España se la juega como pocas veces

El escritor galés Roald Dahl es reputado por sus obras infantiles, pero también por sus «relatos inesperados» en los que ejemplifica la estupidez humana de quienes, cegados de ambición, adoptan decisiones precipitadas que se vuelven en su contra como un bumerán y que, al tratar de revertirlas de forma atolondrada, las agravan acrecentando los estropicios. Es la peripecia del protagonista de Apuestas, una ficción en la que Dahl fabula la historia de William Botibol.

Se trata de personaje singular que se embarca en un crucero y que arriesga su capital en una puja sobre cuántas millas transpondrá el navío en las siguientes 24 horas. Lo hace con la esperanza de darse un capricho fuera del alcance de su economía. En medio de la cena, justo cuando se desata un temporal que tambalea al buque y que provoca que su plato de rodaballo se deslice bajo sus cubiertos, aprovecha para sonsacarle al sobrecargo, sentado a su lado, que el capitán hizo su estimación sobre la distancia que se cubriría en la jornada cuando reinaba una calma chicha y nada advertía de una alteración meteorológica tan brusca.

Con esa información privilegiada, mientras observa el negro mar con sus grandes olas llenándolo de espuma al romperse contra el casco, Botibol resuelve arriesgar sobre seguro todo su dinero a un número bajo, pues el temporal forzaría a aminorar la velocidad fijada. De fraguar su propósito, sus 200 libras se quintuplicarían y sorprendería a su mujer regalándole un Lincoln descapotable, último modelo, mientras le decía, como el que no quiere la cosa: «¡Asómate, cariño, te traigo un pequeño obsequio!».

Con gran dicha se metió en la cama, pero su sueño devendría en pesadilla. Al despertar, comprobó horrorizado por el ojo de buey que el mar era una balsa de aceite y que el barco recuperaba a toda máquina el tiempo perdido durante la procelosa noche. ¿Cómo le explicaría a su esposa -se preguntaba desesperado- que se había gastado los ahorros en una subasta?

En su exasperación, Botibol discurre arrojarse por la borda aprovechando que una anciana se encuentra en cubierta. Calcula que, atendiendo al grito de socorro de la pasajera, el capitán ordenará presto parar máquinas y el rescate retendrá la partida lo suficiente como para ganar una apuesta perdida. Pero los hados le resultarían esquivos otra vez.

La anciana no sabe cómo reaccionar y, al aparecer en ese instante una amiga que le rebate que haya sucedido lo que trata de contarle, Botibol queda a merced del mar que lo devora mansamente. «¡Qué hombre tan amable! Me saludaba con la mano desde el agua», insistía la vieja dama, mientras su compañera la arrastraba del brazo de regreso a su camarote.

Por muy perfilado que parecía tenerlo el infausto Botibol, quien ya se veía con su lujoso automóvil, la mudanza de las horas y el giro súbito del clima hizo que la fortuna bromeara con su destino hasta hundirlo irremisiblemente. Siempre hay circunstancias incontrolables que pueden arruinar las mejores conjeturas.

Por eso es difícil calibrar si, en este domingo en el que muchos españoles sufren congoja de ahogo, Pedro Sánchez correrá la suerte del insensato Botibol o, por contra, saldrá bien librado de su apuesta por vencer finalmente en unos comicios y dejar de ser presidente de circunstancias merced a una investidura Frankenstein. Todo ello después de que los votantes le negaran esa condición de privilegio por dos veces sucesivas desplomando el suelo electoral del PSOE.

Al igual que Botibol, tras una campaña en la que ha maniobrado con cartas marcadas, poniendo todos los instrumentos del Estado al servicio de su reelección y usando el Consejo de Ministros como dispensario de favores con los que granjearse votos con cargo al erario, Sánchez puede acabar arrojándose por la borda si no le salen las cuentas de su apuesta a la espera de ser rescatado y cumplir los anhelos que le animaron a dar un golpe de mano para, con tan solo 84 escaños y el apoyo de podemitas e independentistas, afrontar una votación tirando con pólvora del rey.

No obstante lo cual, en la última semana de esta larga campaña de diez meses que ha acometido en modo Falcon, Sánchez ha apreciado en su particular ojo de buey de La Moncloa cómo una serie de contratiempos han puesto en solfa sus planes de remedar con Vox la táctica de Rajoy con Podemos y que estuvo a punto de propiciar un sorpasso al PSOE, pero que Pablo Iglesias arruinó por su megalomanía y sed de poder.

Ante el veto de la Junta Electoral a la comparecencia de Santiago Abascal en el único debate al que quería asistir Sánchez para usarlo como diana, lo que no agradecerá bastante Vox al permitirle una posición victimista y alimentar sus expectativas sin precisar debatirlas con nadie, sino limitándose a remachar sus consignas en mítines y redes sociales, Sánchez debió enfrentarse a un doble test televisivo a cuatro en el que justificó sobradamente por qué rehuía a Casado, Rivera e Iglesias.

Frente a ellos, por diferentes razones y en distintos momentos, quedó sin plumas y cacareando como el gallo de Morón. Además de mostrarse contumaz en la mentira y que tiene plasmación encuadernada en su fraudulenta tesis electoral, como le espetó Rivera ironizando con que le regalaba un libro que seguro que no había leído.

Agitando el miedo a Vox, el presidente en funciones pretendía ocultar la radicalidad de sus compañeros de viaje de la moción -y el añadido del brazo político de ETA- y, de paso, aparentar una imagen de centralidad sin que su teatralidad alcanzara la del leninista Iglesias. Haciéndose pasar por socialdemócrata neoconstitucionalista, a la vez que agita todas las banderas independentistas, al líder de Podemos sólo le faltó el alzacuellos para simular un cura recién llegado a su parroquia.

Con tal atuendo y formas, corroboró que el camino del infierno está empedrado de aparentes buenos fines y de lobitos buenos a los que maltratan los corderos, como en la canción protesta de Paco Ibáñez en los estertores del franquismo. Ya apuntó Ortega y Gasset que sólo hallaba en su derredor políticos a quienes no interesa ver el mundo como es, sino usar las cosas como les pete.

En su trajinar, Sánchez persiguió un efecto llamada sobre una fuerza a la que él mismo desproporcionó hasta hacer de esos molinos gigantes a los que luego demonizó ofreciéndose como gran debelador. Al modo de Mitterrand con el Frente Nacional para asegurarse el Elíseo frente a sus contrincantes del centroderecha. Como explicó Max Gallo, historiador y portavoz del gobierno de Mitterrand hace años, el presidente galo era una escuela en sí mismo de cinismo. Tenía claro que la política exige aprender dos lenguajes: el que te permite llegar al poder y el que te asegura permanecer en él. A Susana Díaz esa apelación persistente a Vox, como el que machaca un yunque de herrero para forjarse la pieza que desea, le salió por peteneras y hoy llora por las esquinas su quejío. Sánchez, que presume ser hombre de suerte como Zapatero, confía en evitarlo.

En el desmontaje de esa estrategia, ni PP ni Cs han andado espabilados al haber actuado acomplejadamente con relación, por ejemplo, a su pacto andaluz. Han permitido que Sánchez desfigure la realidad hasta el punto inadmisible de presentar un documento falso en materia de violencia de género para tratar de invalidar fulleramente los apreciables logros del gobierno de Juanma Moreno en escasos cien días. Ello les ha hecho liderar la creación de empleo en España en el primer trimestre del año, habiendo sido la región europea con más paro durante 40 años de gestión socialista.

Los promotores del cambio en Andalucía también se dejaron arruinar el éxito inicial de la concentración de la Plaza de Colón que obligó al Gobierno a apearse en marcha de su claudicación con el independentismo en Pedralbes. Aquella humillación de la España constitucional se formalizó en un documento -secreto hasta que a Torra le interesó dejar en evidencia a Sánchez-, donde se recogía la figura del relator, a modo de primus ínter pares; se constituían mesas de partidos como si se abriera un periodo constituyente; se parangonaban las dos partes, cual negociación bilateral entre Estados, y se eludía referirse a la Carta Magna.

Al parecer, según manifiesta la ministra Batet, quien votó a favor del derecho de autodeterminación como diputada en Cortes del PSC, no hay que imponer la Constitución a los separatistas, sino obligar al resto de catalanes y al conjunto de los españoles a supeditarse a las exigencias de quienes perpetraron un golpe contra el Estado el 1-O y por el que son juzgados en el Supremo a la espera de que Sánchez les rinda las correspondientes medidas de gracia.

A estas alturas, no se albergan dudas al respecto tras negarse, por activa y por pasiva, a dar una respuesta que, por otro lado, ya han anticipado destacados correligionarios suyos del PSC, como su primer secretario, Miquel Iceta, y la delegada del Gobierno, Teresa Cunillera. El mayor respeto que se puede pedir a un presidente es manifestar que se atendrá a la resolución de los tribunales. Sin saltárselos a la torera con indultos como los que el PSOE otorgó al general Armada, con quien mantuvo encuentros en Lérida en las vísperas del 23-F, o a Jesús Gil, tras utilizarlo para dilatar la llegada de Aznar a La Moncloa.

No hay que aguardar a que baje la marea para que aflore en toda su magnitud el programa común de la izquierda y un independentismo que está por la labor de hacer que Sánchez pase. Ese el gran reto de estas elecciones generales. No ciertamente el rescate de Pedro Sánchez, sino el de la España constitucional que, al cabo de 40 años de democracia y bienestar, se enfrenta a una situación límite y que tiene mucho que ver con la deserción del PSOE de posiciones plenamente constitucionalistas. Por desgracia, aquel PSOE que contribuyó de modo determinante a hacer posible la España constitucional, al igual que aconteció durante la II República, puede acabar destruyéndola con el silencio clamoroso de muchos socialistas que la promovieron.

Ello agrava el fraccionamiento del mapa electoral a la hora de formar un Gobierno tras el desenlace de las urnas de este último domingo de abril en el que cabe aplicar el conocido adagio churchilliano sobre la Rusia de 1939: «Un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma». Si generalmente se suele distinguir entre elecciones de cambio y de continuidad, no cabe duda de que este 28-A trasciende ambas categorías al estar en juego los basamentos constitucionales, junto a su integridad territorial.

Aun hecha a peligros y a tumultos de la historia, España se encuentra en vilo como pocas veces. Todo por una apuesta mal entendida y guiada por la ambición de poder, como la que confundió al personaje de Botibol del relato inesperado de Dahl.

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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