España es donde vivo

Por Antonio Rivera (EL CORREO DIGITAL, 13/10/07):

En 1898, el concejal Facundo Perezagua, creador del socialismo vasco, se negó a votar una suscripción patriótica propuesta en el Ayuntamiento de Bilbao a favor de las tropas españolas en Cuba. Increpado por un edil carlista, al que respondió que su patria era el mundo, éste apretó más y le inquirió, entonces, qué era España para él. Perezagua, toledano y bestia negra del nacionalismo vasco, que lo tenía por la quintaesencia del españolismo, respondió: «España es donde vivo».

La relación de la izquierda vasca con el patriotismo ha sido tradicionalmente difícil. En su origen, ésta bebió del mismo internacionalismo doctrinario que todas. «Mi patria es el mundo, mi familia la humanidad (ven Señor Jesús)», rezaba la sentencia aprendida por generaciones. La consideración de la cosa nacional se interpretaba como una rémora inútil a la principal preocupación que debían tener los trabajadores con espíritu manumisor. Los obreros, como también rezaba aquella mitad de la frase del ‘Manifiesto’ de Marx y Engels, no tienen patria. Razón de más para no ocuparse en buscarla. Aunque sólo los más leídos y formados sabían que la afirmación de aquellos barbudos seguía así: «Mal se les puede quitar lo que no tienen», que daba lugar a un recorrido aproximadamente inverso al apreciado con la frase cortada.

Sin embargo, la distancia respecto de lo nacional no radicaba sólo en ese doctrinarismo sino que se alimentaba de un factor más determinante: el discurso patriótico era habitualmente el usado por las clases dominantes para subordinar a los trabajadores. Detrás de la bandera se encubría el gobierno de unos sobre otros, la explotación de unos sobre otros, y el Estado-nación dispuesto en beneficio sólo de unos pocos. Aún más: los contenidos manejados por el discurso nacional definían unos valores con los que poco o nada tenía que ver la tradición de izquierdas. Así, frente a la primacía de lo territorial, la defensa de la igualdad de los individuos más allá de su origen y de su lugar de origen; frente a la idea conservadora que subyacía en la continuidad de la nación, la propuesta revolucionaria de asentar el futuro sobre bases nuevas (‘del pasado hay que hacer añicos’); frente al clásico emparejamiento de las ideas de patria y de religión, el anticlericalismo original de aquella izquierda decimonónica.

Esto no fue así en todas partes, pero sí en la mayoría. No fue así en Francia, donde lo nacional nació de una revolución. Pero incluso allí, al cabo de los años, la nación republicana acabó siendo una nación burguesa (cuando no también reaccionaria) a la que se enfrentaron los trabajadores y la izquierda. Lo fue con claridad en España, donde la idea de nación vino de la mano en el siglo XIX de la de monarquía (liberal, pero nada democrática y sí oligárquica), de la de religión e incluso de la de unitarismo territorial, ajeno a la realidad plural de sus territorios. A la postre, y a pesar de un nacionalismo español liberal y progresista, surgido ya en Cádiz y en su Constitución del 12, primó sobre todo una idea de España construida desde valores harto conservadores, católicos y uniformistas, cuando no, como pasó en la sucesión de dictaduras del siglo XX, abiertamente reaccionarios y autoritarios.

Pero la vacuna del patriotismo la adquirió la izquierda original vasca no tanto con el español como con el vasco. Fue el nacionalismo vasco el que en el cambio de siglos vino a representar la formulación política y social más dura y depurada de un discurso, hasta entonces mantenido por todos (de carlistas a republicanos, pasando por los inevitables fueristas), que excluía al mundo del trabajo, tanto en términos sociales como políticos y económicos. El nacionalismo vasco aranista no solo resumió lo que podríamos llamar la ideología de la clase dominante -entonces inequívocamente ‘vasquista’-, sino que por sus orígenes ideológicos tradicionalistas se proyectó como la inversa de los valores del pensamiento y acción progresistas. Era reaccionario, integrista, conservador, racista, despreciativo de los trabajadores y, además, antiespañol y antiespañolista. Aquellos socialistas vascos se formaron con una tripleta básica (que luego depuraron): clasismo rudo, anticlericalismo y antinacionalismo.

Ese antinacionalismo trató de conformarse a un tiempo como antinacionalista vasco, por las razones expuestas, pero también como antinacionalismo español, primero por burgués y dominante, pero luego por farsa patriotera para encubrir intereses egoístas de clase. ‘El patriotismo del 5 por ciento’, que se decía cuando la guerra cubana, refiriéndose a los beneficios que proporcionaba a los ricos la deuda de guerra mientras sólo los pobres iban de soldados a la isla. ‘Ni la Marcha Real, ni la de San Ignacio’, sintetizaba ese rechazo por partida doble a discursos patrióticos enfrentados. Un común argumento les servía para quitarse de en medio a uno y otro: los dos nacionalismos, el español y el vasco, eran sobre todo conservadores, cuando no reaccionarios, y eso pesaba más en el rechazo que la condición burguesa del primero o la separatista del segundo.

Cierto es, sin embargo, que a partir de un momento ese socialismo vizcaíno, sin dejar de ser lo que era, optó por acentuar su dimensión antinacionalista vasca y por instrumentalizar un españolismo -eso sí, de semántica progresista- para sus intereses electorales. Fue a partir de 1918, cuando Indalecio Prieto se hizo con el acta de diputado por Bilbao, empujando a los extremos marginales a dos nacionalismos que le podían emparedar o, como pasó, hacer emerger por astuta presión de contrarios. Incluso en esos tiempos, Prieto no fue tanto un españolista sentido -lo fue ya durante el exilio- como pragmático, añadiendo a esa convicción mucho de bilbainismo y de vasquismo.

Como también, en sentido contrario, fue muy instrumental el acercamiento al nacionalismo vasco que tuvo el comunismo de los años treinta, el del consjero Astigarrabía: todo era bueno para el convento -incluida la lucha nacional conducida por reaccionarios- si mermaba las fuerzas del enemigo burgués (en este caso, el Estado español). Años más tarde, ETA sintetizó las malas relaciones entre lo nacional y lo social en Euskadi, acudiendo (una feliz idea de Joseba Arregi) a la invención de un sujeto ex novo, el Pueblo Trabajador Vasco, que lejos de superar el problema se limitó a derivarlo y perderlo por derroteros que conocemos.

Más allá del Ebro no ha operado históricamente en la izquierda la competencia de la nuestra con un nacionalismo como el vasco. En su caso, (y al margen la situación catalana) el choque con el nacionalismo español no le llevó a preguntarse por la cosa nacional -el socialismo español no ha tenido grandes teóricos, y menos de este asunto-, y las clases dominantes españolistas no basaron su empeño nacionalizador, precisamente, en la participación popular. El Estado-nación español ofreció poco, fue poco eficaz en el uso de sus recursos materiales y en sus atractivos ideales, discursivos. De la lucha por los valores nacionales, entre liberales y reaccionarios, salieron mejor parados estos últimos (Menéndez Pidal antes que Galdós, Joan Maragall o Bosch Gimpera). Finalmente, como decíamos antes, las dictaduras de Primo de Rivera y, sobre todo, la larguísima y feroz de Franco, identificó autoritarismo y España, privando de discurso nacional no solo a los nacionalistas ‘periféricos’, empujados al secesionismo abierto o latente, sino también a esa izquierda y a ese pensamiento liberal condenado como ‘anti España’.

En esa tesitura, definitivamente tras la guerra civil, ser español y de izquierdas (o simplemente liberal) ha sido una cosa complicada más allá del Ebro. Y si aquí a veces no lo ha sido tanto, fue sobre todo por reacción al agobio. (Un día habrá que explicar por qué la inteligentsia españolista -publicistas, periodistas, historiadores populares – se nutrió -y nutre- en tanta proporción de vascos).

Pero, además, y esto es más importante y se siente con más pasión y seso en Euskadi, no se es antinacionalista vasco o no nacionalista vasco por serlo español: se es porque no se concibe ni comulga ni siente la propuesta emocional y política del nacionalismo, cualquiera que éste sea. Más todavía: no se es nacionalista porque los valores en torno a los cuales uno articula su vida y su idea de la organización social no son territoriales ni ancestrales ni respetuosos con la tradición, y sí, por el contrario, partidarios de la novedad, del cambio y, sobre todo, de otras cosas como la libertad, la justicia social, la democracia o la ciudadanía.

Por eso, cuando ahora se cruzan apuestas sobre quién es más españolista -ahora que ya abominábamos de las apuestas sobre quién es ‘más vasco’-, ahora que se (im)pone de moda la bandera, el himno con letra, el orgullo patrio y tantas y tantas cosas tan alejadas de gentes que no sentimos nada al respecto, es oportuno recordar algo del pasado, de las razones de pensar como pensamos (y sentimos), y de la fortaleza y superioridad cívica y ética de valores muy distintos y alejados de los territoriales y patrios. Es una carrera ésta de los vídeos, de los desfiles y de las banderas en la que a la izquierda no se le ha perdido nada. Que puede reportar dividendos políticos y electorales, pero que ésos no se combaten ni engañando ni engañándonos con un fervor que no es el nuestro, sino blandiendo y defendiendo valores de convivencia y democracia mucho más elevados. Mucho menos viejos, pero (esperemos que) mucho más eternos.

En consecuencia, recordando al viejo Brassens y a todo lo que nos enseñó, entono este 12 de octubre en su memoria aquella estrofa que dice: «En la fiesta nacional yo me quedo en la cama igual. Que la música militar nunca me supo levantar». Esa norma, y trabajar, y contribuir al progreso social, y respetar a los demás, y hacer lo posible porque la mayor cantidad de gente tenga la mayor cantidad de felicidad, es la única manera que conozco de honrar, como ciudadano decente, al ‘lugar donde vivo’. Las otras prácticas se quedan para los que escuchan sus voces ancestrales o tienen la (para mí) insólita manía de guardar la enseña patria en un armario y sacarla al balcón en las solemnidades.