España en su tristeza

EN 1677 vio la luz, a modo de opera posthuma, uno de los textos capitales de la historia del pensamiento, pieza fundamental dentro del rico acervo de Occidente y una de esas contadas lecturas que cualquier persona sensata, no tanto por un prurito de sabiduría cuanto por un escrúpulo de inteligencia, debería satisfacer al menos una vez en la vida. En ese libro ineludible, en su parte tercera, titulada «Del origen y naturaleza de los afectos», su autor, Baruch Spinoza, desarrolló uno de los capítulos cruciales de dos mil años de aventura filosófica: su teoría de las pasiones.

Así, en la almendra misma de la Ética, junto al debate a propósito del estatuto de las causas finales, la concepción de la sustancia o el dibujo nítido de una existencia regulada por la pertenencia a una comunidad democrática, el pensador judío prestó su pluma a la discusión acerca del drama humano: qué tememos, qué anhelamos, qué odiamos, qué amamos, por qué nos conmovemos. Para ello, y partiendo de dos principios, la alegría y la tristeza, y de una certeza inobjetable («Cada cosa se esfuerza, cuanto está a su alcance, por perseverar en su ser»), Spinoza dedujo el árbol completo de las pasiones del hombre, ofreciendo para cada una de ellas su exacta definición.

La tristeza, afecto seminal, quedó registrada como «una pasión por la cual el alma pasa a una menor perfección». Trescientos años más tarde, uno de los más agudos comentaristas del maestro holandés, Gilles Deleuze, añadiría una memorable glosa a la fórmula spinoziana: «La tristeza no vuelve inteligente. En la tristeza estamos perdidos. Por eso los poderes tienen necesidad de que los sujetos estén tristes. La angustia nunca ha sido un juego de cultura, de inteligencia o de vivacidad».

Desde que el mundo en que vivimos y nos conforma, esa compleja constelación de significado llamada Europa, vive atrapado en su actual estado de deterioro, el maldito gato sin cascabel que, a falta de una palabra más precisa, hemos dado en llamar crisis empleando un venerable vocablo griego, se ha venido prestando una desmesurada atención a los aspectos materiales de este fracaso (las casas que ya no podemos habitar; los objetos que ya no podemos adquirir; el dinero que, como mercancía donde el resto de mercancías expresan su valor, ya no podemos intercambiar), pero se ha desatendido al inmenso patrimonio intangible que la tormenta viene destruyendo. No me refiero sólo a los valores, esas ideas mayúsculas y ardientes que tanto costó conquistar y encarnar (paz, justicia, conocimiento, equidad, libertad), sino también a los afectos: la alegría devastada, la felicidad en fuga, la empatía en retroceso, la confianza en quiebra, tanta tristeza inmisericorde.

Sospecho que en el futuro, cuando se redacten las grandes ficciones que reflejen este actual periodo de miseria moral, desencanto y desconcierto, cuando pase esa cuarentena de la sensibilidad y de la intelección casi siempre necesaria para cifrar con talento qué es lo que sucedió en determinado momento histórico (es sabido que no se escriben buenas novelas de amor mientras se está enamorado), los narradores, los autores teatrales y los poetas definirán esta época no sólo como el tiempo de nuestra vergüenza, sino ante todo como el tiempo de nuestra aflicción. Y sospecho también que apuntarán en la contabilidad de esa tristeza a los principales responsables de su abundancia, los gobernantes, gestores de la res publica que no sólo deben velar por el bienestar de sus conciudadanos en el orden material, consagrado en los derechos constitucionales (vivienda, trabajo, educación: esas menudencias), sino que deben igualmente atender al bienestar de sus contemporáneos en el capítulo de los afectos, ese amplio abanico de criterios que no computan en el cálculo del Producto Interior Bruto de un país ni afectan a sus variables inflacionistas, pero que definen, en buena medida, un clima, una convivencia, una forma de estar en el mundo; en definitiva: una idiosincrasia. esde esta óptica, el añadido de Deleuze al texto de Spinoza, ese cultivo interesado de la tristeza por parte del poder, entraña una reflexión decisiva. Un país triste, y España lo es hoy sin duda (basta hacer la compra con cierta asiduidad; basta tener amigos en la Universidad; basta ser padre para saberlo), significa, en efecto, un país «perdido». Y perdido en el sentido inmediato, físico, geográfico del término. Un país que no sabe hacia dónde va; un país en el que ni siquiera se sabe si es posible permanecer. El drama íntimo de la España actual es esta tristeza de la brújula rota, la fractura entre el paisaje y el paisanaje, la búsqueda confusa y compleja de un horizonte que allá fuera, allá lejos, promete un porvenir que, de pronto, aquí y ahora, se tiene por imposible, por inalcanzable, por «perdido».

Los jóvenes que huyen, las generaciones que no regresarán, la sensación de que la vida, su mera expectativa, está en otra parte, trae recuerdos de un tiempo que creíamos ya sólo posible como estampa folclórica: el español con su maleta, el español con su nostalgia de una lengua, de una dieta o de una luz, el español con su exilio de meridional. Este bucle atroz es una herida sangrante, que deja huellas profundas, porque la pena de una sociedad es un tóxico brutal y paralizante.

La alegría no cotiza en Bolsa, cierto, pero es un combustible que no se puede comprar sólo con monedas. Así, en el debe de los últimos Parlamentos de este país, desde la deriva atroz de la segunda legislatura del Gobierno Zapatero hasta la austeridad claudicante del actual Gobierno Rajoy, queda algo más que paro, pobreza y recortes. La infelicidad que los gobernantes nos llevan inoculando en el ánimo desde hace ya demasiado tiempo es un humor perverso y fétido. Y el discurso maquiavélico de «es por vuestro bien» ya no mueve a engaño. A este ritmo, cuando despertemos del diluvio, saciados y en paz con nuestros acreedores, todos habremos muerto de tristeza.

Ricardo Menéndez Salmón, escritor.

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