España en Líbano

Por Ignacio Álvarez-Ossorio, profesor de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad de Alicante y colaborador de Bakeaz (EL CORREO DIGITAL, 08/09/06):

El envío de 1.100 soldados españoles a Líbano ha generado una agria polémica entre el Gobierno y el principal partido de la oposición durante todo el verano, aunque finalmente ha sido aprobado por el Congreso de Diputados por una abrumadora mayoría. La misión española se integrará en la Fuerza Interina de las Naciones Unidas en Líbano (FINUL), que, desde 1978 y con escaso éxito, se halla desplegada en el sur libanés con el teórico objetivo de separar a los contendientes y velar por el cumplimiento del alto el fuego. Lo novedoso en esta ocasión es que las fuerzas españolas no estarán solas, sino que formarán parte de un contingente de 15.000 efectivos, de los cuales la mitad serán europeos. De hecho, Italia, Francia, Bélgica, Finlandia y Portugal, además de España, ya han prometido el envío de militares.

La resolución 1701, aprobada el pasado 11 de agosto por el Consejo de Seguridad, impuso un cese de las hostilidades que debería ser garantizado por una FINUL reforzada. Dicha fuerza internacional debería velar por el acceso de ayuda humanitaria y el retorno de la población civil a sus hogares, así como apoyar el despliegue de las Fuerzas Armadas libanesas en la zona comprendida entre el río Litani y la Línea Azul, que marca la frontera con Israel. La operación es, ante todo, una misión de paz que tiene como principal objetivo separar a los contendientes y se enmarca, por lo tanto, dentro del capítulo VI de la Carta de las Naciones Unidas, que no otorga capacidad coercitiva a dicha fuerza (al contrario de lo que ocurre con su capítulo VII). Es también loable que la misión tenga el paraguas de las Naciones Unidas, lo que le otorga legalidad y legitimidad a un mismo tiempo, y que obedezca a un esfuerzo multilateral de la comunidad internacional para detener la guerra, en clara contraposición a lo ocurrido en Irak, cuando la intervención estadounidense fue unilateral y se enmarcó en la guerra preventiva contra el terrorismo islamista lanzada por la Administración de Bush tras los atentados del 11 de septiembre de hace cinco años.

Lo anteriormente dicho no nos debería llevar a pensar, ni mucho menos, que la misión vaya a ser sencilla y esté exenta de riesgos. La mencionada resolución también prevé que la FINUL pueda ofrecer su asistencia, si así fuese requerido por las autoridades libanesas, para impedir la entrada ilegal de armamento en el país y para garantizar que el sur quede libre de la presencia armada de Hezbolá, lo que podría desencadenar un choque con las milicias chiíes. Tampoco puede pasarse por alto el hecho de que, como en anteriores ocasiones (las resoluciones 1559 y 1680, por ejemplo), la resolución insista en la necesidad de desarmar a Hezbolá, aunque exime a la FINUL de tal responsabilidad.

Por lo tanto, el desarme depende tanto de la capacidad del Gobierno central para restaurar su autoridad sobre la zona sur del país (en la que Hezbolá ha logrado construir un Estado dentro del Estado libanés) como de la voluntad del movimiento chií de integrarse plenamente en la vida política y renunciar, de manera definitiva, a su dimensión militar. No parece plausible, en un contexto regional caracterizado por las frecuentes algaradas y los constantes enfrentamientos, imaginar que Hezbolá dará su brazo a torcer fácilmente, sobre todo si tenemos en cuenta que ha salido reforzada de la reciente crisis y que ninguno de sus dos protectores -Irán y Siria- parecen dispuestos a permitirlo. Un requisito indispensable para garantizar el éxito de la misión es que la nueva FINUL no sea percibida como un elemento hostil. En este sentido, cabe incidir en la necesidad de que las tropas comprendan la particular idiosincrasia del movimiento Hezbolá, que, junto a su brazo armado, cuenta con otras instituciones de carácter caritativo que, sin ningún género de duda, estarán presentes en el proceso de reconstrucción de las áreas chiíes más afectadas por los ataques israelíes.

La crisis de Líbano ofrece, por lo tanto, una oportunidad histórica para retomar la diplomacia, ausente de la región desde el colapso del Proceso de Oslo. Al haberse involucrado en la solución de la actual crisis, la Unión Europea pone de manifiesto su disposición a asumir un mayor protagonismo en un momento especialmente delicado en el que el enquistamiento de las crisis regionales (Irak, Afganistán, Irán, Líbano y Territorios Ocupados palestinos) podría llevarnos a una situación catastrófica. Es oportuno recordar que, en el pasado, los conflictos de Oriente Próximo siempre han dado pie a la reactivación de la diplomacia, al sensibilizar a la comunidad internacional de la necesidad de intervenir de una manera más activa para evitar nuevos brotes de violencia en la región.

Por esta razón, el envío de una fuerza internacional al sur libanés para garantizar el cese de las hostilidades debería ser tan sólo el primer paso de una agenda mucho más ambiciosa, en la cual debería figurar como prioridad absoluta la solución definitiva de la cuestión palestina, verdadero cáncer que ha contaminado las relaciones regionales y fortalecido el islamismo radical. No debe pasarse por alto el hecho de que la actual crisis arrancó con el secuestro de un soldado israelí en Gaza, hecho que desencadenó la operación ‘Lluvia de verano’, en la que ya han muerto más de 250 palestinos, la mitad de ellos civiles.

Si algo evidencia la actual situación, es precisamente el fracaso de las soluciones militares y del unilateralismo. Una mayor presencia europea en la zona es un requisito indispensable para poner nuevamente en marcha el proceso de paz de Oriente Próximo, aunque en esta ocasión deberían tenerse en cuenta los errores cometidos durante el Proceso de Oslo. El fracaso de dicho proceso demuestra que una paz asimétrica, que deje las manos libres a Israel para seguir creando nuevos hechos consumados que alteren la situación de los Territorios Ocupados e impidan el surgimiento de un Estado palestino soberano y viable, no sólo no resuelve los problemas de la zona sino que los agrava. Por esta razón sería importante ligar la misión en Líbano a la reanudación del proceso de paz. En el caso de que en el sur libanés se logren los objetivos fijados por la resolución 1701, la Unión Europea debería insistir, como ya ha sugerido el ministro de Asuntos Exteriores italiano Massimo D’Alema, en la necesidad de que una misión de características similares se despliegue en Gaza.