España y América Latina

Tradicionalmente, la política exterior de España se enfocaba hacia tres ejes fundamentales: Europa, el Mediterráneo e Iberoamérica. Por proximidad y por historia. Hoy, la realidad nos obliga a mirar, además, hacia otros horizontes. Por supuesto, hacia Asia y las cuencas del Pacífico y del Índico, donde se sitúa, sin duda, el nuevo centro de gravedad del planeta, pero también hacia América del Norte o, por primera vez en nuestra historia, más allá de Guinea Ecuatorial, hacia el África subsahariana

Pero ese nuevo escenario geoestratégico no implica pérdida de atención hacia los ejes tradicionales. Por supuesto, Europa, sumida en una crisis más institucional y política que económica (de hecho, la crisis del euro es una crisis derivada de una ineficaz e insuficiente gobernanza), pero que es esencial para nuestro país. Si Europa fracasa como proyecto político, todos sus estados miembros estamos condenados a la irrelevancia estratégica.

Y, también, sin ninguna duda, el Mediterráneo. Con los problemas de los países periféricos del Norte, entre los que nos encontramos, y con la creciente inestabilidad de muchos de los países de su ribera sur. Aunque sea cierto que haya claras diferencias: no es lo mismo Marruecos que Argelia u otros estados sumidos en procesos políticos aún no resueltos como Túnez, Libia o Egipto. Y todo ello, sin hablar de la creciente tensión en Oriente Próximo, con Siria como escenario más sangriento.

Pero hoy quisiera hablarles de América Latina. Y es bueno precisar la terminología. Porque los países del continente americano de habla española o portuguesa se denominan a si mismos países latinoamericanos (incluyendo otros de habla francesa, o incluso inglesa). Pero existe también una comunidad iberoamericana, con sus cumbres, hasta ahora, anuales, y una Secretaría de Cooperación Iberoamericana, que incluye, además de los estados americanos de lengua española o portuguesa, a España y Portugal. Y, desde España, hablamos de Hispanoamérica para designar a los países de lengua española que fueron, en su día, colonias del Reino de España.

Y, de manera muy acertada, hace ya unas décadas, a iniciativa, especialmente del Gobierno español, presidido por Felipe González, y con el apoyo entusiasta e imprescindible del rey Juan Carlos y del Gobierno portugués, se pusieron en marcha las Cumbres Iberoamericanas, con la cooperación necesaria de los grandes países del otro lado del Atlántico, particularmente, México, Brasil y Argentina.

Era una época en la que América Latina veía en una Europa pujante el necesario contrapeso a Estados Unidos. Y veían a España y Portugal como las vías naturales de acceso. Y, en buena medida, así era y así ha sido hasta hace poco.

Hoy es ya un tópico afirmar que las cumbres están en crisis, y se responsabiliza de ello a un cierto abandono por parte de los gobiernos españoles más recientes de su interés por la región. Y parcialmente es verdad. Pero no es toda la verdad.

Existen lazos lingüísticos y culturales, cuya potenciación común puede comportar sinergias. Y existen intereses económicos compartidos, de los que la inversión empresarial española en la zona (en energía, agua, obra civil y concesiones en infraestructuras, telecomunicaciones o sector financiero, entre otros ámbitos) es una más que evidente expresión. Pero han cambiado muchas cosas. La primera es la propia percepción desde la región hacia Europa. Algunos países muestran un dinamismo económico notablemente mayor que nuestro continente. Y el flujo neto de capitales incluso ha empezado a invertirse en ciertos casos. Europa ha perdido atractivo y otras regiones son, ahora, puntos de referencia. Y ese es el segundo gran cambio. El desplazamiento del centro de gravedad hacia la conjunción entre el Pacífico y el Índico provoca que América Latina no mire sólo hacia su Norte y hacia el Este (el Atlántico Norte), sino que, cada vez más, mira hacia su Oeste, a través del Pacífico. Y un tercer cambio es el que deriva de una recomposición de alianzas regionales y de la aparición de potencias con voluntad hegemónica en el área latinoamericana.

Por una parte, Brasil, con su dimensión y población y sus recursos naturales, practica una clara vocación hegemónica en América del Sur y es el alma de alianzas como Unasur y, aunque Argentina se resista a aceptarlo, también de Mercosur. Por otra, México, país bioceánico, grande y poblado, que está en un proceso de reformas, crecimiento económico y de institucionalización muy notable. Y que, sin apartarse de su interés estratégico por América del Norte (con el Nafta como ejemplo paradigmático) y por Centroamérica y el Caribe, acudió de inmediato a apoyar la constitución de la Alianza del Pacífico, en su día iniciativa del presidente peruano Alan García, y que representa el proceso de integración regional más interesante y con mayor profundidad estratégica y que incluye, además de México y Perú, a Chile y Colombia y, en el futuro, a Costa Rica y, quizás, Panamá. Los países más serios del continente, que contrastan con la inestabilidad e inseguridad institucional y jurídica del llamado mundo “bolivariano”.

Y España tiene la obligación de prestar la máxima atención a ese fenómeno. Porque aunque sean países ribereños del Pacífico, también dos de ellos lo son del Atlántico, y todos tienen relaciones bilaterales muy estrechas con nosotros. Y, aunque parezca contradictorio, pueden ser piezas clave para un renacimiento del sentido de la comunidad iberoamericana. Su complicidad es esencial y mucho más relevante que intentar buscarla en países menos fiables. Todo un desafío de nuestra política exterior.

Josep Piqué, economista y exministro.

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