España y Guinea Ecuatorial

EL presidente de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang, escenificó otra farsa electoral el pasado 26 de mayo. La contundente reacción de Washington –«oportunidad perdida para la democracia»– contrasta con la laxitud de España, Gobierno y PSOE. Durante la larga campaña de esos «comicios legislativos» hubo notables atropellos a partidos y ciudadanos, y el propio ejercicio del voto estuvo plagado de múltiples irregularidades. Cuando las denuncias no sólo proceden de opositores y organizaciones occidentales, sino de instituciones africanas (Unión Africana, Comunidad Económica y Monetaria del África Central), queda patente su nula credibilidad.

Las periódicas convocatorias de Obiang no pueden considerarse «elecciones», perversión semántica inadmisible. El general Franco organizó una consulta en 1967 para legitimarse mediante la «Ley Orgánica del Estado», y llamaron «fascistas» a sus partidarios. Ahora, prominentes políticos españoles, «demócratas de toda la vida» y «progresistas» de postín, apoyan sin pudor una dictadura cleptocrática considerada de las peores del mundo. Esa doble moral distorsiona las relaciones entre España y su excolonia, y condicionará toda relación futura. Nada es eterno: los «imperios de mil años» desaparecen con su quimérico creador.

Partiendo del principio de la irreversibilidad de la soberanía, España tuvo múltiples ocasiones de mantener y acrecentar la influencia que la historia y la cultura le depararon en esa región africana. Tras el fiasco de la independencia firmada el 12 de octubre de 1968 por Francisco Macías y Manuel Fraga, se esperó en vano que la antigua potencia colonizadora recondujese la situación, al estilo imperante en las excolonias francesas; Franco prefirió anestesiar a sus compatriotas imponiendo el secreto oficial sobre el tema guineano, borrando a Guinea de la conciencia de España y reduciendo a la impotencia a la primera generación de guineanos formados en la Metrópoli.

El golpe de Palacio que derribó a Macías y aupó al poder a Obiang se produjo en agosto de 1979, en plena Transición. Ni el Gobierno de Adolfo Suárez ni la oposición, encabezada por Felipe González, conocían al personaje encumbrado. Los guineanos, sí. Ciertas urgencias eclipsaron la realidad de que Obiang era el responsable directo de la mayoría de los horrendos crímenes de la tiranía de su tío, quien en 1977 abandonó la capital y se estableció en su aldea natal, donde le apresarían para ser fusilado tras un juicio sumarísimo que no aclaró los espeluznantes episodios de aquel período sanguinario, dejando abiertas todas las heridas; período en el que Obiang fue el único amo de la isla de Bioko, con su terrible penal de «Black Beach».

Ante tan precipitada euforia, expusimos –consta en las hemerotecas– que Obiang no era la figura idónea para encabezar la marcha hacia la libertad; dijimos que la prioridad no era despilfarrar miles de millones de pesetas en agasajos inútiles, sino la articulación de mecanismos políticos que imposibilitaran la involución. Sólo recibimos «advertencias» sobre los riesgos de «desestabilizar» las relaciones mutuas. Mientras, se extinguían los lánguidos vestigios de cambio.

También está escrito que los paños calientes conducirían a Obiang a prescindir de España en favor de Francia. Nos acusaron de «alarmismo»: «Obiang es proespañol», afirmaron guineólogos ingenuos, sin analizar el signo profundo de los continuos desplantes padecidos por insignes autoridades de Madrid. Hoy, Guinea está en la zona del franco y en la Francofonía, el francés es «lengua cooficial». España perdió todos los instrumentos para afianzar lazos políticos, económicos y culturales en su excolonia. La ingente riqueza derivada de la explotación de hidrocarburos desde 1992 –tercer productor del África subsahariana– ensoberbeció sobremanera a Obiang, al descubrir que los petrodólares ablandan voluntades. Los raros son los honestos.

Al posesionarse en el Ministerio de Asuntos Exteriores en 2004, el primer empeño de Miguel Ángel Moratinos y su secretario de Estado, Bernardino León, fue destruir a la oposición guineana. Episodios llamativos son el encarcelamiento de Severo Moto –facilitado por sus errores– y el indulto otorgado a los sicarios del asesinato frustrado de Germán Pedro Tomo. Desde entonces, es constante e implacable el acoso contra los demócratas guineanos en España.

La consigna es apoyar a Obiang. El pretexto, «defender los intereses de España». ¿Cuáles son, cuando el régimen de Malabo impide el arraigo de empresas emblemáticas? ¿Qué intereses, si los inversores españoles son extorsionados, según denuncia una minoría no paralizada por el miedo? ¿Por qué ocultan muchos hechos gravísimos a su opinión pública? Aducen un supuesto «desarrollo espectacular» en Guinea Ecuatorial, obviando que el mero crecimiento no supone bienestar. Sobre el papel, a cada guineano le corresponde un barril de petróleo diario; en la realidad, con datos de organismos internacionales competentes, Guinea Ecuatorial es uno de los países más corruptos y peor gobernados: la renta por habitante es de 32.026 dólares, similar a la española; pero sus 700.000 habitantes sólo tienen una esperanza de vida de 51 años; un 57 por ciento no tiene acceso al agua potable; el 5 por ciento son seropositivos; la malaria y otras pandemias hacen estragos; los hospitales sólo tienen de tal el nombre, y, en un país productor de madera, las escuelas carecen de pupitres. Resumiendo: ocupa el puesto 136 entre 187 países en el Índice de Desarrollo Humano, el 168 en el Índice de Percepción de la Corrupción, y el 44, de 52 naciones africanas, en el Índice de Buen Gobierno. Eso es subdesarrollo.

Partidos legalizados denuncian la total ausencia de libertades; el gobernante Partido Democrático de Guinea Ecuatorial es un partido cuasiúnico; Obiang y su familia monopolizan todo el poder político y económico. El paradigma es su primogénito, «Teodorín», presunto sucesor, nombrado vicepresidente pese a tener una orden internacional de busca y captura dictada por la Justicia francesa y estar encausado por tribunales de Estados Unidos. Para conservar esos privilegios, recurren a la violencia más extrema, cuyos detalles sublevan cualquier conciencia. En tales circunstancias, ser opositor no es una opción, sino un deber moral.

La defensa de los verdaderos intereses de España no equivale a entreguismo gratuito. Requiere sensibilidad, firmeza, equilibrio: gestionar el presente con perspectiva de futuro. La peor política es la cortedad actual, generadora de agravios, semillero de rencores indomables.

Donato Ndongo-Bidyogo, escritor.

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