España ¿un éxito efímero?

«Estudia historia, estudia historia….la historia atesora todos los secretos de la gobernación del Estado», aconsejó Churchill a un estudiante americano en mayo de 1953. Aunque los dirigentes de la Transición probablemente no conocieran este consejo, llegaron al poder con la lección de nuestra historia bien aprendida ¿Cuál era esa lección? Sabían que la inestabilidad y la debilidad de los gobiernos liberales y democráticos del primer tercio del siglo XX habían sido una de las causas -si no la mayor- de su fracaso, y trataron de no repetirlo.

Pondré solo tres ejemplos. Entre 1902 -mayoría de edad de Alfonso XIII- y 1923 -golpe de Estado de Primo de Rivera- hubo 32 gobiernos en España, con una media de un gobierno cada siete meses y medio. Tras las elecciones de noviembre de 1933 se formaron 32 grupos parlamentarios en las Cortes, y tras las de febrero de 1936 surgieron 33. Y entre 1931 -proclamación de la República- y 1936 -comienzo de la guerra civil- hubo 19 gobiernos, con una media de un gobierno cada tres meses y medio. Un fracaso derivado de la fragmentación del Parlamento y de la incapacidad de los dirigentes políticos para acordar gobiernos estables. Eran ejemplos a no seguir.

España un éxito efímeroComo los políticos de la Transición conocían bien ese pasado -incluso algunos habían sido sus protagonistas- trataron de evitar esa fuente de inestabilidad y debilidad. Lo hicieron porque así lo exigía la gobernación eficaz del país, y porque eran conscientes de que la democracia que entonces estaba emergiendo tenía enemigos poderosos que iban a hacer todo lo que estuviera en sus manos para impedir que se consolidara. La violencia asesina del terrorismo de extrema izquierda y el golpismo de la extrema derecha sobrevolaron amenazadores sobre aquella España harta de enfrentamientos, con el objetivo de derrotar al nuevo orden democrático. Ambos se retroalimentaban y a punto estuvieron de acabar con él en febrero de 1981. Los políticos de aquellos años sabían que solo gobiernos estables con amplio apoyo popular y con grupos parlamentarios potentes tendrían la fuerza necesaria para doblegar a los que amenazaban la democracia que acababa de nacer.

Sabían que uno de los instrumentos más eficaces para conseguirlo era dotar al nuevo orden democrático de una ley que propiciara que los votos del centro-derecha y del centro-izquierda fueran hacia dos grandes partidos, cuya alternancia diera estabilidad parlamentaria a los gobiernos que estaban por venir. Con esta ley, acordada con los grupos de oposición antes de las elecciones de 1977, consiguieron evitar que se reprodujera el pasado de gobiernos débiles con escaso apoyo parlamentario.

¿Cuál fue el resultado de ese proyecto? Una estabilidad política sin precedentes, con seis presidentes en 38 años, que dispusieron de largos periodos de tiempo para desarrollar sus programas. Esa estabilidad se tradujo en una eficacia en la gestión de los asuntos públicos desconocida en nuestra historia. Daré solo tres datos. España cuenta hoy con 307 hospitales públicos con unas 107.000 camas y 11.000 ambulatorios; el Estado financia 23.000 colegios públicos y concertados que imparten enseñanza gratuita a más de ocho millones de estudiantes; y la Seguridad Social paga a nueve millones y medio de pensionistas 135.00 millones de euros cada año. No es triunfalismo afirmar que no ha habido ningún régimen político en España que, ni de lejos, ofrezca un balance como este.

Sin mitificar los años de la Transición, es una evidencia que sus dirigentes fueron capaces de negociar y pactar no ya gobiernos de coalición, que no fueron necesarios, sino acuerdos más difíciles y de más larga duración como la Constitución o los Pactos de la Moncloa, cuando la economía española estuvo a punto de ser arrastrada y engullida por la inflación. Y esos acuerdos los pactaron, entre otros, políticos de orígenes tan enfrentados como neofranquistas y comunistas. Valga esto de ejemplo en el tiempo presente.

El sistema que ellos crearon en 1978 ha sufrido tres embates durísimos. Los dos primeros los aguantó, y está por ver si resistirá el tercero. El primero, heredado del régimen franquista, fue el terrorismo, que nos azotó durante decenios y hubo un momento en que pareció ganar la partida, pero fue derrotado en octubre de 2011. El segundo ha sido el zarpazo de la recesión de 2008 en la que cerraron 250.000 empresas y llevó al paro a tres millones y medio de españoles en solo dos años. A pesar del enorme descontento que generó, el sistema resistió porque los mecanismos de protección social que había creado actuaron como una red que amortiguó la dureza de la caída del nivel de vida de millones de españoles. En los años duros de la crisis hubo concentraciones y manifestaciones de protesta -lógicas- pero no se rompió ni el cristal de un escaparate. Hubo indignación -legítima- pero no ira. Y ese es uno de los mayores logros de estabilidad -si no el mayor- del sistema constitucional de 1978.

El tercer embate emergió tras las elecciones de diciembre de 2015. La recesión y la corrupción desarbolaron el bipartidismo. Desde entonces la estabilidad política anda dando tumbos con gobiernos en minoría o en funciones que están haciendo buenos a los belgas, hasta ahora con el récord europeo de gobiernos en funciones. Los españoles dieron una muestra de civismo en los momentos más duros de la recesión, pero no se puede decir lo mismo de sus dirigentes, incapaces hasta ahora de llegar a acuerdos que nos devuelvan la estabilidad.

Los resultados de las elecciones del domingo confirman y agravan la fragmentación, con quince grupos en el Congreso. Y si sus líderes siguen sin entenderse, corremos el riesgo de que el orden constitucional de 1978 no resista el tercer embate y pueda ceder bajo el espectro amenazador de los salvapatrias, que ya están aporreando los portones del sistema. Sería un sarcasmo que los que hace años quisieron demoler el orden constitucional no lo consiguieran, y que ahora quienes dicen defenderlo estuvieran cavando su ruina con el azadón de la intransigencia y la falta de acuerdos.

Queda por ver cuál será el paréntesis en nuestra historia reciente: si los treinta y ocho años de estabilidad o los cuatro de inestabilidad. Si prevalecieran estos últimos, España habría vivido un éxito efímero.

Emilio Contreras es periodista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *