España-Rajoy : 7 a 1

Por J. A. González Casanova, profesor de Derecho Constitucional de la UB (EL PAÍS, 09/11/05):

El proceso de regresión democrática, crispación política y ruptura de consenso que, de la mano y cara duras del aznarismo culminó en su derrota electoral, prosigue en el desesperado intento de imponer de nuevo su imagen neofranquista de una España irreal. Pero la real es la España representada por esos seis grupos del Congreso que volvieron a condenar, sin excepción y en voz alta, el solitario proyecto del señor Rajoy y aceptaron el de la Cataluña progresista y federante como modelo exportable de un mayor autogobierno para toda ella. El 5 a 0 del Barça-Panathinaikos no fue nada comparado con el España-Rajoy : 7 a 1. El cambio que encabeza una vez más el catalanismo de izquierdas, desde 1866 a la vigente Constitución de 1978 (llamada “de los catalanes” por la caverna matritense) para estabilizar un sistema integrador de “las Españas”, de democracia avanzada y mayor justicia social, ve cómo se suceden las etapas de su último intento regenerador: derrota electoral de la derecha catalana; después, del PP; proyecto de nuevo Estatuto catalán; aceptación global por un PSOE en el Gobierno central que logra alianzas con todos los partidos nacionalistas y regionalistas. Y en un próximo futuro, reformas de casi todos los estatutos (incluidos los de varias comunidades regidas por el PP) que obligarán, en coherencia, a una reforma federalista de la Constitución, empezando por el Senado. El tándem humano impulsor de todo ello lo forman dos políticos nada corrientes, odiados y vilipendiados por la derecha y, a menudo, secretamente envidiados por alguna izquierda: Rodríguez Zapatero y Pasqual Maragall.

En su día osé predecir que los nacionalistas catalanes (CiU y ERC) acabarían apoyando al PSC y al PSOE, y que pactarían con éstos un Estatuto que todos ellos quieren que sea tan avanzado como constitucional, pese a haber forzado, por ignorancia o demagogia, la inclusión de elementos dudosos. Los discursos de sus dirigentes en el Congreso de los Diputados fueron un modelo de sensatez, argumentos irrebatibles y espíritu de concordia. El mejor, para mí, el del señor Duran, pleno de razones y de cultura jurídica, digno acusador cristiano de la COPE, si bien, al recordar el influjo catalán en la redacción del sistema autonómico constitucional vigente, no se atrevió a admitir que fue el PSC, con el apoyo total del PSOE, el decisivo autor del artículo 2 (sin el añadido “patriótico-militar” que pretendía inhabilitarlo) y del título VIII. Menos hubiese recordado que CiU impidió la fórmula federalista del PSC para evitar futuros conflictos entre Cataluña y el Gobierno central; conflictos que, tras darle al pujolismo 20 años de agravios muy rentables en votos, son hoy la causa de ese blindaje competencial preventivo que en cierta medida dificulta su aceptación. En todo caso, el señor Duran fue el primero en criticar los insultos del PP a Rodríguez Zapatero y su ataque al nuevo Estatuto con la única finalidad de hacer caer al presidente del Gobierno. Cuando quiere, la derecha nacionalista es ética y noble. ¿Por qué no renuncia, pues, en su estrategia de acoso y derribo del presidente de la Generalitat y sus insultos, tan similares a los que ahora critica en su antiguo aliado?

Por las izquierdas catalanas, Manuela de Madre supo tranquilizar a un PSOE angustiado por la demagogia de sus jacobinos, y el republicano Puigcercós hizo fiable su apoyo a un PSOE que sea de verdad izquierdista. Su denuncia de la pasividad progre ante la catalanofobia inducida por la derecha fue de lo mejor y, sobre todo, su espléndida definición del núcleo real, reducido pero influyente, del nacionalismo español: los que en Madrid “chupan del bote”, o sea, el concentrado poder burocrático, mediático, empresarial y financiero, con su zona nacional franquista, que busca atajar el mayor peligro para su oligopolio monopolista: la España en red, con unas autonomías potentes y solidarias como pretende Zapatero.

Ese “buen hombre” insultante que es el señor Rajoy suspendió su examen de Derecho Constitucional por confundir los conceptos básicos: Estado, nación, soberanía, pueblo… Es propio del neofranquismo no entenderlos bien porque son inseparables de la democracia, a la que se teme y odia. Cuando dijo que “nadie le habla de igual a igual al pueblo español”, negaba a los catalanes su parte alícuota de soberanía popular española. Por eso despreció con su silencio a los delegados del Parlament y con su ausencia a los representantes del resto de las comunidades autónomas. Cuando calificó la propuesta estatutaria de reforma constitucional fraudulenta, omitía a sabiendas que eso es jurídicamente imposible y que ya el Tribunal Constitucional se lo hizo saber cuando empleó la misma estratagema contra el proyecto de Estatuto vasco. Pero todo vale cuando se trata de recuperar el poder perdido y de gritar “¡váyase, señor Zapatero!” antes de que las elecciones futuras acaben con su presencia como líder opositor. En cambio, Zapatero dio como siempre una olvidada lección: la política, a diferencia de la guerra fría civil que acaba conduciendo a la sangrienta, es ante todo respeto al oponente, diálogo y pacto entre todos sin exclusión. Frente a la mofa de Rajoy, tuvo razón Zapatero: ¡claro que España es un reino republicano (de repúblicas autónomas) y nuestro ejército es de paz y no de guerra, y a los independentistas los acepta y ampara nuestra Constitución, como a toda ideología no violenta! La hazaña del nuevo Azaña ha sido abrazar el proyecto catalán como precedente de una paz en Euskadi y como un instrumento que democratice más la España real, plural y unida. Se trata de un nuevo régimen que deja en soledad, sin aliados, a la derecha ultra que, hoy por hoy, domina de forma suicida el partido sin rumbo del señor Rajoy y de su malévolo y rencoroso mentor. Lo dicho: España 7, Rajoy 1. Alegrémonos con tan buen resultado por goleada.