España está enferma

Pasado el tiempo suficiente para que hayamos constatado lo que sólo podían dudar los ingenuos –y entre ellos no supongo incluido al Gobierno–: que unos miserables no dejarían de manipular un acto tan doloroso como la masacre terrorista de las Ramblas, las personas decentes que se niegan a permanecer en la ceguera, que son la mayoría, deben extraer consecuencias.

Ha quedado claro que para los independentistas no cuenta el pueblo español ni más pueblo catalán que el que les aplaude. Y sobre estos ciudadanos autoexcluidos de la generalidad de los españoles hay que preguntarse qué les ha llevado a convertirse, desde la normalidad de juicio que habría de suponérseles, en depositarios de una evidente animadversión cerril, de un entendimiento dañino de los hechos diferenciales, y a considerar reales unas supuestas demandas no atendidas a las que disfrazan, impropiamente, con basamentos históricos.

Es obvio que a construir una evolución tan ilógica han contribuido tanto una Educación sectaria como una enseñanza de su Historia exenta de rigor y de verdad, y, desde ella, una deformación de la realidad en el pasado y en el presente ofrecida en los ciclos educativos durante un extenso periodo de tiempo –casi tres generaciones según las cuentas de Ortega– asuntos que, por conocidos para quien tenga un mínimo interés histórico, no merece la pena detallar ya que hemos asistido a ejemplos deformadores con los tintes grotescos de caricaturas. Los sucesivos Gobiernos han hecho dejación de su deber como vigilantes de los contenidos educativos.

Sucesivos presidentes de Gobierno, unas veces por convicción ideológica y las más por intereses políticos de partido, fueron ampliando transferencias y concesiones, y así el llamado Estado de las Autonomías es, de facto, un Estado federal. Ese federalismo que anuncia algún dirigente de partido, si fuese sensato, añadiría poco a lo que conocemos. La España asimétrica de ayer es ya simétrica.

Hasta las últimas transferencias, la Administración del Estado ha traspasado dos millares de competencias a las Comunidades Autónomas. El paquete mayor lo ha recibido Cataluña con casi doscientas. En el plano de las concesiones por motivos de interés a corto plazo, se tomaron decisiones que, nacidas de demandas de la Generalitat, afectan a toda España, como la supresión de dos instituciones señeras: los gobiernos civiles y las capitanías generales. Los estudiosos deberían reflexionar sobre si el proceso ha sido positivo para el conjunto de los españoles. No estoy demandando, ni deseando, una marcha atrás que no sería entendida y, en todo caso, no resultaría posible sin una ruptura indeseable, pero se me antoja interesante profundizar dialécticamente desde el rigor en el «debe» y el «haber» de lo vivido.

La masiva movilización ciudadana tras el abominable atentado terrorista se vio empañada, además de por un provincianismo de mirada corta que fuera de España nadie entendió –no acudieron representantes extranjeros cuando sí lo hicieron en situaciones europeas precedentes–, por la acción de activistas del independentismo más rancio, algunos de ellos conocidos ya como provocadores, de modo que desde el buenismo de unos y la manipulación de otros no sé sabía quiénes eran las víctimas y quiénes los verdugos. En ciertas pancartas los culpables parecían el Rey y Rajoy. Manipular hasta desnaturalizarla desde el prisma independentista una movilización que representaba a todos los españoles y los unía en el dolor, fue deplorable. Nadie hablaba de justicia sino de paz. Parecía que se lamentaba un «atropello» viario, que así lo había considerado en un tuit el patético dirigente de lo que queda de comunismo.

Sobre la manifestación de Barcelona me extrañó no ver reflejado un hecho elemental que se da en el caso de cualquier Jefe de Estado del mundo: todo acto al que asiste el Rey lo preside el Rey, y esa realidad no se altera por el lugar físico que –otra vez el buenismo– haya aceptado ocupar en el acto, ni por el deseo de una alcaldesa sin lecturas ni poso cultural alguno. Es conocida la anécdota de don Alfonso XIII al que un despistado mandamás ofreció su asiento cuando el monarca se presentó de improviso en una celebración. «No se preocupe –le dijo sonriendo– la presidencia está en donde yo esté». Entonces la política no tenía la fortuna de contar con una Colau ni con un partido serio que aupase a ignorantes como ella hasta responsabilidades que sin su apoyo no hubiesen ostentado nunca.

España está enferma y su medicina no es la amabilidad de un buenismo suicida. Ni los independentistas van a renunciar a su órdago ni el Gobierno de la Nación puede permitirse otro 9 de noviembre de 2014. Su credibilidad nacional e internacional está en juego.

Juan Van-Halen, escritor.

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