España se ha vuelto sectaria

Por Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB (LA VANGUARDIA, 08/11/07):

No descubro nada nuevo si digo que en los últimos años, progresivamente, España se está volviendo sectaria. Pero me impulsa a tratar este manido tema la lectura de un párrafo aparecido ayer en la La Contra, la brillante sección de entrevistas que, de lunes a sábado, ocupa la última página de La Vanguardia. En este caso, la entrevistada fue Leslie Crawford, hija de escoceses nacida en Buenos Aires, casada con un catalán y delegada del Financial Times en España desde hace ocho años. Por sus respuestas se comprueba que se trata de una experta periodista que ha viajado por medio mundo y que, además, conoce bien nuestro país.

Al final de la entrevista confiesa que el principal cambio observado durante los ocho años en que viene ejerciendo de corresponsal es que España “se ha vuelto muy sectaria”. Y agrega: “No lo era tanto cuando llegué. Hoy se trabaja – también los periodistas, queramos o no- a favor de un partido o en contra de otro. La eficiencia ya no es lo importante y ni se concibe ni se te perdona el afán de independencia.

Siempre creen que estás con ellos o contra ellos. Eso no es bueno ni para el periodismo, ni para la información, ni para la verdad”. Yo añadiría – aunque probablemente esté implícito- que lo más grave es que este peligroso sectarismo no es bueno, especialmente, para nuestra convivencia democrática; es más, que en la actualidad constituye uno de nuestros principales problemas.

¿Dónde se ha instalado este sectarismo? Creo que Crawford lo enfoca bien: en la prensa y en los partidos. O mejor dicho: en los intentos de los partidos por controlar los medios de comunicación. Y estos medios, instrumentos indispensables para el ejercicio de la libertad de expresión, son el principal elemento de formación de la opinión pública, una institución básica en toda democracia moderna.

Ya el poeta y político John Milton, en su obra Areopagítica,publicada en 1644, proclamaba la preeminencia de la libertad de expresión: “Dadme la libertad de conocer, de expresar, de discutir libremente, de acuerdo con mi conciencia, por encima de todas las demás libertades”. Y añadía: “Quien mata a una persona mata a un ser racional, a una imagen de Dios; pero quien destruye un libro mata a la razón misma”. Efectivamente, la principal víctima del sectarismo es la razón, la verdad. En esta misma línea, el presidente de Estados Unidos Thomas Jefferson sostenía que la libre controversia es el más seguro antídoto contra los errores: “La verdad es grande y prevalecerá si no se impide la libre argumentación y el debate, los errores dejan de ser peligrosos cuando se permite contradecirlos libremente”.

En la libertad de expresión se distinguen dos componentes muy distintos: la información y la opinión. La información debe tender a precisar los hechos tal como han sucedido, la opinión es la valoración de estos hechos desde puntos de vista diversos. La primera tiene un marcado carácter objetivo y la segunda una legítima carga subjetiva, una argumentación en la que las ideas deben justificarse a partir de los hechos. El libre debate se corrompe cuando no se distingue entre opiniones e informaciones, cuando se confunden ambas, cuando la opinión se reviste de información y viceversa. En este punto, el ciudadano queda perplejo y como no llega a saber lo que es verdad y lo que es mentira, desconfía de todo y de todos. En España quizás estamos entrando en esta peligrosa fase.

¿Qué es el sectarismo? Es considerar que los tuyos siempre tienen razón, hagan lo que hagan y digan lo que digan. En esta actitud, se parte ya de una perspectiva irracional: que no existe la verdad, sino que existen, simplemente, los tuyos, es decir, los de tu secta, y que a ellos siempre hay que darles la razón. Ciertamente, en ocasiones excepcionales hay buenos argumentos para comportarte así, porque puede a veces justificarse que se debe dar la razón a alguien que sabes perfectamente que no la tiene. Creo que se lo planteó Albert Camus algo crudamente: “Entre mi madre y la verdad, escojo a mi madre”. De acuerdo, todos lo comprenderemos y, como estamos ya avisados previamente de que ello puede suceder, no logrará engañarnos. De un modo similar, algo menos crudamente, comprendemos que un dirigente de un partido a veces se ve obligado a no decir toda la verdad sobre una determinada cuestión para defender a los suyos. No nos engaña: una de sus finalidades es ésa, entra dentro de la lógica política, incluso forma parte de su específica moral.

Pero cosa distinta es que desde un partido político se fuerce a personas que, cuando menos formalmente, no lo representan a que relaten en los medios de comunicación hechos no verídicos o argumenten de manera falaz, por el simple hecho de que deben defender a los suyos. En este caso, ni ese partido, ni quien refiera el hecho, ni quien emita la opinión, tienen justificación democrática alguna. Se trata, simplemente, de actitudes sectarias que en nada contribuyen a formar una opinión pública libre, institución fundamental de una democracia, porque sin ella deja de existir la democracia misma: los electores irán engañados a votar a las urnas, el Parlamento resultante no representará sus reales intereses y el conjunto de instituciones públicas se corromperá.

Algo de todo eso está pasando últimamente en España. El sectarismo aumenta. No sé si somos conscientes de que es urgente ponerle remedio.