España, los titiriteros y la poetisa

El encarcelamiento de dos titiriteros acusados de ensalzar a ETA, ordenado por el juez de la Audiencia Ismael Moreno, resulta sencillamente escandaloso. Que se vaya presentar, por parte de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, una querella contra la alcaldesa Manuela Carmena por esos hechos remacha el despropósito. La obra, programada durante el carnaval madrileño, se llama ‘La bruja y Don Cristóbal’ y cuenta la historia de un policía corrupto que pretende incriminar a una bruja por un delito de terrorismo. Se incluyen escenas violentas y uno de los personajes blande una pancarta con el siguiente juego de palabras: ‘Gora Alka-ETA’. Pero es ficción, es una obrita teatral. El único problema real, de verdad, en mi opinión, es que fue programada para niños y, por tanto, alguien o algunos la pifiaron del todo.

Ha coincidido en el tiempo otro berenjenal similar, por lo que los dos actos se hacen eco. Lo causó el poema ‘Mare Nostra’ recitado por su autora, Dolors Miquel, durante la entrega de los premios Ciutat de Barcelona. Alberto Fernández Díaz abandonó el Ayuntamiento al sentirse ofendido como católico. La Asociación Española de Abogados Cristianos denunció penalmente a Ada Colau y a la poetisa. También la entidad e-Cristians se apuntó a denunciar. El arzobispado de Barcelona, en cambio, prefirió no «alimentar polémicas». Algunas personas se manifestaron después en la plaza de Sant Jaume para mostrar su enfado. También unos cientos de personas lo hicieron en La Cibeles madrileña en defensa de los titiriteros.

Me abstengo de valorar la obra o el poema: no es relevante para la reflexión que quisiera plantear. Solo desearía hacer un apunte, en cuanto a Colau y el Ayuntamiento. Es contradictorio asegurar que se dio total libertad a los responsables de diseñar el acto para luego ponerse a defender a capa y espada el contenido del poema desde la trinchera partidista, desde el puro ideologismo.

La libertad de expresión es un derecho irrenunciable, constitutivo, sin el cual una democracia no puede llamarse a sí misma democracia. Y tiene unas características peculiares, pues al ejercerse suele comportar un efecto negativo en terceros. En realidad, uno demuestra creer en ella cuando lo que se expresa no le agrada. De igual manera, cuando alguien hace uso de su libertad de expresión debe entender que los demás, pocos o muchos, manifiesten en público su crítica, rechazo o indignación. En este punto cabría preguntarse cómo hubieran reaccionado los que hoy defienden enérgicamente a los titiriteros y los versos de ‘Mare Nostra’ ante hechos similares en sentido ideológicamente opuesto.

Hechas estas consideraciones, y pasando a los dos casos -cuando hablamos de los límites de la libertad de expresión, a menudo solo podemos pronunciarnos con cierto rigor teniendo en cuenta los hechos y las circunstancias concretas-, pienso que, como decía al principio, es un o disparate la actuación del juez en el caso de los titiriteros. Igualmente, no comparto el afán de algunos sectores de la derecha o religiosos para acudir a la justicia, menos aún blandiendo acusaciones penales.

Contrariamente, creo que la avalancha de críticas que tanto ‘La bruja y Don Cristóbal’ como el poema han recibido son legítimas y deben, como mínimo, ser toleradas. Como señalaba antes, cuando uno ejerce la libertad de expresión necesariamente debe aceptar que los demás también lo hagan.

En otro plano, más general y profundo, y que no podemos obviar, cabe preguntarse por la madurez democrática de un país -España, Catalunya-, donde abundan episodios similares o paralelos a los comentados. No creo que a nadie se le oculte el subdesarrollo de nuestra cultura democrática en relación al grueso de los países de nuestro entorno. Este subdesarrollo se halla en la base del clima de tensión política constante y casi palpable, agravado, por diferentes motivos, entre ellos la mayoría absoluta de Aznar del año 2000.

Mi tesis es que la cuestión no resuelta de la guerra civil y el franquismo tiene mucho que ver en todo ello. El pacto para aparentar que todo se olvidaba y no pasar cuentas con la historia, especialmente, pero también la pervivencia de estructuras -como la reconvertida Audiencia Nacional- y mentalidades predemocráticas han desembocado en una situación muy preocupante (como demuestra también la incapacidad patológica para aceptar la diversidad nacional). Una situación que no podrá resolverse, me temo, hasta que no se complete realmente la transición a la democracia, transición que funcionó para salir del paso, para poder salir adelante, pero que, en términos democráticos, se ha revelado, amén de insana, peligrosamente disfuncional.

Marçal Sintes, periodista. Profesor de Blanquerna-Comunicación (URL).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *