do pursue, like rats that ravin down the proper bane, a thirsty evil, and when we drink, we die” (Measure for measure I, 2).

Pablo Iglesias revolotea, sin escrúpulo alguno, como un ave de presa sobre el espacio urbano de Barcelona, a la espera de lo peor, pero tiene razón en algo fundamental: suceda lo que suceda, este domingo 1 de octubre de 2017 lo que él llama “el régimen del 78”, es decir la España constitucional que conocemos, habrá quedado vista para sentencia.

No en el sentido de que habrá absolución o condena para estos 40 años de imperfecta convivencia en libertad -que eso quedará para la Historia y, a nuestros efectos, dará lo mismo-, sino en el sentido de que el periodo, el modelo y el sistema habrán llegado a su fin, ante todo aquel que tenga ojos para ver.

Será una jornada clave en la que los focos de la opinión mundial se fijarán de forma simplista y distorsionada en esta extraña democracia que tiene que desplegar a miles de policías para impedir votar a millones de ciudadanos, espoleados machaconamente hacia las urnas, mientras los organizadores de tan descomunal desobediencia colectiva -que el número dos de Interior bautiza como “picnic”- continúan en sus cargos públicos, tras acumular un sin número de flagrantes delitos.

Cuando dejen de rodar los peligrosos dados del azar, los acontecimientos habrán podido alcanzar la categoría de catastróficos -no faltará incluso quien busque su Bloody Sunday– o quedarse en simplemente desastrosos. Pero nada bueno habrá sucedido para nadie. Y esa desoladora suma, necesariamente negativa, conlleva la cruz y la raya que toca poner bajo la experiencia constitucional que surgió de la Transición.

Un régimen político que no ha logrado impedir, ni por las buenas, ni por las malas, ni con el diálogo, ni con las amenazas, ni con la ley y los jueces, ni con la Policía y la Guardia Civil, lo que, en el mejor de los supuestos, será un monumental bochorno colectivo, es evidente que ha dejado de constituir un marco útil para afrontar los problemas de la sociedad española. Al menos en lo que a algo tan sustancial como el modelo de organización del Estado –el maldito Título Octavo- se refiere.

¿Qué nos ha pasado? Pues que nos hemos suicidado en los términos exactos descritos por la tremenda cita de Shakespeare que encabeza esta Carta: “Como las ratas que tragan vorazmente su propio veneno, nuestras inclinaciones corren detrás de un mal del que están sedientas, y cuando bebemos, morimos”.

El “veneno” han sido los recursos y competencias del Estado, entregados, en nombre de identidades trucadas, a las autoridades autonómicas, por parte de unos gobiernos centrales dotados de precarios mecanismos y nula capacidad política de controlar su lealtad institucional.

Eso ha permitido a tales autoridades autonómicas suministrar paulatinamente la pócima, aumentando poco a poco la dosis, estimulando las “inclinaciones”, primero de los vascos y ahora de los catalanes, hacia el “mal” del nacionalismo excluyente, del que tan fácil era hacer que se sintieran “sedientos”.

Sobre todo en medio del desierto, sólo interrumpido por los pedregales de la corrupción, que ha venido suponiendo lo español, como definición y como proyecto colectivo. Y con la fatal consecuencia para los envenenados de que “cuando bebían, morían” en su complejidad individual y en su disposición a articular una comunidad nacional por encima de los mezquinos intereses parroquiales.

Esa “muerte” de millones de individuos como ciudadanos libres e iguales, hacia la que ya progresan también tantos mallorquines, menorquines e ibicencos, una parte fronteriza de valencianos y aragoneses, un puñado de canarios, asturianos o andaluces, amén de la porción correspondiente de gallegos, augura la inexorable defunción por fallo multiorgánico de la España de la Constitución del 78.

¿Qué nos ha ocurrido para fracasar tanto? Hay una respuesta con las luces largas y otra con las de cruce.

La primera es que hemos padecido todos los riesgos del federalismo, sin ninguno de los antídotos que conlleva la regulación de su reconocimiento expreso. La segunda es que hemos preferido, en este último tramo decisivo, circular sobre el piso deslizante de una calzada helada, estólidamente aferrados al volante de una declamación huera y campanuda, en vez de proteger las ruedas del vehículo con las cadenas para situaciones de alto riesgo previstas en el artículo 155 de la Constitución. El resultado estará mañana a la vista de todos. Pero antes tendremos que tragarnos el “picnic”.

El efecto, primero embriagador y euforizante, después bloqueador y letal, del “veneno” raticida de “Medida por Medida” ha sido -por citar otra obra de Shakespeare- como el del aguardiente que los dos pícaros, arrojados a la isla, suministran al salvaje Calibán en La Tempestad. Bajo sus efectos canta y baila, lanzando desacompasados gritos de “¡Libertad, libertad! ¡Prosperidad, prosperidad!”, para reclamar la soberanía sobre la isla en la que nació.

Un bufón y un pastelero han dado alas a sus “inclinaciones”, proporcionándole la droga de la que estaba “sediento” y potenciando su rebelión contra el dominio del prudente Próspero, al que considera un ocupante extranjero. La canción de Calibán bien podría convertirse en el himno oficial del 1-O:

“No más peces que pescar,

no más leña que romper,

no más platos que lavar,

no más ropas que tender.

¡Tan, tan, Calibán,

rotos tus hierros están!”

No desbarro: algunos exégetas de Shakespeare han presentado recientemente a Calibán como una especie de freedom fighter contra el colonialismo. También como el buen salvaje de Rousseau, dedicado en su estado de naturaleza a preparar trampas para monos y ratones. Pero los críticos más solventes, desde Jan Kott a Harold Bloom, subrayan su primitivismo feroz, su falta de civilización, su condición semihumana o, para ser más exactos, de “hombre incompleto”, fácilmente manipulable, lastrado por su fanático victimismo.

Un Calibán nace pero sobre todo se hace. Estremece contemplar esos vídeos de escolares catalanes de nueve años -hijos de inmigrantes incluidos- jugando a pegar carteles “para votar y ser libres”. Estremece escuchar las consignas pueriles del Tomorrow belongs to me de la Plaza Universidad. Estremece oír la plegaria de los “cristianos por la independencia”, dignos émulos de los patriotas de 1714 que entregaron el mando a la Virgen de La Merced, en la misma iglesia de Pompeya en la que imperaban el padre Ruperto y sus legendarios huevos. Estremece comprobar cómo avanza impertérrito el Ejército de los Sonámbulos, enarbolando sus esteladas, cual estandartes sagrados, camino de la consecución de su único objetivo sobre esta tierra, sin riesgo alguno de tropezar con la razón o de resbalar sobre la lógica. Esto es lo que hemos engendrado.

Confieso mi impaciencia, pero no será hoy cuando abra el “segundo sobre”, en relación a Rajoy y su Gobierno. La única prioridad debe seguir siendo parar el golpe de Estado de Puigdemont y Junqueras. Ahora bien, una cosa es que el Ejecutivo merezca todo el apoyo de los defensores de la legalidad constitucional, mientras intente sofocar la sedición en marcha “sin renunciar a nada”, y otra que no nos demos cuenta, con desolación, consternación y espanto, de cómo ha cambiado en estas tres últimas semanas la dimensión del problema y la estrategia para combatirlo.

Hasta el bochornoso pleno de la ruptura en el Parlament, el adversario perfectamente identificable, al que había que doblegar, era el gobierno de la Generalitat, con la adenda de Forcadell y su Mesa y los líderes de Omnium y la ANC. Una vez que se permitió que, desobedeciendo flagrantemente al TC, las leyes del Referéndum y la Transitoriedad fueran votadas y aprobadas, ya eran todos los diputados separatistas los que quedaban en rebeldía.

Luego el círculo se amplió a los alcaldes dispuestos a ceder sus locales para la votación del domingo. Más tarde a los directores de centros escolares o sanitarios, elegidos para la consulta. Después a los ciudadanos dispuestos a ejercer de presidentes o vocales en las mesas, amenazados por la Agencia de Protección de Datos. Ayer ya estábamos hablando de imputar a miles de personas. Ahora el colectivo sobre el que no cabe más remedio que ejercer la coacción es ya el de la multitud de votantes que saldrán de su casa papeleta en ristre.

Cielo santo, ¿cómo es posible que hayamos llegado hasta aquí, con una base popular descontrolada e ingente, a punto de desparramarse por miles de puntos de votación, sin que se haya maniatado a la cúpula que sigue manejando los resortes de la conspiración, desde los despachos oficiales que les ha confiado el Estado al que llevan camino de destruir?

Lo que debía haberse zanjado como un torrencial pulso vertical -con su correspondiente trama, nudo y desenlace- entre Rajoy y Puigdemont, entre Soraya y Junqueras, entre Romeva y un tal Dastis, entre Ana Pastor y Forcadell, ha degenerado en una descomunal confrontación horizontal entre Calibanes y Piolines sobre un océano de gasolina que cualquiera puede incendiar.

Para miles, para decenas de miles, para cientos de miles, tal vez para millones de catalanes, la jornada de este domingo no puede deparar sino dos experiencias personales, a cual más lamentable: la de topar con un agente uniformado que les impida votar o la de lograr sortear el cerco y conseguir depositar la papeleta, a modo de transgresión heroica contra el Estado que proclama ser el garante de sus libertades. Cualquiera de los dos episodios es de los que dejan huella en sus protagonistas y en la historia oral de una comunidad. Desde ahora el vértigo del choque de trenes con España ya no será una fantasía de las élites sino una vivencia de la calle.

Ese es el gran éxito que ha cosechado Puigdemont antes de que alboree el día sobre el campo de batalla. Ha conseguido arrastrar a Rajoy -y con él a España entera- a su terreno, el de la socialización del conflicto, en la embocadura de la ratonera ante la que Calibán aguarda a sus presas, imbuido de ansia de desquite, cegado por los falsos dioses del culto a su identidad profanada, embriagado por el eco de su propio clamor de libertad.

Diga lo que diga el balance oficial de las dos partes, algo quedará roto para siempre este domingo en Cataluña. El actual Estado de las Autonomías ha fenecido, ahogado en un desbordamiento que no ha sido capaz ni de contener, ni de encauzar, ni de reprimir. Pretender extender su vigencia mediante unas elecciones autonómicas en las que todo jugaría a favor de los separatistas, como ingenuamente anhelan los valientes amigos de Ciudadanos, no serviría sino para dificultar su embalsamamiento y resurrección.

Escribo sí, resurrección, porque la oportunidad de la reforma, la renovación, la regeneración o la remudanza -conceptos tan afines a varias hornadas de la Tercera España con la que me identifico- ha pasado ante los ojos de Albert Rivera y sus demás patrocinadores entre vacilaciones y tacticismos. Después de este 1-O ya no basta el recauchutado, el parcheo o el lifting. Tenemos un cadáver -o al menos una apariencia de cadáver- sobre la mesa. Sólo insuflando un nuevo ser en ese cuerpo exánime, podremos devolverle a la funcionalidad de la vida.

Llamémosle, para tranquilidad de todos, “reforma constitucional”; pero estamos abocados a un auténtico proceso constituyente o, si se quiere, reconstituyente. No con base cero, pero sí con la determinación de escuchar a la musa del escarmiento -que decía Azaña- y evitar repetir los errores que nos han hundido en la actual miseria institucional. Y, por supuesto, parando el reloj en Cataluña, esta vez sí, por las buenas o por las malas.

Porque llegará un día en que muchos catalanes engañados en su buena fe descubrirán, al igual que le ocurre al pobre Calibán, que han seguido como si fueran “dioses” a simples estafadores y oportunistas, tan miserables como el bufón y el pastelero de La Tempestad. Pero, de igual manera que Próspero abandona la isla a su suerte para revivir en otro lugar y de otra forma, puede que en ese momento España ya no esté en Cataluña o ni siquiera exista como tal.

Hemos llegado al término de un viaje. Emprendamos otro antes de que esa “muerte imperfecta” de la que hablaba l’Encyclopedie y en la que aun nos encontramos, dé paso a una “muerte absoluta” ante la que “nullum est medicamen in hortis“. Todavía queda una esperanza, si la hora grande de la Política sucede por fin al tedio interminable de la papiroflexia provinciana.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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