España y el futuro de Europa

España tiene ante sí la posibilidad de jugar un papel decisivo en Europa. No solo la recuperación económica, el crecimiento y la progresiva reducción del paro son una realidad tangible, que nos sitúa en una posición comparativa envidiable. La estabilidad política alcanzada tras un año de incertidumbre, la debilidad de los partidos de la oposición y el buen manejo del pacto y la negociación con otras fuerzas sociales y políticas convergen en que la segunda legislatura de Mariano Rajoy haya arrancado con bastante más fuerza y oportunidades que las que se le brindaban inicialmente. En realidad, el PP tiene ante sí ante un horizonte político con posibilidades abiertas como no ha tenido en la legislatura anterior, es indudablemente el centro de referencia de la política nacional y sus bazas en política europea e internacional no dejan de crecer.

Decir que Europa se encuentra en una encrucijada esencial resulta casi redundante.

La crisis financiera de 2008 se transformó rápidamente en crisis de la deuda de los países más seriamente afectados por la burbuja especulativa, y, casi sin solución de continuidad, en crisis económica, social y política. La crisis de los refugiados y los atentados yihadistas de 2015, que tan cruentamente golpearon en Francia y Bélgica, pero cuya amenaza sigue siendo muy viva, hizo que en Europa se manifestaran con toda claridad las tendencias de cambio cultural que estaban latiendo en el interior del continente europeo desde hacía años. La emergencia con fuerza de los populismos, la incertidumbre creciente de una Rusia dispuesta a desequilibrar el statu quo europeo, el cáncer de Daesh y su expansión territorial e ideológica, en un entorno de débil crecimiento y de pervivencia de las consecuencias de la crisis, han creado un horizonte frente al que Europa y la Unión Europea deben reaccionar con determinación y liderazgo.

El terrorismo, la crisis de los refugiados, la pérdida de poder adquisitivo para amplias capas de la población, la pulsión autoritaria, que genera un cada vez más amplio respaldo a políticos y políticas que se autodefinen como «iliberales», son manifestaciones de un profundo cambio de mentalidad cuyas consecuencias todavía hoy apenas podemos calibrar. La desconfianza ante la globalización y la apertura de los mercados a través del comercio y los servicios financieros, el descrédito de las élites políticas y económicas, la crítica al «establishment» y a lo políticamente correcto, en definitiva, el deseo de encontrar nuevas tablas de seguridad en una realidad que se ha vuelto aún más incierta y peligrosa, provocan la ascensión de los populismos autoritarios, la retórica vociferante de los nuevos nacionalismos y «soberanismos», de la búsqueda de identidades colectivas fuertes.

Es una ola de protesta que, sin embargo, puede ser todavía atrapada y recuperada por la presentación decidida y bien argumentada de las razones de la democracia liberal. Los desafíos electorales de 2017, en particular los de Francia y Alemania –frente al posible éxito de las opciones de extrema derecha en Holanda, con Geert Wilders, y en Austria, con Norbert Hofer–, pueden conducir al triunfo o la reafirmación de alternativas de estabilidad y moderación, con capacidad de proseguir enérgicamente en el sendero de las reformas necesarias y una voluntad de recuperar el pulso para Europa. Es preciso quitarles el viento a favor a los argumentos –y, sobre todo, sentimientos– de los que desean volver al pasado, al cierre de fronteras y al nacionalismo. En este sentido, las propuestas de François Fillon, el candidato de Los Republicanos, con su equilibrada combinación de un conservadurismo social sensible, ante las necesidades de los ciudadanos de no desligarse de sus raíces y sus sentimientos nacionales, y liberalismo reformista, determinado a modernizar el Estado, reducir los impuestos y canalizar las inseguridades del momento, pueden ser la vía para frenar la deriva antiliberal.

A través de una actitud ante la globalización que se oriente a beneficiarse de sus indudables efectos positivos y en paralelo cree las oportunidades necesarias para que ningún sector de la sociedad se vea dejado atrás o marginado, abandonado ante los retos de las tecnologías y del cambio acelerado, el triángulo formado por Merkel, Rajoy y Fillon puede darle la vuelta a la agresividad reivindicatoria –y potencialmente disruptiva– de los extremismos, debilitar los eslóganes de las banderas del «¡no!», mostrando que el camino del centro –moderación y progreso– sigue siendo el más seguro y próspero, además de volcado al futuro y no al pasado.

Hace falta en el mundo occidental volver a plantear un gran pacto social entre las generaciones, entre las ciudades y el mundo rural, entre los sectores que más fácilmente obtienen ventajas del cosmopolitismo liberal y aquellos otros que hoy se alzan contra la apertura de fronteras, la sociedad pluricultural y la inmigración. Habrá que dar nuevas seguridades, crear nuevas oportunidades, actuar con políticas más activas a favor de los que cuenten con menos recursos de partida o se vean perjudicados, envueltos en el engranaje del cambio social, económico y tecnológico. En realidad, es preciso reescribir el pacto que hizo posibles el despegue económico y la estabilidad política en la Europa de posguerra, que partía de unas premisas mucho más débiles que las actuales. Ese pacto se anclaba sobre cuatro ejes fundamentales: libertad, intervención compensatoria del Estado, Europa y solidaridad.

Europa y la Unión Europea deben cumplir los compromisos asumidos. La mayoría de las cosas que hay que hacer ya están aprobadas y en marcha. Lo importante es mantener el rumbo con decisión. En política económica, los objetivos del horizonte 2020, los avances previstos en la unión bancaria y económica, la economía digital y ci rcular, el plan Juncker, la reestructuración de la deuda griega… En política de asilo e inmigración, una verdadera política europea común. En seguridad y defensa, un intercambio eficaz de información y la ejecución de las decisiones adoptadas en Bratislava y posteriormente en relación con la defensa europea. Ante los populismos, la afirmación sin cortapisas ni tentaciones de contagio de los valores europeos, los derechos fundamentales, las sociedades abiertas y el rechazo a cualquier forma de xenofobia. Todo ello es compatible con una recuperación del sentido histórico, de la identidad cultural y del sentido de pertenencia a dos grandes realidades históricas, los estados nacionales y Europa.

Como afirmó Salvador de Madariaga, Europa es un concierto de instrumentos muy diversos. Para superar las cacofonías, nada mejor que mostrar que se han hecho los deberes en casa y asumir la gran responsabilidad de Europa.

José María Beneyto, catedrático de Derecho Internacional.

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