España, Ortega, Europa

Por Eliseo Álvarez-Arenas, almirante de la Armada y miembro de la Real Academia Española (EL PAÍS, 24/10/05):

En un largo artículo en Faro, el 8 de marzo de 1908, un muy joven José Ortega y Gasset, muchacho pensante ya en profundidad, decía: “Mi liberalismo lo exige: me importa más Europa que España, y España sólo me importa si integra espiritualmente Europa. Soy, en cambio, patriota, porque mis nervios españoles, con toda su herencia sentimental, son el único medio que me ha sido dado para llegar a europeo. Ni tristeza, ni melancolía me produce ser español; es más, creo que España tiene una misión europea, de cultura, que cumplir; veo en ella un campo donde hay más faena por acabar que en otras dentro de esta grande obra del progreso moral”. Es de subrayar eso de que España tiene una misión europea que cumplir, no sólo de cultura -como decía entonces Ortega- sino extensa y decidida en todo ámbito.

En otros escritos orteguianos de ese tiempo -artículos y opiniones periodísticas- se refleja con intensidad suficiente el sentir del pensador español hacia la relación España-Europa o, tal vez mejor, Europa-España. Todavía en 1908 decía que “la necesidad de europeización me parece una verdad adquirida”, y, poco después, que “falta levadura para la fermentación histórica, los pocos que espiritualicen y den un sentido de la vida a los muchos. Semejante defecto es exclusivamente español dentro de Europa”. Y más adelante: “Los españoles que sueñan con la imagen de una España europea no tienen otra arma que las razones”. Y aún habría varias citas más, de esos años iniciales del siglo XX, para señalar la profunda sensibilidad de Ortega hacia la necesaria comprensión de la europeización de España mediante la proyección vital de España hacia Europa.

Este recuerdo puede dibujar con definición clara el perfil del sentimiento orteguiano desde lo español a lo europeo y frente a lo europeo del impulso español. Ortega y Gasset era europeo desde siempre; en su primera juventud hemos visto algo, y en su obra posterior queda marcado eso para quien la haya estudiado y comprendido. Puede decirse que fue europeo-español y también español-europeo, porque para él lo español era todo europeo, y lo europeo tenía enormes dosis de lo español, desde prácticamente el principio de la historia -de la de Europa y de la de España- hasta el siglo XX que él vivió.

Pero ya desde su juventud y a lo largo de su benéfica vida intelectual enmarcada en la historia dejó plasmado Ortega con vigor firme su sentir del vacío europeo de España, aunque mejor acaso y con más definida expresión fuera decir el vacío europeo de los españoles. Ortega vio y sintió con claridad meridiana que España no había estado en Europa en un pasado relativamente reciente con intensidad y vitalidad apreciables, pero que lo había estado bastante menos en el siglo XIX y con semejante valor de ausencia en su propio siglo XX. Tal ausencia de España en Europa -del español en lo europeo, sería acaso mejor decir- vino sin duda de azares históricos, pero en mucho fue también efecto de la débil enseñanza del político español -en parte asimismo de los intelectuales- sobre la europeización en general y hacia la necesidad -imposición histórica de siempre- de que el español sienta y conozca lo europeo y lo que Europa, en ese tiempo bisecular desde 1800 a 2000, fue, es y será para España y para los españoles: en suma, de que el español se europeice.

Vista al cabo de un siglo la opinión de Ortega, cuando Europa se está haciendo o está siendo hecha por ciertas naciones europeas -que son muy pocas; las demás van a remolque-, parece conveniente subrayar su vigencia hoy, con referencia clara a lo español -a España y al hombre español-, que eso concreto español no está suficientemente europeizado. España, podríase decir, “está” en Europa hoy, pero “no es” todavía Europa con la intensidad actualmente histórica que implica hoy también, a una nación, ser de Europa… sencillamente ser europea. Le ha faltado al español -y le falta aun hoy- la enseñanza preceptiva para europeizarse. El maestro para tal saber ha debido ser, y debe ser hoy y siempre, el político, el que en el poder y desde él ha de educar al pueblo en varias direcciones -una de éstas la de hacerse europeo siéndolo por naturaleza histórica-, a ese pueblo que en el fondo le ha elegido para realizar tal función entre otras.

Todo lo considerado hasta ahora se enraiza en lo que pudiéramos llamar, en resumen, como ser europeo. Ser europeo ha sido siempre difícil, pero lo es acaso más ahora, cuando la Europa práctica está empezando a “ser”, que ayer, cuando muchos creían que ya lo era. Y es, tal vez, porque para ser europeo se necesita querer serlo después de sentirlo. De ahí que las naciones europeas, ahora que Europa anda hacia su práctica realización, hayan de convencerse de que están obligadas a reforzar su europeización. Por eso, acaso, el español que se siente o se sienta europeo, ha de ser antes europeo que español -si la comparación vale- porque Europa, probablemente, es y ha sido antes que España, y porque España no es ni ha sido nada sin Europa. Todo ello así, ahora, porque Europa está naciendo en la realidad práctica con vitalidad ya secular y porque su historia está empezando a ser realidad indiscutible. Es preciso y obligado desde hoy ser europeo, aunque para ser europeo, ayer y hoy, es necesario ser y seguir siendo nacional de su nación.

El español hoy -en lo nuestro ahora-, casi como lo era en la juventud de Ortega y Gasset, no es lo debidamente europeo que ser debiera. No parece sentir -porque no le anima a ello la educación política- la necesidad de europeizarse radical y verdaderamente, ni el interés en coadyuvar a que la Europa de hoy, en trance de ser Europa, llegue a realizarse en la debida forma a la que la historia secular le impulsa. ¿Cómo podrá lograr tal sentir necesario?: oyendo la enseñanza, si se prodigara en realidad patente, de políticos conscientes y verdaderos, y también de intelectuales convencidos de la conveniencia de la europeización de los españoles y de la de España en consecuencia. Pero está dando la impresión, en lo español histórico desde hace demasiados decenios, de que ni el político ni el intelectual españoles están sintiendo la obligación histórica también de ejercer esa enseñanza, o que, si la sienten, no son capaces de interesar con sus lecciones al español de estos tiempos -ya largos y en mucho ignorados- para que comprenda la necesidad de hacerse de verdad europeo y de europeizarse suficientemente como para incorporarse con intensidad comprendida y eficaz por tanto a la Europa real y verdadera.

¿Llegarán esos maestros, aún acaso en ciernes, a lanzar esas sus lecciones de tal orden a los oídos españoles que sientan la inquietud de ser de verdad europeos? No se sabe, tal vez. Quizá Dios lo sepa.