España entre sus grietas

Resulta envidiable la vigorosa lucidez con que los periodistas de los programas radiofónicos matutinos analizan con sus contertulios la realidad política del momento, a unas horas en las que la mayoría de los mortales aún tenemos entumecidos nuestros engranajes físicos y mentales. Cabe suponer que, en gran medida, son programas concebidos para esos paréntesis de tiempo, funcionalmente improductivos, que pasamos en el coche mientras vamos de nuestras casas al trabajo, aptos, sin embargo, para expandir mensajes entre unas sensibilidades todavía algo adormecidas y hasta cierto punto, inermes. El tiempo es también una mercancía y, como tal, en cada momento se modela conforme al perfil del consumidor. Pero la verdadera importancia de esos programas, cuya estructura responde, sin duda, a lo que entendemos por Radio en su imbatible grandeza comunicadora, está en dejar establecida, ya desde el inicio del día, una determinada «forma de país» dentro de la cual caben la información y la doctrina, la ilustración y el ruido, lo trascendente y lo banal. Pero en todo caso hay algo en la radio -probablemente sea el desafío del directo- que se resiste a la artificiosidad de otros medios. Es difícil que la radio engañe, y lo que ella comunica es lo que hay, guste o no, porque la autenticidad de lo transmitido constituye su ventaja comparativa y su principal motivo de seducción.

España entre sus grietasAsí las cosas la sociedad que se asoma en estos programas mañaneros es auténtica, pero, ay, es la de un país sociológicamente reducido a una limitada versión oficial de sí mismo, políticamente endogámico y esencialmente capitalino. Esta suerte de simplificación de la vida pública, en lo que a la «rabiosa» actualidad se refiere, no es algo que deba sorprendernos demasiado en una España que decidió encajonar su realidad plurinacional -o como rayos se llame ahora su esencia constitutiva- en los casilleros de sus autonomías. Así pues, ya en las primeras horas de la mañana, la radio, a través de sus diferentes emisoras nacionales, nos deja claramente diferenciada lo que oficialmente es la España sustantiva de lo que es su secundaria periferia. En cierto modo, hoy España es sólo la pista central donde se juega el ya cansino partido entre Madrid y la otrora bienquista Cataluña. Con un optimismo similar al del Good Morning América de ABC News, las radios nacionales parecen decirnos a hora temprana no sólo «Buenos días, España», sino también, y de una forma subliminal, «esto» es España y lo que hay fuera es accesorio porque el país, en su configuración político-mediática, así lo ha querido y no hay más que hablar.

Pero hete aquí que algunos insubordinados oímos también a esa hora el programa de Radio Clásica Sinfonía de la mañana, en el que predominan las peticiones del oyente. El clima y el concepto mismo del programa nos sumen en la añoranza por aquellos tiempos del disco dedicado y quizás resulte algo anacrónico, pero no por ello deja de ser un contrapunto verdaderamente balsámico al electroshock matutino de la actualidad política. El holocausto educativo al que la democracia nos sometió puede llevar a preguntarnos seriamente -entre otras amputaciones del conocimiento universal- quiénes disfrutarán con Beethoven cuando hayamos muerto, pongamos por caso, pero al menos ese programa da algunos motivos de esperanza. Hace unos días una señora de Guadalajara, con un castellano preciso y melodioso, solicitó la bellísima canción Blow the wind southerly, cantada a capella por la añorada y prodigiosa contralto británica Kathleen Ferrier. No fue la única petición interesante de ese día, dentro de un repertorio enormemente variado. Pero lo inusitado del caso no era el contraste temático con las emisoras de máxima audiencia. Lo verdaderamente insólito era el hecho de comprobar (o quizás sólo intuir) que tras las rendijas de una España ya predeterminada en su pétrea oficialidad, tópica, denostada, centrífuga y, desgraciadamente, arrinconada por nosotros mismos en un apartadero de la historia, asomara otra menos visible, quizás más introspectiva, serena y discreta como para no requerir la atención del fabuloso negocio del Ruido, que junto con la Nada es el mayor generador de plusvalía de la economía postmoderna.

En la burbuja del coche, ahora ya sí confortable frente a la aspereza del entorno urbano, de la impertinencia de los semáforos (siempre funcionando en contra tuya, por Ley de Murphy), del frío exterior de este invierno polar, de la agresividad de los otros conductores, o el reloj implacable como el del bolero de Lucho Gatica… todo se desvanecía por la voz de Kathleen Ferrier; pero sobre todo por la efusiva corriente afectiva establecida de repente con unos radioyentes que, aparte de compartir con ellos la sensación de dignidad que produce el placer de la música, transmitían una idea tan poderosa como desapercibida, a pesar de tenerla delante de nuestra narices: la de que existe mucha cantidad de vida -y mucha cantidad de país- detrás del rancho obligatorio que nos ofrece una realidad que, a fuerza de repetirse, acaba siendo monótonamente cuartelaria.

La modesta moraleja de esta fútil historia es tan simple como ella misma. Ni el más misántropo de nosotros podemos resultar indemnes a la influencia de la sociedad que nos rodea, no ya lo que pudiera afectarnos de su agresiva acción política o administrativa (el corpus legislativo de la España autonómica es hoy el campanario en manos de un loco, en sacrílega versión del poema de Neruda), sino de una idea general de nuestro país que acaba condicionando nuestra propia percepción individual. Cuántas de nuestras frustraciones personales tienen su origen en las de una España oficial que nos suministra el aire que respiramos. Pero por muy polucionado que esté, el remedio no es una mascarilla protectora de individualismo, sino tener la determinación de encontrar otra España más estimulante que la que nos invade por los mil poros indefensos de nuestras vidas. Está en las cartas al director de algunos periódicos, generalmente sensatas y bien escritas por autores que, al carecer de nombradía, llamamos anónimos, como si no tuvieran detrás una intensa vida cultural y humana; está en magníficos artículos de diarios regionales y provinciales de la España ensombrecida; está en esos pueblos y ciudades que han utilizado atinadamente la lluvia de fondos europeos para proyectar sus pasados en esplendorosos presentes… Te das cuenta entonces que España es una roca de apariencia sólida pero veteada, en cuya composición no se ponen de acuerdo acreditadísimos expertos en mineralogía histórica. Alguna razón debía de tener el genial y extravagante John Ruskin cuando para penetrar en la historia de los países y en la belleza de sus paisajes necesitó también estudiar sus minerales. Y es que las grietas de esa roca posiblemente sean las únicas rendijas por las que se asome otra materia algo más noble de la que estamos hechos aunque no nos demos cuenta. El cineasta José Luis Garci suele decir que no nos queremos, y probablemente sea así porque nos conocemos muy poco, en nuestro presente y en nuestro pasado. Los oligopolios mediáticos, el predicamento de los hermeneutas de la realidad, la penetración incisiva de la barbarie bajo las más ridículas formas de corrección política, la invención adanista de una realidad para quienes el tránsito entre generaciones no se hace por medio de solapes sino por saltos en el abismo, la interrupción sistemática de cualquier forma de flujo cultural por el garabato de una ocurrencia o vomitonas de banalidad. No, ese panorama que parece traducir la vertiginosa mutabilidad de los tiempos modernos, y que para algunos es el testimonio de un saludable nervio social, no es otra cosa que espejismos del pensamiento único. Admiro sin reservas a los profesionales del periodismo que nos enfrentan a diario con el espejo de nuestro país. Pero eso no nos exime de la obligación íntima y, hasta cierto punto clandestina, de buscarnos a nosotros mismos huroneando por las grietas de otra España que no está en el primer plano aunque la tengas a tu lado; una España, por ejemplo, que te surge insospechadamente de una melodía lejana traída en el frescor de la mañana por una encantadora española de Guadalajara.

Salvador Moreno Peralta es arquitecto urbanista, académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo.

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