‘España negra’

Compruebo una vez más que las instituciones culturales catalanas o, mejor dicho, las personas que las dirigen tienen, desde hace mucho tiempo, cierta tendencia a olvidar a los autores foráneos, músicos, escritores o pintores cuyas obras y vidas han estado o están vinculadas a Catalunya. Viene eso hoy a cuento de Darío de Regoyos, que murió en Barcelona en 1913 y en diversas etapas de su vida residió y pintó en esta ciudad. Por tales razones me parece lamentable que la exposición retrospectiva que se exhibe en el Museo Thyssen de Madrid, procedente del Museo de Bellas Artes de Bilbao, no haga escala en Barcelona, antes o después de ir al Museo Carmen Thyssen de Málaga, donde, al parecer, acaba su itinerancia. Considero una pena que los catalanes no puedan ver la antológica, organizada con motivo del centenario de la muerte de Regoyos, un pintor que desde su primera visita a Barcelona en 1894, tras su regreso de Bélgica, se sintió fuertemente atraído por la ciudad, trabó amistad con los modernistas más destacados e influyó en artistas tan importantes como Nonell o Picasso.

Regoyos tomó parte en la Segunda Exposición General de Bellas Artes de Barcelona, en 1894, con el cuadro El mes de María, que no ganó ningún premio sino sólo un diploma, obra que sus colegas Rusiñol, Casas y Pichot, entre otros, adquirieron en comandita. Tal vez fue durante esa primera visita que “aquellos chiflados modernistas”, como los llamaba cariñosamente, con los que compartía largas tertulias en noches de absenta y otras hierbas en Els Quatre Gats, cuando le presentaron a un tal José María Roviralta. Este, que acabaría por ser mecenas de la cultura, era por entonces todavía un estudiante que vestía, según cuentan, las aparatosas chalinas y el chambergo característico de los modernistas. Quizás ya barruntaba escribir el irrepresentable poema Boires baixes, que editó en 1902 en un bellísimo volumen, con ilustraciones de Lluís Bonnín y partitura de Enrique Granados –otro olvidado por la cultura oficial catalana–, que habría de situarle entre las filas del movimiento modernista.

Fuera entonces o más adelante, lo cierto es que Roviralta y Regoyos trabaron relación y, aunque algunos estudiosos aseguran que ambos fundaron la revista Luz en 1897, puedo garantizar por mis pesquisas que no hay rastro de la presencia de Regoyos hasta el número seis de la segunda época. Es cierto que a partir del número diez una breve nota nos advierte que desde aquel momento “se encarga de la dirección artística de este periódico el genial y personalísimo artista Darío Regoyos”, pero esa dirección duró poco ya que la revista termina con el número doce, en diciembre de 1898. No obstante Regoyos había empezado a colaborar en Luz en el número ocho y seguiría haciéndolo como ilustrador y traductor de cuatro crónicas hasta el cierre de la revista. Se trata de la serie que, con el título de “España negra”, firma su amigo el poeta belga Emilio Verhaeren, junto al que diez años antes, en 1888, había viajado por España. Ambos con ojos guadaña se fijan en especial en los aspectos más sórdidos, oscuros y degradados de la realidad. A su regreso a Bruselas, Verhaeren publica en la revista L’Art Moderne, cuatro crónicas con el título “Impressions d’artiste” dedicadas a Darío de Regoyos.

Al comparar los textos que ven la luz en L’Art Nouveau y los publicados con el nombre de Verhaeren en Luz, no podemos dejar de sorprendernos. Observamos, en primer lugar, que la traducción de Regoyos es muy sui géneris ya que suprime párrafos, añade otros de su cosecha intercalándolos entre los fragmentos de la traducción, y se permite acotaciones como esta: “Aquí el poeta empieza a exaltarse; dice que quiere ver los cementerios, en todos los pueblos que visitamos hasta llegar a crearse él una España negra”, afirmación que le viene de perlas a Regoyos para atribuir a su amigo, que al fin y al cabo es un extranjero, el rótulo “España negra”. Por el contrario Verhaeren afirmará posteriormente que procede del pintor.

Cuando desaparece el semanario Luz, Roviralta pacta con Regoyos la publicación en volumen de España negra, que efectivamente se edita en Barcelona en 1899 en la imprenta de Pedro Ortega. Además de compensar a Regoyos por haber dejado inconclusa la publicación de los textos de Verhaeren y la reproducción de los grabados y dibujos que le acompañaban, Roviralta debió de considerar que la visión triste, negativa, obscura y rancia de España, que tanto influiría después en los escritores y pintores del 98, habría de tener éxito en Catalunya. Frente a esa España negra, muerta, –“la morta” la llamó Maragall por aquellos mismos años–, los catalanes ofrecían una Catalunya luminosa. Frente a los pueblos sombríos del interior estaban los pueblos claros de la costa catalana. Frente a la visión trágica, que rinde culto idolátrico a la muerte, como Valentí Camps pone de manifiesto en el libro Visicitudes y anhelos del pueblo español, la de celebración de la vida. Frente a la abulia, la voluntad. No en vano la influencia de Nietzsche había comenzado en Catalunya. Frente al mundo rural, el industrial; frente a la cerrazón, la apertura.

Así las cosas, España negra encontró en Catalunya el lugar idóneo para su acomodo. Hasta la Guerra Civil el viejo enfrentamiento Catalunya-España se afianzó en aspectos culturales, hoy, en cambio, se basa en cuestiones económicas, mercantilistas, mucho más que en las culturales, que a muy pocos interesan. Una demostración más del triste, casi agónico, negro papel de la cultura.

Carme Riera, escritora.

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