España, pionera de una nueva era

La Edad Contemporánea ha terminado. Pronto la historiografía se pondrá de acuerdo sobre cuándo empezó la que ahora comienza, si fue con la caída del Muro de Berlín, internet, las Torres Gemelas o con el nuevo modelo económico resultante de la crisis iniciada hace cinco años. Lo evidente es que estamos en una época distinta, con otros modos de articular la convivencia social en todos los ámbitos, especialmente en la necesaria renovación y limpieza democrática de las instituciones políticas, la masiva difusión del conocimiento, el respeto entre las culturas y los principios del crecimiento económico.

La nueva época ya ha puesto en marcha un nuevo modelo económico: se acabó la cultura del vivir de prestado. A la actual generación del mundo occidental le ha tocado el privilegio de ser la que mejor ha vivido en la Historia y el desafío de no convertirse en la que legue una más gravosa e insoportable carga a las futuras. Ha vivido sin guerras, con un nivel educativo, una higiene infantil y una salud senil incomparables, un nivel económico cercano al óptimo y una globalización del crecimiento extraordinaria. Hemos disfrutado de los grandes avances, inventos y mejoras acumulados en años y la renta per cápita ha crecido en progresión geométrica. En España, la renta per cápita se ha multiplicado por 80 en los últimos 50 años. Al mismo tiempo, se ha exigido al Estado beneficios aún mayores y ausencia de contratiempos y lo más importante no ha sido dejar una economía sana, sino recibir cada vez más del Estado y contar con beneficios mayores y mejores.

La edad democrática y del confort han crecido en paralelo. Nuestra generación ha tenido la oportunidad de demandar en cada proceso electoral una nueva medida de bienestar. La sociedad que vivía bien exigía a sus políticos vivir cada vez mejor. Y vivir mejor era vivir de prestado. Esto ocurrió, de manera generalizada, en las familias, las empresas y el Estado. La edad de la fiesta absoluta consistió en gastar sin mirar a quién ni cuánto se debía. Y con más alegría promovían los políticos la cultura de vivir endeudados cuanto más cercanas a los derrotados planteamientos comunistas se encontraran las raíces de su color político.

En esta poderosa y legítima aspiración sus políticos, con escasas excepciones, no quisieron o no se atrevieron a gobernar para poner límites racionales a la cultura del vivir de las deudas. La política democrática ha ido detrás del furor consumista de una sociedad a la que todo se le puso fácil y para la que gastar más de lo que producía, gastar con deuda, pasó a ser un estilo de vida. Basta un ejemplo: el 21 de enero de 1921 se aprobaba el Reglamento General para el Retiro Obligatorio. En él se establecía el retiro a los 65 años. Ese año, la esperanza media de vida en España era de 45 años al nacer y de 10 años más para quienes cumplían los 65. Hoy es de 81,4 años en el momento de nacer y de más de 20 para quien llega a la edad de 65. Y sin embargo, la edad de jubilación no se ha retrasado, por el contrario ha habido enormes presiones y excepciones para rebajarla. Y veremos quién paga la deuda.

El fenómeno no es exclusivo de España. EEUU, la primera economía del mundo, ha mantenido un déficit público todos los años desde 1969 excepto los cuatro de la burbuja de internet en 1998-2001. El Reino Unido ha estado en déficit 51 de los últimos 60 años, España 45 de los últimos 49, Japón todos desde 1992, e Italia, Portugal y Grecia han sido perpetuamente deficitarios desde que tenemos datos fiables en todos ellos,

Basta haber seguido las noticias sobre el «precipicio fiscal» y el reciente «secuestro presupuestario» norteamericano. El Gobierno de este país gasta el 25% del PIB, con unos ingresos de sólo el 15%. Los futuros gastos ya comprometidos crecen más que los ingresos hasta el punto que cerrar esa brecha implicarían un ajuste fiscal permanente del 15% de PIB del país. Es decir, si no se modifican los gastos previstos, los ingresos por impuestos tendrían que aumentar hasta el 33% del PIB, casi al doble. El coste del ajuste lo soportarían las generaciones futuras, los aún no nacidos. Los beneficios recibidos menos las aportaciones hechas al Estado para la generación que hoy está en los 60 arrojarán un saldo a su favor de 300.000 millones de dólares a lo largo de su vida. Para la de los 50, será de 200.000 millones. Por el contrario, el saldo será negativo para los no nacidos que se verán obligados a contribuir 400.000 millones más de lo que reciban.

Pero sucedió que un día alguien, el que para algunos es el maldito mercado, se dio cuenta de que esa desenfrenada alegría tendría que tener un límite. Quienes habían ahorrado y prestado se preocuparon por pensar que, de seguir así, habría un momento en que no se les pudiera devolver el dinero prestado, gastado y vuelto a prestar. Y aquí vino la crisis del vivir de prestado. En entenderla y afrontarla está el éxito o la ruina de las naciones y las futuras generaciones.

La fuerza de la libertad derribó el Muro de Berlín e hizo del totalitarismo comunista un residuo para sentimentales sin entrañas, la potencia creadora del ingenio humano puso internet a disposición de la difusión del conocimiento hasta en la última aldea de un mundo que se ha hecho global, la intolerancia del fanatismo fundamentalista generó la repulsa mundial al derribar las Torres Gemelas, la regeneración democrática impone excluir de manera tajante cualquier comportamiento de emplear el poder político para lucrarse y la racionalidad del mercado puso punto final al modelo del desenfreno consumista sin responsabilidad.

Está naciendo un nuevo modelo económico cuya clave es si no tienes no gastes, o no se puede gastar permanentemente más de lo que tienes. A esta sufrida España, la crisis, los mercados, la han obligado a hacer reformas, a apretarse el cinturón, a ajustar sus gastos a sus ingresos. Pero este dolorosísimo momento tiene una ventana abierta al optimismo. La gran oportunidad de España es que sus políticos y sus líderes sociales sean conscientes de que ha llegado la hora de gobernar el cambio hacia la nueva época. La senda que España ha iniciado es la que deberá seguir, con toda seguridad y pronto, Francia, el Reino Unido y también, tarde o temprano, la poderosa economía de EEUU tendrá que zanjar el turbulento debate sobre el déficit. El modelo de gastar sin responsabilidad se ha agotado. Y España, con el esfuerzo ejemplar de casi toda su sociedad, y con su Gobierno al frente, ha iniciado la oportunidad de ganar el futuro. El año 2013 va a ser crucial en este sentido. Consolidar y profundizar en las reformas es poner a España antes que a otras naciones desarrolladas en los fundamentos de crecimiento económico del nuevo modelo. Pero hace falta algo más. Devolver la confianza es necesario. Pero no suficiente. Hay que generar un modelo propio de especialización, de producción de bienes y servicios allí donde España sabe hacerlo y es competitiva, y hay que redefinir un modelo educativo que prepare a los ciudadanos para competir en condiciones ventajosas en un mundo global. España está siendo pionera en afrontar las dificultades del cambio de modelo. Si persevera en este difícil esfuerzo será también pionera en sentar bases sólidas del nuevo modelo de crecimiento económico.

José María Michavila y Daniel de Fernando son cofundadores de MdF Family Partners.

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